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Obama se despide: «Sí, podemos. Sí, lo hicimos»

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Barack Obama, durante su último discurso como presidente. / Foto: Afp | Vídeo: Atlas

  • En su último discurso como presidente defendió la diversidad y alentó al país a involucrarse en el proceso político

Había hambre de ilusión después de la desmoralizante victoria de un millonario atorrante que se burla de los minusválidos, abusa de las mujeres y amenaza a las minorías. El Chicago de Obama lo recibió con los brazos abiertos y la determinación de hacer cola a muchos grados bajo ceros para darle un último baño de masas en el pabellón deportivo donde hace cuatro años celebró su reelección. Las entradas eran gratuitas, pero algunas llegaron a venderse por internet a más de mil dólares. El discurso no pretendía ser corto, pero las ovaciones lo alargaron.

“Podéis ver que ya no tengo poder, porque ni siquiera consigo que la gente se siente”, bromeó cuando intentaba comenzar su última alocución. Nadie allí lo consideraba un pato cojo. Se amontonaban en primera fila las mismas caras que le han acompañado en el increíble viaje de un organizador comunitario que llegó a convertirse en el primer presidente afroamericano. “Yes we can. Yes we did”, les reivindicó Obama (Sí podemos, Sí lo hicimos).

“Si os hubiera dicho hace ocho años que EE UU le daría la vuelta a una gran recesión, que relanzaríamos la industria automovilística, que abriríamos un nuevo capítulo con Cuba, que acabaríamos con el programa nuclear de Irán sin pegar un solo tiro, que nos ocuparíamos del cerebro del 11-S, que ganaríamos la igualdad legal para todos los matrimonios, que le daríamos seguro médico a 20 millones de personas... Pensaríais que había puesto la vista demasiado alta”.

El presidente que ha visto su legado infravalorado en la última campaña no pudo resistirse a deletrearlo para la historia, pero esa no era la intención, sino hacerles “creer”, les pidió. “No en mi capacidad de traer el cambio sino en la vuestra”. A pesar del desgaste de ocho años de gobierno, Obama tiene un 57% de popularidad, frente al 37% de su sucesor, recién emanado de las urnas. Será Trump, sin embargo, el que tenga la oportunidad de desmantelar su legado con una visión tremendista basada en la idea de un imperio en crisis al que pretende salvar con golpes de efecto.

Obama no puede darle consejos abiertamente, pero sí recordarle que el suyo es un país construido por “inmigrantes y refugiados que llegaron del otro lado del océano y del Río Grande”. Un país definido desde sus cimientos “por el credo fundacional de abrazarlos a todos y no sólo a algunos”, que ahora se enfrenta a los retos de una creciente desigualdad, cambios demográficos y el espectro del terrorismo. “De cómo respondemos a esos desafíos dependerá nuestra capacidad de educar a nuestros hijos, crear buenos empleos y proteger nuestra nación”, les advirtió.

Tal como interpretó Jennifer Palmieri, directora de comunicación de la campaña de Hillary Clinton, Obama estaba intentado “darnos una hoja de ruta” sobre cómo enfrentar el gobierno de Trump. La receta es la vuelta al activismo, “dejar de discutir con extraños en internet para intentar hablar con ellos en la vida real”, apremió. “Si hace falta arreglar algo, átate los cordones y ponte a organizar. Si estás decepcionado con los políticos electos, coge un portapapeles, recoge firmas, preséntate a algún cargo. Da la cara. Mójate. Persevera. A veces ganarás, otras perderás”.

Pese a todo, Obama dice dejar la presidencia más optimista que nunca por lo que ha visto en estos ocho años y por la generación a la que ha sido capaz de inspirar. Era también el momento de los agradecimientos, de fundirse en abrazos con los que le ayudaron a llegar a la presidencia y ayer le traían a sus hijos para presentárselos, pero sobre todo para rendir homenaje a la mujer que le ha acompañado en el viaje de su vida. “Michelle, aceptaste un papel que no habías pedido y lo hiciste tuyo con elegancia, coraje, clase y humor. Has hecho de la Casa Blanca un lugar en el que todo el mundo es bienvenido. Y gracias a tu ejemplo una nueva generación pone la vista más arriba. Has hecho que el país se sienta orgulloso de ti”.

A esas alturas no era sólo a Obama a quien le brillaban los ojos. Su hija Malia se secaba las lágrimas por el rabillo del ojo y la sala vibraba de emoción. “Ha sido el honor de mi vida serviros y no dejaré de hacerlo. Estaré ahí junto a vosotros, como ciudadano, por el resto de mis días”.