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Colombia y la anhelada paz

En lo que parece un prometedor anuncio, el Gobierno colombiano y las FARC han conseguido reescribir ciertos aspectos del histórico acuerdo de paz que los colombianos rehusaron ratificar el 2 de octubre. A la universal decepción causada entonces siguió un intenso, libre y muy útil debate nacional que obligó a las partes a reexaminar la situación con el gobierno del presidente Santos a la defensiva, pero decidido, como en el pasado, a llevar adelante el proceso. El Gobierno solo podía aceptar el veredicto popular y prometió que intentaría renegociarlo y dar satisfacción a los electores que no lo validaron porque lo juzgaron como una encubierta amnistía de los insurgentes, incluidos algunos vinculados a episodios de injusta crueldad. Confirmó al acreditado Humberto de la Calle como su negociador jefe y abrió un diálogo indispensable con el campo hostil, dirigido por el expresidente Álvaro Uribe. Este consiguió desacreditar el texto a partir de la defensa de los muertos a manos de las FARC y obligar al Gobierno a mejorar el texto desde el doble punto de vista de obtener alguna clase de visible castigo de los culpables en el marco de la llamada justicia transicional y de la obtención de más claras reparaciones para las familias de las víctimas. Este delicado capítulo, el de revisar el acuerdo, ha sido un modelo de moderación y realismo por todas las partes. La concesión del Nobel de la Paz al presidente Santos parecía haber validado y blindado de hecho el proceso y fue percibida como un premio al entero pueblo colombiano. El Gobierno, sagazmente, entendió que podía y debía, si le era posible, introducir cambios y mejorar el texto en ese renglón esencial, sin cuya mejora podría persistir una duda política y moral sobre su genuina condición reconciliatoria. Ahora entra el debate en otra fase: la propia sociedad será la que decida con su actitud y parecer advertirse una atmósfera de optimismo que el mundo quiere compartir. El nuevo texto no tiene por qué ser sometido a referéndum, como tampoco lo era el primero y bastará el asentimiento expresado en el Parlamento y la sociedad y sería muy deseable que esta vez fuera aceptado: el atormentado país lo necesita, sus inspiradores lo merecen y el mundo lo respalda.