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Colombia no renuncia a la paz

La promesa de cancelar definitivamente y por acuerdo el largo conflicto civil que ha ensangrentado a Colombia durante 52 años está gravemente comprometida. Tras años de negociaciones hasta que el presidente Juan Manuel Santos resolvió impulsarlas definitivamente, el referéndum a que se sometió el acuerdo de paz entre el Gobierno y la guerrilla (FARC) fue perdido el domingo por sus defensores. Por solo unas décimas y con una participación muy escasa, los colombianos rehusaron confirmarlo y puso a sus patrocinadores, empezando por el presidente del Gobierno, en una situación política muy delicada. Sin embargo, parece dibujarse tenuamente un deseable proceso de revisión que podría hacerlo aceptable para la mayoría social. Es útil recordar que el resultado del plebiscito no era vinculante, sino una adecuada forma de obtener el asentimiento social que lo legitimaría sin discusión y esa condición debería ayudar ahora a obtener eventualmente la indispensable cooperación del campo uribista, vencedor inesperado en términos políticos pero al corriente de que el anhelo de una paz genuina ha arraigado fuertemente en la sociedad y tampoco le será fácil dinamitar una genuina esperanza de reconciliación nacional, ahora comprometida con el inesperado resultado. No es infundada la argumentación de los críticos del acuerdo, que deploran la ausencia de penas de reparación penal para los guerrilleros, tenidos por terroristas y ciertamente responsables de delitos muy graves, incluidos los que causaron víctimas civiles del todo inocentes. Han pedido reiteradamente perdón, pero ha prevalecido la impresión de que recibían un trato de favor que no se han ganado genuinamente, incluso si se acepta que en los últimos tiempos habían optado por un desenlace pactado. Si las FARC son ahora capaces de remediar la situación aceptando retoques en este punto crucial del acuerdo aún puede haber una salida y los alzados en armas, que mantienen el alto el fuego, deberían sopesarlo positivamente. Las familias de las víctimas lo merecen y el futuro de una Colombia finalmente pacificada lo exige imperativamente por razones políticas y, sobre todo, morales.