Hoy

Muere el monstruo del páramo

Ian Brady y Myra Hindley.
Ian Brady y Myra Hindley. / Afp
  • Los asesinatos y personalidades de Ian Brady y su novia, Myra Hindley, han fascinado a los británicos desde los años sesenta

La segunda mitad del siglo XX dio notables criminales británicos. Como Fred West, que en los años ochenta acogía mujeres jóvenes como inquilinas en su 'casa de los horrores', en Gloucester, y violó, mutiló y enterró allí al menos a doce, en colaboración con su esposa, Rosemary. O el doctor Shipman, un afable médico de provincias que se mostraba importunado por la investigación sobre sus 200 o 250 víctimas, a las que administró dosis letales de heroína.

Pero las portadas de hoy de la prensa británica publican la noticia de la muerte de Ian Brady, cuya vida y crímenes han causado una repugnancia intensa durante cinco décadas. Un jurado le declaró culpable, junto a su novia, Myra Hindley, del asesinato de tres adolescentes. Y la Policía les achaca otros dos. Murió de cáncer, en un hospital penitenciario, en la tarde del lunes.

En 1997, Marcus Harvey reavivó las brasas de la fascinación británica con 'los asesinos del páramo', colgando en la exposición 'Sensation'- que era la puesta de gala en la Royal Academy de la generación de Damien Hirst- un enorme retrato de Hindley, la reproducción a gran escala de su foto en la ficha policial compuesta con huellas impresas de manos infantiles. Hubo peticiones de que se retirase, ataques a la obra, dimisiones de responsables de la academia.

Esa foto de Hindley, con su pelo abundante y rubio de botella y la breve intensidad de unos labios pintados en su cara grande, se ha publicado miles de veces en los medios. Y también la de Brady es icónica. El aire apuesto de una figura del rock and roll, en blanco y negro. También las fotos de policías uniformados, con sus viejos coches aparcados, inspeccionando el paisaje nebuloso del brezal de Saddleworth, donde las víctimas estaban enterradas.

Brady nació hace 79 años en Glasgow. Su madre lo entregó a una familia para que lo criaran. Creció en un barrio pobre y duro, pero fue un estudiante inteligente. Le atrajo el personaje de Raskólnikov de Dostoyevski, un héroe íntimo que supera las dificultades de su entorno y debe matar impunemente para unirse a los grandes hombres del mundo. Derivó hacia la delincuencia menor y a la lectura del 'Mein Kampf' de Hitler.

El Ian Brady que cautivó a Myra, una chica de pasado y expectativas ordinarias, cuando coincidieron como oficinistas en una empresa de Manchester, vestía un largo abrigo negro e iba a todas partes en su moto. Había servido dos años de reclusión en un penal para jóvenes por una sentencia que consideraba injusta y quizás lo era. Inició a Myra en su rabia hacia el mundo y en las derivas del Marqués de Sade, en la filmación también de sus propias escenas sexuales.

Condenado a vivir

Un día de julio de 1963 le dijo que quería raptar y violar a Pauline Reade, de 16 años. Myra le ayudó. La enterraron en el páramo donde solían emborracharse con vino alemán. Le siguieron cuatro víctimas, chicos y chicas cazados al azar, ingenuos para aceptar la oferta de una pareja joven, de una mujer joven, para llevarles a casa en coche. Atrapados después en una depravación bisexual que incluía la muerte. Brady se declaró ya satisfecho o harto. Tenía 26 años.

Pero le atrajo más tarde extender el círculo de la crueldad a David, cuñado de Myra, que también le admiraba. Les prometió que regresaría al día siguiente para ayudarles a deshacerse del cadáver de Edward Evans, un chico homosexual de 17 años, al que Brady había atraído a su casa para después descuartizarlo con un hacha. Pero el cuñado David no regresó. Vomitó al llegar a su casa, le contó a su mujer lo que había sucedido y los denunciaron a la Policía.

Los cronistas del juicio dicen que la grabación de una sus víctimas implorando a Dios en medio del tormento fue la prueba irrefutable que decantó al jurado. La pena de muerte había sido abolida días antes de su sentencia y fueron condenados a cadena perpetua. Myra Hindley se quejó de que varios ministros de Interior no la pusieran en libertad, antes de morir en la cárcel, en 2002.

Ian Brady ha muerto sin desvelar el lugar donde enterraron a una de sus víctimas. Quería morir, según quienes mantuvieron correspondencia con él. Pero las autoridades penitenciarias lo clasificaron como enfermo mental para llevarlo a un hospital, donde están obligados a alimentar forzosamente a un paciente, algo que no habría ocurrido en la cárcel.