Viriato apela a la razón para lograr la paz

Una imagen de la obra Viriato que se está representando en el Festival de Teatro Clásico de Mérida. / HOY

La obra escrita por Florián Recio se representará en el Festival Internacional del Teatro Clásico de Mérida hasta el domingo 27 de agosto

PABLO CARO / EFE

Viriato, el pastor y militar lusitano que se enfrentó al Imperio Romano, simboliza la obligación del ser humano de buscar, a través del diálogo y la razón, la paz definitiva, que es algo más que «una palabra hermosa», aunque su sueño no fructificó por la traición y el engaño.

Así se ha puesto de manifiesto la pasada noche del 23 de agosto en la escena del Teatro Romano de Mérida, con el estreno de la obra Viriato, a cargo de la compañía extremeña Verbo Producciones, que se representará hasta el próximo domingo 27, día en el que se pondrá el broche final a la 63 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico.

El actor extremeño Fernando Ramos es el encargado de poner la carne y el alma a este personaje, que murió en el año 139 antes de Cristo y del que se conoce solo su armadura de mito, como señala el autor del texto, Florián Recio, cuyo objetivo y el de actores, coro y músicos se ha centrado en hacernos llegar su parte humana.

Fernando Ramos muestra la debilidad de un personaje que aunque es el líder que aúna las tribus de Lusitania y pueblos celtiberos, se equivoca al confiar en el cónsul romano Cepión en su búsqueda de la paz y eso le hace sentirse inseguro, porque todos le piden explicaciones a sus decisiones.

En esta obra Viriato encarna la esperanza de una sociedad que quiere encontrar al líder que acabe con todas la guerras y que «sea capaz de parar los ríos de sangre, pero el camino es largo y larga la pena», como machaconamente lamenta el coro.

Este Viriato que aplaudieron en su estreno unos 2.000 espectadores que casi han llenado el teatro emeritense, ha querido poner sobre un escenario desprovisto de escenografía la vigencia de este anhelo de paz, que sigue vigente en la actualidad porque vigentes siguen las guerras y sus justificaciones (patria, religión culturas).

«Los días de los hombres son breves pero las guerras son infinitas», señala en un momento de la obra el general celta Olíndico (Pedro Montero) o «Vuestras guerras no acaban nunca», le dice resignada Tóngina (Ana García) a su esposo Viriato, que se debate ya entre su obligación como militar y su deseo de paz.

El nexo de unión entre la guerra que Viriato y las tribus celtas mantienen con Roma y las actuales corre a cargo de Nura (Paca Verlardiez), que recuerda a los espectadores que «los que mueren en las guerras son siempre nuestros hijos y que lanza un desgarrador basta ya de guerras».

Frente a las buenas intenciones de Viriato está el histriónico consul romano Cepión (Juan Carlos Tirado), que se encarga de que el sueño que este tiene se convierta en pesadilla, que se mofa de sus deseos de paz y que una vez consumado su plan con la muerte del caudillo lusitano a manos de sus generales, acuña el conocido «Roma no paga traidores».

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