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Ángel Ortiz: «El valor social de la búsqueda de la verdad»

El director se dirige al público reunido en Ifeba para la entrega de los Extremeños de HOY. / HOY
Discurso del director del Diario HOY

«Con una opinión pública débil, enferma, engañada o simplemente desconfiada o demasiado crédula, ninguna sociedad será capaz de construir horizontes compartidos»

Ángel Ortiz
ÁNGEL ORTIZ

Presidente, presidenta de la Asamblea, delegada del Gobierno, alcalde de Badajoz, autoridades, queridos amigos. Buenas noches y bienvenidos a la fiesta de los premios Extremeños de HOY 2017, que en esta ocasión tenemos el honor de entregar a la futbolista internacional Carmen Menayo, al actor y dramaturgo Juan Margallo y a Javier García, un ejemplo de superación: él es la primera persona sorda y ciega de Europa que accede a una beca Erasmus. Mi más sincera enhorabuena y gracias por acompañarnos en esta gala, para cuya organización hemos contado con la valiosa colaboración de Ifeba. Gracias a sus responsables y personal. Gracias también, muy especialmente, a Iberdrola, que continúa una edición más apoyando la entrega de estos premios, una de las citas sociales más importantes del calendario regional. Sin su participación nada de esto sería posible.

Lo han podido comprobar en el audiovisual que acabamos de proyectar. El HOY es muchísimo más que un periódico o un medio de información digital que cuenta, con la urgencia del día a día, no siempre en las mejores condiciones ni sin tropiezos ni dificultades, noticias de la vida de la gente.

Si en los últimos años los debates del mundo del periodismo eran de adaptación estructural, de digitalización, de negocio, de innovación, plataformas o canales, ahora el debate estrella incide en un aspecto mucho más profundo. Y traspasa de largo los límites de algo que tenga que ver exclusivamente con nuestra profesión o sector. Me refiero al fenómeno de la posverdad y las falsas noticias. La Real Academia incluirá ese término, posverdad, en la próxima revisión de su diccionario y lo definirá como «toda información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público».

Esto es serio. Esta especie de epidemia afecta al corazón de cualquier sociedad, al menos de cualquier sociedad moderna que se pretenda cohesionada, libre, igualitaria, con espíritu crítico y democrática. Es serio porque tiene que ver, nada más y nada menos, con la existencia o no de una opinión pública saludable.

No tiene que ver con que la opinión pública cambie periódicos por webs, periodismo analógico por periodismo on line. No es que las audiencias prefieran el periodismo gratis y lo obtengan a través de las redes sociales, blogs o grupos de whatsapp. El problema no es que unas empresas se arruinen y otras salgan fortalecidas.

Esto va de que la opinión pública no sepa de qué fiarse ni a quién creer. O peor aún, de que piense que está suficientemente informada y advertida cuando lo cierto es que se ve infectada por manipulaciones constantes, y anónimas, de todo tipo. En ámbitos tan sensibles como unas elecciones. A veces desde el otro lado del mundo. Con una sofisticación e impacto sin precedentes en la historia.

«Fíense de nosotros. Aunque no les guste todo lo que contamos»

El pasado 13 de noviembre la Comisión Europea anunció la creación de un grupo de expertos para luchar contra las noticias falsas y la desinformación. La comisaria del ramo aseguró ese día que el eje de su actuación será, y cito textualmente, «la defensa del derecho de los ciudadanos a tener acceso a una información de calidad, piedra angular de nuestras democracias». O sea, lo que el periodismo ha venido haciendo desde hace siglos... Ni más ni menos.

Casi a diario, la actualidad amanece condimentada con noticias, análisis, reflexiones o discusiones en torno a ello. Hablar de la posverdad o de las fake news se ha convertido casi en parte del paisaje, en un lugar común. Y así se corre el riesgo de que sus peligrosas consecuencias queden amortizadas o disueltas.

Quizás en un periódico percibimos el problema más cerca y con mayor intensidad. La materia prima con la que a diario intentamos cumplir con nuestra tarea es la verdad, la búsqueda de la verdad. No hay periodismo que valga sin que exista un relato veraz de la realidad. Ni tampoco si, cuando nos equivocamos, no corregimos, no enmendamos ni rendimos cuentas por ello. Eso, reconocer el error, rendir cuentas, dar la cara, solo lo hace el buen periodismo.

La verdad por sí misma

Me permitirán que incida en un detalle a menudo olvidado pero determinante. Nosotros buscamos la verdad por sí misma. Para que la opinión pública la conozca. Para nada más. Así debe ser. Así ponemos nuestro grano de arena en el progreso de la comunidad. En nuestro caso, en el HOY buscamos la verdad para que la conozcan los extremeños. Y solo porque son extremeños. No porque sean de una ideología o de otra, de este o de otro partido. No porque sean de una clase social o dispongan de más o menos recursos económicos. Independientemente de que esa realidad sea más o menos agradable, dulce o amarga.

Quien lleve años leyéndonos, la mayoría de ustedes, sabe de lo que hablo. Sabe que, como rezaba el uno de enero de 1933 nuestro primer editorial, «no tenemos más amigo que la verdad ni conocemos más enemigo que el error». A pesar de ello, el buen periodismo, como el que proponemos en el HOY, se ve contagiado de modo creciente por oportunistas o intoxicadores que lo equiparan y mezclan con otras cosas.

Dicen que el periodismo es influyente y debe servir para entusiasmar, para tranquilizar, para apoyar esto o lo otro, a veces para calmar agrias polémicas, para convencer al público… Dicen que el periodismo no debería doler, que debe comprometerse con razones de estado, con ambiciosos proyectos colectivos... Siempre respondo lo mismo. ¿En serio? ¿Más ambiciosos que buscar y contar la verdad?

La última vez que en el HOY vivimos una pequeña crisis relacionada con estas circunstancias, con esos propósitos ajenos a la finalidad de servir a la actualidad por la propia actualidad, fue con motivo del atentado en las Ramblas.

Recordarán que nuestra portada del día siguiente mostraba una escena dura, trágica, pues lo sucedido allí fue trágico. Y duro. Enseguida proliferaron las quejas: nos acusaron de morbosos, de no evitar el dolor de las familias de las víctimas, de insensibles, de todo…

Pero los cientos de personas que ese día criticaron al HOY y otros medios por mostrar lo que de verdad sucedió, una masacre, ¿se darían cuenta de que lo que están pidiendo es que se les mienta, que se les cuente que la vida es bella cuando no lo es, que bastaría, como nos sugería algún lector, con que lo contáramos con palabras porque no hace falta enseñar el dolor? ¿Palabras? ¿En serio? ¿Cuántos de ustedes se conformarían con que su esposa o marido les dijese todo el tiempo que les quiere, pero luego no se lo demostrara con hechos?

Añado. ¿Nadie ha valorado la importancia decisiva que en la construcción de una conciencia ciudadana contra el terrorismo de ETA tuvo el hecho de que toda España pudiese conocer y ver las atrocidades de esa banda de asesinos, a veces en toda su crudeza? ¿Se imaginan que a lo largo de los últimos 50 años se hubiese aplicado ese criterio con el atentado de Hipercor o el de la plaza de la República Dominicana? ¿Y que alguien hubiese protestado porque los medios de todo el mundo publicamos el escuálido aspecto, inhumano, la mirada triste y asustada que mostraba el funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara tras ser liberado de su largo secuestro? ¿Acaso no es crucial, un ambicioso proyecto, que algunos nos dediquemos profesionalmente a proporcionar noticias veraces, análisis y opiniones fundadas sobre la realidad que interesa y concierne a todos?

La democracia

Lamentablemente, esto, ese relato honesto y perseverante, que no infalible ni cómodo, de las realidades de interés general como un fin en sí mismo se entiende cada día menos. Por las fake news, por la posverdad, por la superabundancia de información, por las confusiones sobre lo que es noticia, es propaganda, es publicidad, es tactismo, es ética o estética, por las confusiones sobre lo que es relevante o irrelevante, de interés público o particular…

Porque parece que todo es lo mismo, que todo da igual. Porque se defiende que la sociedad gracias a las redes sociales o google, por ejemplo, ya está informada... Todo el mundo sabe de todo, pero muy especialmente de periodismo.

Bien. Habrán oído muchas veces clamar que, si no se le pone remedio, la posverdad acabará con la democracia porque ese fenómeno, que es global, descontrolado e inmediato, destruye la opinión pública. Y que no hay democracia posible, ni de buena ni de mala calidad, sin una opinión pública sostenida sobre informaciones veraces.

«Reconocer el error, rendir cuentas, dar la cara, solo lo hace el buen periodismo»

Creo que deberíamos ir más allá: con una opinión pública débil, enferma, engañada o simplemente desconfiada o demasiado crédula, ninguna sociedad será capaz de construir horizontes compartidos. El individualismo, que hoy explotan y rentabilizan los grandes operadores mundiales de internet, las técnicas de gestión de datos y otras innovaciones harán muy difícil la supervivencia de ‘lo público’, del ‘bien común’, de los ‘derechos sociales’, de aquello que nos obliga e implica a todos con el porvenir y el progreso de nuestros vecinos. De los otros. Muy particularmente de los más débiles o indefensos.

No les hablo de ciencia ficción. Ni del futuro. Todos los esfuerzos de las grandes multinacionales que operan en ese entorno se empeñan en conocernos al detalle para separarnos, diferenciarnos, segmentarnos, individualizarnos…

¿Qué hay de malo en ello? Hace unas semanas, el boletín de actas de la Academia Nacional de las Ciencias de Estados Unidos hizo público un estudio relacionado con el uso de la psicología en la persuasión masiva digital. Facebook o Google son los máximos exponentes de estas técnicas, como seguramente suponen. Investigaciones recientes muestran que se pueden predecir las características psicológicas de una persona a partir de su huella digital, como sus me gusta y sus tuits. Una de las conclusiones es que la orientación psicológica puede usarse para explotar la debilidad en el carácter de las personas. Por ejemplo: pueden dirigirse anuncios de casinos online a individuos que tienen rasgos psicológicos asociados con la ludopatía. Con varios anuncios diseñados para un perfil psicológico muy concreto, que alcanzaron a 3,7 millones de personas, quedó probado que encajar el mensaje con las características psicológicas del usuario altera su comportamiento. Al mostrar anuncios pensados para personas extrovertidas a usuarios con este perfil lograron un 50% más de compras que con individuos tomados al azar. Hablamos de juegos y ludopatía, lo cual es grave. Ahora piensen por un instante en lo que representa algo así en política, en aspectos económicos, en intereses y estrategias de voto… La pregunta es: ¿quién decide qué producto compramos, nosotros o un software operado desde San Francisco?

La posverdad, los ecosistemas digitales y las prácticas publicitarias que orillan el periodismo, digital o analógico, no solo ponen en riesgo el conocimiento de la actualidad y nuestra condición de ciudadanos libres, sino la existencia de sociedades conscientes y dueñas de su presente y su futuro tal y como hoy las conocemos.

La manifestación

Termino recordando la manifestación por un tren digno del sábado pasado en Madrid. ¿Saben qué? Lo relevante no fue que hubiese 6.000 o 40.000 personas, que se protestara por un tren, por un ave o por una nave espacial, que fuese en Madrid, que los asistentes viajasen hasta allí en autobús o en avión, que acudiesen representantes de todos los partidos, que la política tuviese más o menos presencia o protagonismo…

Lo relevante fue que gracias a que muchas personas, colectivos y sensibilidades cedieron en su razón y su punto de vista sobre el problema, gracias a muchas pequeñas y grandes renuncias, toda España hoy es consciente de que nuestro tren es un problema real, cierto, que merece solución y la natural indignación hasta de quienes nunca vendrán a Extremadura. Pero a continuación me pregunto: ¿algo así hubiese sido posible sin que decenas de periodistas de muchos medios de comunicación de la región hubiesen hecho su trabajo constante y valientemente, a pesar de los pesares, durante años y años? ¿Algo así se conseguirá en el futuro solo con las redes sociales, solo con blogs amateurs, solo con whastapp, sin referentes de credibilidad informativa?

En el diario HOY seguimos al servicio de la verdad porque nos debemos a la sociedad extremeña. Nada más y nada menos que por Extremadura. Fíense de nosotros. Aunque a veces nos equivoquemos. Aunque no les guste todo lo que contamos u opinemos. Después de lo dicho, a nadie le debe caber duda de que los lectores, suscriptores, anunciantes y clientes del HOY son muchísimo más que simples lectores, suscriptores, anunciantes y clientes de un humilde periódico regional. Muchas gracias.

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