Proteccionismo instintivo

La industria europea y la española no están en condiciones de confrontarse con Trump

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó el pasado jueves la orden que establece aranceles a la importación de acero y aluminio, retratándose junto a trabajadores del sector. Un 25% y un 10%, respectivamente, que complacen a los productores norteamericanos, aun al precio de que salten todas las alarmas sobre el futuro del libre comercio. El órdago de Trump obliga a los demás países –y en nuestro caso, a la Unión Europea– a decidirse entre una escalada de medidas que den lugar a una guerra comercial, incontrolada en sus efectos, y el establecimiento de acuerdos bilaterales que atenúen las consecuencias del proteccionismo propugnado desde la Casa Blanca. Trump ha irrumpido en el mercado global con el instinto de quien trata de preservar a los estadounidenses de la competencia con otras fuentes de producción en el mundo. Llama la atención el contraste entre la frívola naturalidad con la que Trump dispuso tan elevadas cargas a la importación de productos siderometalúrgicos, y los rodeos dialécticos con los que la Unión y España han anunciado que estudiarán el caso, y poco más. Algo que obedece a la endiablada disyuntiva entre la extensión del conflicto y el sometimiento calculado y negociador a los dictados del inquilino de la Casa Blanca. Los Estados Unidos de Trump cuentan con una ventaja en tan comprometida liza, cual es el carácter imprevisible de su presidente al mando de un sistema con limitados contrapesos institucionales en el terreno comercial; cuando reclama una libertad a ultranza y la corrige frente a las aspiraciones de los foráneos. El solo anuncio de los aranceles ha hecho caer el valor bursátil de las compañías afectadas directamente por la medida y las expectativas que ellas y otras empresas albergaban en la economía mundial. La industria europea y, en concreto, la española no están en condiciones de confrontarse a cuerpo con las decisiones de Donald Trump, por mucho que resulten primarias, arbitrarias y contrarias al crecimiento global. Tampoco hemos de empequeñecernos ante tal evidencia. Basta con saber que los mayores adalides del libre comercio pueden jugar a dos cartas. Lo que exige revisar la política exterior del país y los planes estratégicos elaborados por las empresas concernidas.

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