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La factura del bloqueo en nuestra política exterior

RAJOY va a acudir a la cumbre del G-20 que se celebra en China esta semana. Debe ir. Nuestro presidente en funciones se encuentra en una situación imposible. Si en los últimos meses salía al extranjero para una reunión internacional numerosos comentaristas y miembros de la oposición se quejaban de que se marchara frívolamente fuera cuando debía estar aquí intentando formar gobierno. Es decir, una variante de esa expresión estúpida de algunos dirigentes socialistas cuando sostienen que «Rajoy debe dejar de fumarse un puro, no leer más el Marca y ponerse las pilas».

Ahora bien, si Rajoy se quedaba en casa, no menos comentaristas y opositores entonaban que era una vergüenza que estuviera ausente de foros internacionales a los que había que haber acudido.

En ambas opciones le llovían los palos.

Aclaremos: aunque pintarlo con tintes apocalípticos o vergonzosos fuese una exageración, lo cierto es que nuestra política exterior puede resentirse ante la situación en que nos encontramos, la de contar con un gobierno en funciones de forma prolongada.

Se exagera claramente subrayando que España está haciendo el ridículo, que estamos perdiendo toda credibilidad, etc. No hay que ir tan lejos. La prensa internacional no está tan pendiente de nosotros y, en los últimos días, lo único en lo que han coincidido es en preguntarse a qué juega Pedro Sánchez con su reiterado no. Lo han criticado. Sin embargo, tener un gobierno trabado legalmente nos puede pasar factura. No me refiero al hecho de que haya casi 50 embajadas que tenían que haber cambiado de titular por jubilación de personas o por otras causas. Esto es un engorro pero es peccata minuta. Aludo a temas graves como las relaciones con la Unión Europea ante la que habrá que llevar unos presupuestos dentro de nada, discutir el Brexit, a la imposibilidad de nombrar ciertos cargos que tienen una incidencia directa en nuestras bolsas, en la emisión de deuda, etcétera, con la consiguiente paralización de estas actividades y en el hecho grave de que nuestro presidente no acuda a reuniones y si lo hace resulta obvio para sus colegas que está cojo políticamente.

Tenemos varios ejemplos. Un encuentro importante de los líderes de Italia, Francia y Alemania se celebró sin asistencia de Rajoy, lo que hubiera sido impensable, ahora que Gran Bretaña empieza a auto-esfumarse de la Unión, si España tuviera ya gobierno. En esa reunión se habló no sólo de cómo enfocar el Brexit sino de otros temas que nos interesan sobremanera, el terrorismo, los refugiados, la postura ante Rusia y tantos otros.

Rajoy marcha a China en un momento histórico. Estados Unidos y China anuncian estos días que van a ratificar el importante acuerdo sobre el medio ambiente que se firmó en París. Son los mayores emisores de gases del planeta y su ejemplo animará en las próximas semanas a otros. De los 180 países signatarios sólo 25 lo habían firmado. Ahora habrá previsiblemente una avalancha.

En los próximos días, asimismo, se tratará del importante acuerdo comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea. Es de trascendencia descomunal pero Francia se muestra en estos días claramente reticente. Puede fracasar En circunstancias normales, deberíamos tener algo que decir. Hay multitud de ejemplos.

La prolongación del atascamiento actual, sin tener proporciones cataclísmicas, no es buena. Rajoy hizo bien en ceder en temas no baladíes ante Ciudadanos. Era un paso para desatascar el asunto. Perece que también se ofreció a discutir con los socialistas otros temas controvertidos en aras de lograr un gobierno estable. Chocó contra el No empecinado de Sánchez. Y esta es la parte que no se entiende. Si Rajoy había empezado a ceder, ¿por qué el líder socialista manifestó que cualquier reunión con Rajoy era prescindible? ¿ Tiene la intención de intentar formar gobierno aunque eso implique llegar al poder con el apoyo, tácito o declarado, de grupos que quieren romper a España no dentro de cincuenta años sino ya? Si el Psoe tragara con esto sería imperdonable.

Nos queda Rivera. Su iniciativa de pactar con Rajoy, aunque este no le gustase, era encomiable, pero ahora vuelve a hacer chiquilladas. ¿Puede el dirigente de un partido que ha ganado dos elecciones consecutivas y la segunda vez con un aumento claro de votos, retirarse porque lo pida Rivera? Se le podría exigir esto, en circunstancias idénticas, a cualquiera otra formación política, incluida la del señor Rivera? Me temo que no.