Hoy

Un dictador que pudo reinar en democracia

Fidel Castro podría haber ganado unas elecciones. Digo podría, y aunque lo pongo en el pasado condicional, sé que mi afirmación escandalizará a más de una persona de derechas o a más de un cubano injustamente obligado a exiliarse.

Sin embargo, hay que tener presente que el autoritario e icónico Fidel ha contado durante años con el respeto, el cariño y, en ocasiones, con la veneración de un número no despreciable de sus compatriotas. Ese respeto -ya se me ha quejado un amigo cubano que me ha oído en la radio expresarme así- puede estar basado en el monopolio informativo que el régimen castrista ha tenido durante medio siglo sobre los medios de información de la isla, en la asfixia de cualquier movimiento opositor, etcétera. Sigo convencido, sin embargo, de que unas primeras elecciones verdaderamente libres habrían sido ganadas por el Comandante en Jefe de la Revolución tuviera a quien tuviera de opositor. No ocurrió así y nunca reinó democráticamente. Las segundas elecciones habrían sido más cuestionables.

La estrella del dictador empezaba a difuminarse cuando, aquejado de una enfermedad, abandonó al poder. A las jóvenes generaciones les importaba, y les importa, ya menos que el régimen hubiera traído la asistencia sanitaria y la educación a la totalidad de la población cubana. Como comentan algunos cubanos "hay que darle las gracias porque alfabetizara el país, hiciera los cuidados médicos asequibles hasta para los más pobres, pero hay que empezar a preguntarse cuánto tiempo tenemos aún que darle las gracias. Ya está bien...". Empezaban a percatarse, a principios del siglo XXI, de que Cuba, transcurrido más de medio siglo de la llegada de los Castro al poder, seguía no solo careciendo de libertad sino que las estrecheces económicas, la penuria, continuaban generalizadas después de nada menos que esas cinco décadas. Un cubano que oyera la radio, que conozca a alguien que hubiera viajado, puede razonar que el régimen había creado una sociedad igualitaria, que la gente del cercano Haití vive mucho peor, pero que no había ninguna razón para que la generalidad de los ciudadanos de Chile, Argentina o Uruguay... -países iberoamericanos que a fines de los cincuenta tenían un nivel educativo similar al de Cuba- vivan ahora infinitamente mejor que los cubanos. El tema da que pensar.

Una buena muestra de la capacidad persuasiva de Fidel, unida evidentemente a no permitir voces que discrepen sobre el tema, ha sido la cuestión del denostado bloqueo de Estados Unidos al que se le achacan la mayor parte de las carencias que padece la isla. El tal ‘bloqueo’ nunca ha existido. Cuba sólo ha estado bloqueada, es decir aislada, unas dos semanas y media con motivo de la crisis de los misiles. Todos estos años ha sufrido un embargo de Estados Unidos, lo que equivale a decir que Estados Unidos no comerciaba con ella, no había comunicaciones aéreas entre los dos países, etcétera. Eso no significaba que los demás no pudiéramos comerciar ni viajar, España lo ha hecho con profusión, así como Canadá, México, Venezuela... Por otra parte, el embargo yanqui tenía enormes agujeros. Ya en la época del derechista Bush, Estados Unidos era el país que vendía más productos alimenticios a Cuba. Los dirigentes cubanos, sin embargo, han logrado durante años convencer al pueblo de Cuba de que el país no podía funcionar a causa del bloqueo estadounidense. Y, por supuesto, muchos comentaristas europeos han adoptado el término. Con eso se logra camuflar que el sistema económico del país, economía estatal de corte comunista, es exactamente lo que no produce y al que hay que achacarle, mucho más que al imperialismo yanqui, los trompicones de la situación.

Eso es lo que hábilmente Castro ha sabido explotar, el nacionalismo sobre todo frente a Estados Unidos. El socialismo (comunismo) cubano no sería totalmente inteligible sin la veta nacionalista (patria o muerte es un eslogan repetido).

No está claro si Castro era comunista cuando se echó al monte en Sierra Maestra -al parecer Raúl y el Che comulgaban más con ese credo- o se convirtió más tarde. El Comandante logró ser entrevistado por un conocido periodista americano, Hebert Mathews, mientras en las cercanías los guerrilleros con distinto camuflaje pasaban una y otra vez para hacer creer al periodista que las huestes de Castro eran muy numerosas, y el encuentro resultó muy rentable: el dictador Baptista empezó a darse cuenta de que Fidel era un peligro, los partidos políticos de la oposición al dictador empezaron a unirse de uno u otro modo al movimiento guerrillero y hasta a aceptar sus directrices, y en Estados Unidos la imagen del barbudo era digerible -Mathews dijo que Fidel era en ocasiones intransigente pero parecía valiente, honesto y lleno de un sano fervor revolucionario-.

Ya en el poder, cuando Castro nacionalizó las propiedades estadounidenses como represalia de las primeras medidas dañinas de Washington, se produjo la ruptura entre los dos países que sólo ha acabado en el último año de Obama en el poder en una delicada operación diplomática en la que intervino el Vaticano y que le hubiera entusiasmado, un poco ilusamente, negociar a nuestro presidente Zapatero. El Comandante dio entonces una muestra de su intransigencia. Cuando Obama visitó la isla no se entrevistó con él, dejó caer de nuevo que a la revolución cubana no se la compra.

Castro tuvo una enorme influencia en Latinoamérica en los setenta. Por su fe revolucionaria y su deseo de crearle problemas a Estados Unidos intentó, instigado por el terco Che con el que tendría diferencias, crear focos parecidos a Vietnam en diversos puntos del globo. El más sonado, capitaneado por el propio Che, fue el de Bolivia que resultó un fracaso total. El sacrificado argentino cubano pifió en la elección del país, del lugar en el que inició la lucha y se engañó sobre la relación de fuerzas en Bolivia.

La caída del muro de Berlín sería un batacazo para Cuba que, privada de la ayuda soviética, entró en un periodo de penalidades. El relevo, años más tarde, lo tomaría la Venezuela de Chaves a la que Fidel, como contrapartida, envió médicos, servicios de inteligencia, etcétera. La ubre venezolana ha empezado a agostarse. Raúl Castro, heredero de Fidel, ha hecho una aperturilla que hasta ahora ha dado unos magros resultados. La incógnita es si se abrirá más como sería el deseo de muchos cubanos. No es seguro.

La palabra la tienen los militares que están detrás de él y sin cuyo asentimiento, al parecer, se toman pocas decisiones.