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Un día más

Un día más
/ Imagen: Álvaro Ybarra Zavala
  • La dura realidad del día a día en Ucrania

El fuerte estruendo de una explosión se escucha desde el interior del viejo búnker soviético del distrito de Petrovsky, en Donestk. Las paredes tiemblan, esta vez la artillería ucraniana ha hecho blanco. No hace falta esperar mucho para el siguiente impacto. Sólo han pasado diez minutos cuando, otra vez, la sinfonía de muerte de la letal artillería del ejercito ucraniano retumba entre los viejos muros de hormigón del búnker. Slava abraza contra su pecho a la pequeña Alisa, una bebé de poco más de tres meses que nació bajo el ruido de las bombas. Alisa apenas se inmuta, el ruido de la artillería es parte de la cotidianidad del mundo en el que le ha tocado nacer.

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En el interior del búnker se refugian más de cien familias que han tenido que abandonar sus casas para sobrevivir a los continuos ataques del ejercito. La mayor parte de los habitantes de esta nueva ciudad subterránea son familias de mineros que han visto como sus casas se han convertido en una de las líneas del frente más activas y estratégicas del conflicto que asola el este de Ucrania. Slava es minero. Él, junto a su mujer y sus dos hijos, tuvo suerte cuando un mortero impacto en el jardín de su casa. «No quedó nada, salvo un montón de escombros y recuerdos robados. Nunca se lo perdonaré. Yo ya no soy ucraniano» asegura Slava. Aquel catorce de julio el mismo ataque que destruyó el hogar de Slava se llevo la vida de toda la familia de Angelina.

«Yo estaba regresando de mi trabajo en Donestk. El autobús me había dejado en la parada de la gran avenida principal que lleva Marinka cuando escuche el sonido de las bombas. Todos los que estábamos en la calle en aquel momento nos tiramos al suelo para cubrirnos de las bombas que caían por todos lados. Recuerdo que en aquel momento sentí algo muy dentro de mí, un sentimiento que anuló por completo el miedo que en esos momentos sentía y entonces supe que algo había pasado a mi familia», recuerda. Aquel catorce de julio un mortero disparado por fuerzas regulares ucranianas impacto contra la casa de Angelina. En su interior sus tres hijos y su marido perdían la vida . Una nueva ronda de artillería impacta muy cerca del viejo búnker soviético del distrito de Petrovsky. Esta vez la paredes han retumbado más de lo habitual. Pero parece sin embargo que nadie lo ha escuchado.

La normalidad continúa en el interior de esta ciudad subterránea. Yurí, un joven de apenas veinte años, es el responsable de coordinar a todas las familias que viven en el interior del búnker. «Aquí nos despertamos y nos acostamos con las bombas de la artillería ucraniana», asegura. «Llevamos una semana muy complicada; no hacen más que bombardearnos; la gente viene aquí para refugiarse y apenas podemos salir para comprar comida». Yuri es estudiante de ingeniería. Desde que comenzó la guerra dedica su tiempo a ayudar en los proyectos humanitarios del DPR ( República del Pueblo de Donestk) . «Yo no soy un hombre de acción. No sabría qué hacer con un arma. Aunque muchas veces me levanto con tanto odio que lo único que deseo es matar a esos fascistas ucranianos que lo único que saben hacer es asesinar a su propia gente. Aquí no recibimos ayuda de nadie, solo de Rusia. No sabemos cómo vamos a poder sobrevivir este invierno bajo estas condiciones», se lamenta.

A escasos cinco kilómetros del distrito de Petrovsky una larga cola concentra a miles de personas que esperan su turno para sellar su cartilla de racionamiento. Un viejo edificio que en tiempos de paz albergaba el circo de la ciudad. Hoy se ha convertido en el gran almacén que da de comer a la población de Donestk. Anna es una de las responsables del gran almacén. Cada día llega a las siete de la mañana y comienza una larga jornada que nunca acaba antes de las nueve de la noche. «Esto es un drama, no sé cómo hemos podido llegar a esta situación. La población civil lo está pasando muy mal. Si las bombas no acaban con nosotros, lo hará el frio y el hambre. Porque aquí nadie nos ayuda. Parece que el mundo se ha olvidado de nosotros» nos dice mientras comprueba el listado de existencias actualizado del almacén. La falta de ayuda internacional es una de las grandes críticas que hace la población local a los países de Occidente y al gobierno de Kiev. Salvo la ayuda que llega del Este, poco más entra en la ciudad para ayudar a la población civil. «Nos llaman terroristas, dicen que aquí solo combaten tropas rusas. Eso no es verdad. Es cierto que tenemos combatientes voluntarios de origen ruso, pero lo que sí que es verdad es que los únicos que nos ayudan son los rusos. Sin su ayuda no se qué sería de nosotros», clama.

Durante el mes de agosto las tensiones entre Kiev y Moscú alcanzaron su punto más álgido, con motivo del envío, por parte del Kremlin, de un convoy humanitario a la región de Donestk, para paliar las necesidades de la población civil sitiada por el conflicto. Aunque organismos independientes como la Cruz Roja Internacional se desligaran de la operación, y la comunidad internacional criticase duramente esta acción unilateral rusa, las ONGs locales que trabajan sobre el terreno aseguran que sin esa ayuda las condiciones que afronta a día de hoy la población civil serían aún peores.