Viriato y su insuperable coro o cómo decir adiós y dejar con ganas de más

El montaje de Carrillo y Recio carece de escenografía, aunque no por ello la escena se muestra desnuda. / J.M. ROMERO

El montaje extremeño de la 63 edición marca el domingo el punto y final a una edición elevando el listón hacia lo más alto

MARTA PÉREZ GUILLÉNMÉRIDA

A veces sucede que cuando uno arriesga no siempre gana o simplemente no acierta. Pero si sale bien la jugada, el gustazo siempre es doble. 'Viriato', el montaje de Verbo Producciones, bajo la dirección impecable de Paco Carrillo, si de algo pudo presumir en su estreno fue precisamente de eso, de sorprender y acertar.

Bajo esta premisa, lo del miércoles fue una apuesta atrevida con altas dosis de dramatismo y una potencia desbordada que hasta ahora no se había dejado ver sobre el escenario del Teatro Romano en la 63 edición. Al menos no con una sinergia tan evidente por parte de todos los elementos que articulan y estructuran una función de teatro. Lo que denota no solo un conocimiento plausible del escenario romano, sino también un arduo trabajo por parte de todo el equipo que forma parte de la función en la que se ha cuidado hasta el mínimo detalle. Desde un juego de luces espectacular, un vestuario llamativo, hasta la apetecible música en vivo de Juanjo Frontela, María Luisa Rojas y Eloy Talavera de la Octava.

También pudo presumir de ser una representación atípica, muy diferente y desnuda de toda pretensión, que demostró una vez más que los aires vanguardistas del teatro del siglo XXI no están reñidos con el espíritu de los clásicos. Fue una función que consiguió mantener en una agradable tensión a los casi 2.600 asistentes. Apenas parpadearon durante la hora y media que duró el espectáculo, y más de uno sintió la llamada de la reflexión, lo que derivó en un sinfín de aplausos una vez terminada la obra. Aplausos, vítores y una levantada al unísono incuestionable.

Carrillo y Recio regalaron al público un coro sin parangón defendido por los alumnos de la ESAD

En definitiva, de ser una propuesta convincente y viva, que se apoyó en un mensaje claro que trasciende la traición que sufre Viriato en la que se estructura el montaje, para dar paso a valoraciones más profundas en las que entran en juego dos realidades contrapuestas por su naturaleza: La paz y la guerra. Lo inalcanzable que resulta lo primero y lo injusto que sigue siendo lo segundo por mucho que pasen los años, se sumen siglos y se superen milenios. Viriatos hubo, hay y seguirán existiendo.

El texto de nueva creación del dramaturgo Florián Recio no dejó a nadie indiferente, de eso no cabe duda. Bien por su intensidad o bien por su belleza. O quizás por ambas, muy en la línea a la que ya tiene acostumbrado al público del Teatro Romano. No faltaron las frases contundentes y repetitivas que tanto le caracterizan, y que sin duda enganchan, hasta tal punto que días después continúan rondando en la mente de los que asisten a sus funciones. Aun así, la estructura compleja en la que se sustenta la dramaturgia, en la que por un lado transcurre la tragedia del caudillo lusitano y por otro, la procesión de los muertos acompañados de dos personajes atemporales llenos de fuerza, derivó en desequilibrios notables, ajustados, eso sí, con la llegada del final.

Máster en coros

Cierto es que Viriato, junto a su designio, perdió protagonismo frente a la verdad implacable de un coro defendido por quince alumnos de la Escuela Superior de Arte Dramático de la región como pocos se han dejado ver sobre la arena del Teatro Romano en los últimos años. De los mejores sin duda por lo tétrico de sus rostros y por representar una perfecta y espeluznante procesión de muertos.

Los quince jóvenes, además de sumar en intensidad y potencia las intervenciones de los actores, con un madero en sus manos dibujaban infinidad de microescenarios. Tantos como la magnitud del Romano pudo permitirles, sacando el máximo partido al espacio y aportando un especial dinamismo a la trama. Sin duda, una experiencia maravillosa con una atracción visual de tal calibre que la obra en sí es recomendable solo por verlos desplegar su magia y desfilar a pocos metros del imponente frente escénico.

«La cultura clásica me apasiona, y aunque tenga un toque contemporáneo, me ha gustado» silvia garcía | valladolid

Y si la interpretación de los chicos del coro entre los que se encuentran Guillermo Almeida, Rubén Arcas, Gonzalo Blanco, Pilar Contreras, Guadalupe Fernández, Yoni González Lucero, Cristina Martín Díaz, Carla Pérez, Borja Piñero, Claudio Portalo, Sara San Román, Beatriz Solís y Juan Vázquez, fue espectacular, igualmente fueron las intervenciones de los actores principales.

Imágenes de la obra teatral Viriato, escrita por el dramaturgo extremeño Florian Recio. / J.M.ROMERO

Paca Velardiez como Nura y José F. Ramos como Corifeo, que servían de nexo de unión entre la tragedia de Viriato y los espectadores, brillaron con luz propia ante la mirada desvirtuada del coro, que siempre los acompañó en escena. Con menos intensidad aunque igual calidad estuvieron Ana García como Tóngena, que supo calibrar la dulzura con la garra con maestría, Manuel Nenárguez como Minuro y David Gutiérrez como Audax. Estos dos últimos estuvieron más que convincentes protagonizando la gran traición que sufrió el caudillo lusitano.

En el bando de Viriato se encontraban el Astolpas de Jesús Manchón y el Olíndico de Pedro Moreno, cuyas interpretaciones fueron de nota. La matrícula no solo la obtuvieron los chicos del coro de la ESAD de Extremadura. Juan Carlos Tirado demostró que la piel del malo malísimo no le queda mal, con un Cepión construido a base de rectitud, como se podía apreciar en sus articulaciones, a la par que seguro, y eso gustó. Como también Fernando Ramos en el papel de Viriato. El actor extremeño volvió a cautivar a los presentes sin complicaciones y eso siempre es un gustazo.

Así lo disfrutó Raquel Vergara de Madrid, para la que era su primera obra en el Teatro Romano de Mérida. «Me ha parecido muy auténtico todo, la función muy directa y muy buena para ser teatro clásico», sentenció la joven. De una primeriza a un andaluz que ya ha venido cinco veces. Juan Zambrano, de Lebrija, calificó el montaje de atemporal y su mensaje válido para todas las épocas. «Me ha encantado», explicó. A Silvia García de Valladolid la experiencia le entusiasmó muchísimo. «La cultura clásica me apasiona, tiene un toque contemporáneo, pero me ha gustado».

Una vez más los extremeños cumplen con nota en eso de despedir la cita cultural y dejar a todos con la miel en los labios y ganas de más teatro. Con ansias de la 64 edición. Pero antes, largo será el camino de Viriato y larga seguro su trayectoria sobre los escenarios.

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