Corte tóxico

Corte tóxico

Estampados con imágenes reales de adictos, colecciones inspiradas en el cannabis... La estética de las drogas nutre a una industria adictiva

LUIS GÓMEZ

Q uizá porque saben de lo que hablan, por las continuas entradas y salidas de muchos diseñadores de clínicas de desintoxicación y por las innumerables noches entregadas al desenfreno y a las fiestas más desmadradas, la moda mantiene una estrecha relación con las drogas. Los coqueteos son continuos. De toda la vida. En 1997, el por entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, convocó a un grupo de periodistas en la Casa Blanca y señaló directamente a la industria fashion como responsable del desmedido interés de los jóvenes por las drogas. Clinton no se anduvo con rodeos y provocó un silencio estremecedor entre los informadores: «Mucha gente de nuestra generación crecimos pensando que la heroína era lo peor del mundo. Presenciamos escenas terribles asociadas a su consumo: yonquis que yacen en las esquinas de las calles de una manera decididamente poco atractiva. En los últimos días -continuó- hemos visto que muchos personajes influyentes han admitido rotundamente, y los honro por ello, que han hecho que la adicción a la heroína parezca glamurosa, sexy y cool», remató.

Aquel mensaje caló hondo y generó una respuesta inmediata. A los pocos meses, Stella McCartney, John Galliano y John Rocha firmaron una declaración disculpándose, al tiempo que se comprometieron a eliminar cualquier referencia que pudiera interpretarse como una clara apología de las drogas, una constante en las campañas publicitarias de un sinfín de marcas, especialmente de gran lujo.

Los excesos de décadas encumbraron en los 90 el 'heroin-chic', una corriente estética cuya principal característica radicaba en que las modelos, del estilo Kate Moss, tuvieran un aspecto desaliñado muy similar al que la mayoría de la gente asocia al de las personas que consumen drogas. Este estilo regresa de nuevo a las pasarelas. Lo hace de la mano de Raf Simons, el director creativo de Calvin Klein, en un momento, precisamente, en el que resurge con fuerza el debate sobre la legalización de las drogas.

Botellas de vino tinto

Sobre una pista cubierta de botellas de vino tinto (vacías), el creador belga revisó en su último desfile la estética de la cultura nocturna del Berlín de los años 70 y escenificó la resaca que sigue a toda buena noche de excesos. Otra vuelta a las andadas. Sin escatimar recursos, Simons ha inspirado la colección masculina del próximo otoño 'Youth in Motion' en la historia de Christiane F., la escritora fan de David Bowie que se convirtió en adicta a la heroína con solo 13 años, y en el libro 'Drugs' ('Drogas'), escrito a principios de los 80 por Cookie Mueller, musa del 'underground' neoyorquino, y Glenn O'Brien.

Si no lo es, parece una oda a las drogas. La palabra DRUGS, en mayúsculas, aparece impresa en el pecho de sudaderas sin mangas y de colores psicodélicos. Detrás de muchas otras prendas se esconden nombres de sustancias como GHB, 2-CB, un derivado de las anfetaminas, XTC, o LSD. Simons incorpora también imágenes reales de adictos estampadas en camisetas, incluida la de la propia Christiane F., que, a sus 55 años, sigue viva de milagro. Nada de sutilezas. Sus diseños son una constante alusión a éxtasis líquidos, narcóticos y alucinógenos a través de ropas desestructuradas. Simons, por supuesto, ha desmentido que su colección glorifique las drogas: «La de Christiane sigue siendo una historia con un mensaje de advertencia que desvergonzadamente y sin arrepentimientos describe las realidades de uso de las drogas y la adicción», esgrime.

No es la moda, desde luego, el mejor espejo en el que mirarse. Alexander Wang, que trabaja en su firma homónima tras un fugaz pero productivo paso por Balenciaga, subió hace dos años a las pasarelas una colección inspirada en el cannabis y una estética deliberadamente grunge. La emblemática hoja de la marihuana se convirtió en la protagonista de abrigos, blusas, vestidos y bolsos. Por si fuera poco, el ucraniano Demna Gvasalia se sumó a la fiesta y encendió la polémica con el lanzamiento de un colgante con forma de cuchara inspirado en los aparatos que los consumidores de cocaína utilizan para esnifar. Como todo lo que diseña el ucraniano, el accesorio se agotó al poco de ponerse a la venta, pese a su precio: 350 euros. Lejos queda el escándalo protagonizado en 1995 por Calvin Klein, que llevó al FBI a investigar un presunto abuso de drogas y pornografía infantil por la campaña protagonizada por el actor Mark Walhberg en ropa interior y una entonces menor Kate Moss.

Llueve sobre mojado. La moda va a su bola. Con una moral cuestionable, se marca casi todas las temporadas un viaje alucinante. Empeñada en mostrar su lado más divertido sin reparar en las consecuencias de las adicciones, es posible que se pregunte por qué las drogas tienen que dejar de ser tema de conservación si forman parte de nuestro día a día. Sus cortes, desde luego, son de lo más tóxicos.

Muchos expertos sostienen que la moda sigue idealizando un mundo de drogas, fiesta y hedonismo que acaba resultando nocivo para los jóvenes. Raf Simons es fiel ejemplo al inspirarse en una obra de teatro, un filme y un libro de la década de los 80. Casi 40 años después, sostiene que sus diseños plantean una realidad que se abre como debate social. Él afirma que «invita a recapacitar».

Llamar la atención. La colección de Simons para Calvin Klein incorpora la palabra 'drogas' en inglés en muchas prendas.

Alexander Wang ha inspirado sus últimas colecciones en el cannabis. La hoja de la marihuana aparece en casi todas sus prendas, justo en el momento en que California ha autorizado el consumo y comercio de esta sustancia para uso recreativo.

La firma de lujo Del Toro también se ha sumado a una tendencia que ahora alcanza a zapatos y demás complementos. El cannabis está llamado a ser un gran protagonista.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos