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tribuna

¿Por qué ganó Donald Trump?

A comienzos de 2016, la candidatura del magnate inmobiliario y showman televisivo Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos constituía apenas una pintoresca nota a pie de página a la profunda crisis de orientación y liderazgo del Partido Republicano y la segura galopada de la senadora, ex primera dama y ex secretaria de Estado demócrata Hillary Clinton hacia la Casa Blanca, solo amenazada con cierta consistencia por la emergente candidatura, desde el ala izquierda de su propio partido, del senador Bernie Sanders. Seis meses después, resueltas las elecciones primarias de ambos partidos, Clinton había neutralizado a Sanders, y la inesperada confirmación del estrafalario y extremista Trump, venían a coincidir casi todos los análisis, conduciría irremediablemente a los republicanos a una derrota clamorosa y una larga travesía del desierto. El pasado 8 de noviembre Trump ganaba las elecciones, y el 20 de enero tomaba posesión como cuadragésimo quinto presidente norteamericano. Todavía incrédulos y mayoritariamente horrorizados, millones de personas en Estados Unidos y en todo el mundo se preguntaban, mientras Trump prestaba juramento sobre la Biblia de Abraham Lincoln: ¿cómo ha podido suceder algo así?

El peculiar sistema electoral norteamericano es en parte responsable. En realidad, Clinton superó a Trump por casi tres millones de votos, pero la elección presidencial no se realiza por votación popular directa, sino a través de un Colegio Electoral formado por representantes del partido ganador en cada uno de los estados, conforme al sistema coloquialmente denominado «winner-takes-all» (o «el ganador se lo lleva todo»). Solo cinco veces en la historia norteamericana el voto popular y electoral no han coincidido: tres en el siglo XIX, otra en 2000, con la primera victoria del también republicano George Bush Jr., y esta de 2016. En realidad, fueron unas pocas decenas de miles de votos en algunos estados clave los que decantaron la balanza del Colegio Electoral a favor de Trump. Pero esta improbable carambola, aun con sus consecuencias finalmente decisivas, no debería distraernos del hecho principal: casi sesenta y tres millones de norteamericanos votaron a un candidato extrovertidamente racista, sexista y homófobo, mentiroso compulsivo e irredento, calificado de fascista incluso por exponentes de la derecha neoconservadora más recalcitrante, objeto de múltiples denuncias por explotación laboral, acoso sexual e incluso vínculos con la mafia, y públicamente respaldado por una alucinante coalición de neonazis, supremacistas blancos, negacionistas del cambio climático, predicadores integristas, fanáticos de las armas de fuego y chiflados conspiranoicos, que convirtieron la pasada Convención Republicana en uno de los eventos más siniestros de la moderna historia política occidental.

Frente a este acongojante panorama, el aparato demócrata cometió un doble y fatal error de cálculo. Por un lado, creyó ciegamente en un finalmente inexistente trasvase de voto republicano moderado, descontento con Trump, hacia Clinton o la abstención, minusvalorando el impacto de ocho años de brutal ofensiva cultural ultraderechista contra la presidencia de Barack Obama (y, previamente, de ocho años de administración neoconservadora de Bush) sobre el electorado republicano y su cultura política. Por otro, sobrevaloró igual de ciegamente la capacidad de movilización de una candidata demócrata terriblemente antipática para gran parte del electorado progresista, debido a sus vínculos con las grandes corporaciones de Wall Street y la burocracia de Washington. Evocando los términos del pensador Alain Badiou para describir la derrota de la izquierda francesa ante Nicolas Sarkozy en 2007, si la candidatura de Trump estaba basada en el miedo (miedo a la globalización, a la inmigración, al terrorismo,...), la de Clinton no ofrecía otra cosa que «miedo al miedo» provocado por Trump, sin ningún compromiso concreto de transformación progresista. Tras derrotar por la mínima (y con demostrado juego sucio) a Sanders en las primarias demócratas, Clinton no incorporó casi ninguna de sus propuestas a su programa, desmovilizando a decenas de miles de activistas y cientos de miles o incluso millones de votantes progresistas, especialmente jóvenes, en muchos casos provenientes de dinámicos e innovadores movimientos sociales como Occupy Wall Street por la justicia social, Black Lives Matter contra la violencia racista o Dreamers por los derechos de los inmigrantes.

A la vista de las astronómicas minutas cobradas por Clinton por sus conferencias para Goldman Sachs, Deutsche Bank, Morgan Stanley y otros gigantes corporativos, resulta fácil comprender por qué para ella era mucho mejor negocio perder ante Trump que ganar junto a Sanders, pero este cálculo ha resultado mucho menos beneficioso para las clases populares y el electorado progresista, que su partido pretende representar, y para la democracia norteamericana en su conjunto. No se trata de un caso aislado. Mientras la catastrófica gestión neoliberal de la crisis del neoliberalismo hunde a sus sociedades en la ruina económica y aviva los fantasmas del oscurantismo y el autoritarismo, las aristocracias de los grandes partidos socialdemócratas persisten obstinadamente en proteger sus vínculos con las élites causantes y beneficiarias de la crisis, en lugar de defender a sus víctimas y aliarse con los movimientos sociales y políticos progresistas emergentes (aplastando también alternativas progresistas surgidas en su propio seno, como las lideradas por Sanders en Estados Unidos, Jeremy Corbyn en Gran Bretaña o Pedro Sánchez en España). Debería bastar el desastroso balance de este primer mes de mandato de Trump (y quedan aún por llegar otros angustiosos cuarenta y siete más) para comprender que se trata de un dramático error (o, más bien, de un imperdonable crimen) que sus bases y electorados no deberían volver a consentirles jamás.