Desafección populista

Europa necesita restablecer valores y desarrollar políticas sin esperar a que la demagogia se haga con el poder

El ascenso de los populismos en Italia, la tercera economía de la Unión, incrementa la preocupación en las instancias europeas por el auge de opciones electorales que se hacen eco de los descontentos ciudadanos para realzarlos sin preocuparse de la búsqueda de soluciones a los problemas de fondo. El domingo, muchos italianos del norte votaron contra lo que consideran la presión fiscal que Roma les impone, mientras que muchos italianos del sur demandaron con su voto más ayudas y subsidios. La concurrencia de causas muy distintas de inquietud y desazón social se da, en una medida u otra, en todos los países europeos, lo que descoloca a las formaciones tradicionales y pone en entredicho la gobernanza en torno a la alternancia entre derecha e izquierda. La inmigración, la convivencia multicultural, la pérdida de expectativas en amplios sectores de la población por los efectos duraderos de la crisis, o la paulatina inversión de la pirámide de edad interpelan a las instituciones y a las corrientes políticas heredadas de la segunda mitad del pasado siglo, a las que ponen ante la evidencia de que van por detrás de los acontecimientos. Las estrategias de contención, aplicadas desde Bruselas y por todos los gobiernos, se han demostrado insuficientes para asegurarse la anuencia ciudadana. La presunción de que el voto de protesta es un fenómeno pasajero respondía a la arrogancia dominante en la esfera del poder político y a un sentimiento de suficiencia a todas luces infundado. Las instituciones europeas y las nacionales no acaban de entender cómo pueden perder la confianza de millones de ciudadanos que se echan en brazos de la improvisación y la demagogia. Pero es su impasibilidad y su falta de permeabilidad la que ha generado desafección hacia la política tradicional, y la que ha propiciado el atractivo de una concepción primaria de la política. Esa corriente de fondo se extiende por Europa de formas muy diversas, directas unas y de influencia indirecta otras; todas ellas, contrarias al ideal democrático. Bien sea mediante la exacerbación del nacionalismo, la xenofobia, la sublimación plebiscitaria de la identidad, o la quiebra de la división de poderes en el Estado de Derecho. A lo que se suman añoranzas filonazis o filocomunistas. Europa necesita, a la vez, restablecer los valores de la libertad y desarrollar políticas autónomas y eficaces. Sin permanecer a la espera de que los populismos se hagan con el poder efectivo y modifiquen su conducta.

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