Odio racial en Estados Unidos

Es ingenuo desconocer los vínculos de la explosión de violencia y la agresividad nacionalista, xenófoba y misógina de Trump

Los Estados Unidos son una nación joven que todavía muestra ciertos llamativos anacronismos. Aunque la integración étnica es un hecho incontrovertible, se mantienen latentes odios raciales que enraízan en la peculiar historia del país, que entre 1861 y 1865 padeció una enconada guerra civil en la que el Sur –los once Estados Confederados de América– intentó escindirse de la Unión. Los sureños pretendían mantener la esclavitud que permitía la explotación agraria de sus tierras frente a un Norte que se estaba industrializando y que era partidario del abolicionismo. Las tropas confederadas, comandadas por el general Lee, fueron derrotadas, pero la igualdad racial tardó un siglo: fue la ley de derecho de voto de 1965, promulgada por Lyndon B. Johnson, la que prohibió cualquier discriminación en el derecho de sufragio basada en la raza o el color de la piel. En los últimos años, sectores progresistas, conscientes de que la equiparación no es total, han emprendido campañas de crítica a las tesis confederadas y a sus vestigios. Así, en 2015 se produjo un movimiento contra la bandera confederada, que continúa luciendo junto a la oficial en muchas instituciones, que desembocó en la retirada de la enseña racista en Carolina del Sur. Y este sábado, hubo disturbios graves en Charlottesville, Virginia, por la retirada de una estatua del general Lee. Supremacistas blancos, luciendo los símbolos del macabro Ku Klux Klan, se enfrentaron con manifestantes antifascistas. Un antifascista resultó muerto, atropellado intencionadamente por un vehículo, y dos policías se estrellaron en un helicóptero mientras controlaban las algaradas. Es inconcebible que el odio racial adquiera esta envergadura en la democracia más poderosa y rica de la tierra. Sería ingenuo desconocer el vínculo existente entre esta explosión de racismo violento y la agresividad nacionalista, xenófoba y misógina del nuevo presidente de los Estados Unidos, quien, en un alarde de cinismo, condenó «el despliegue de odio de todas las partes». Como si existiera alguna simetría entre quienes pretenden la esclavización y la postergación de la minoría negra y quienes defienden los derechos humanos. La gran América liberal debe rebelarse ante esta inquietante deriva.

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