Del wolfram al litio

Cerro de los Romanos, saliendo de Cáceres a Badajoz. / L. CORDERO
Cerro de los Romanos, saliendo de Cáceres a Badajoz. / L. CORDERO

En la II Guerra Mundial, el mineral trastocó la economía de La Raya

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

En 1944, en Acebo pastaban 15.000 cabras y vivían 3.000 personas. En 2017, Acebo tenía 601 habitantes y 300 cabras. Aunque lo fundamental es que en 1944, Acebo vivía la fiebre del wolfram y hoy el pueblo no conoce ninguna locura mineral y solo llama la atención por sus comunidades dedicadas a la meditación y al budismo y por la decisión municipal de ayudar con tierras y asesoramiento gratuito a las familias que se instalen en el pueblo.

Ahora que en Cáceres se vive la calentura del litio, viene a la memoria la fiebre del wolfram que se vivió en Extremadura durante la II Guerra Mundial. Este mineral, también llamado tungsteno, posee la propiedad de alcanzar el punto de ebullición o fusión más alto de todos los metales. Se empleaba para endurecer las chapas acorazadas de los tanques y para fabricar proyectiles y granadas antitanques perforadoras.

Los aliados poseían reservas abundantes de wolfram, pero los alemanes carecían de él y lo tenían que comprar en China. La guerra con la Unión Soviética y el bloqueo aliado les cortó las rutas de suministro y tuvieron que buscar el wolfram en el único lugar donde había: la Raya. A ambos lados de la frontera, las minas de wolfram eran abundantes. En España, los mayores yacimientos estaban en Galicia y en Salamanca, Cáceres y Badajoz.

Como las mejores minas portuguesas habían sido compradas por los ingleses, los alemanes tenían que buscar el volframio en la parte española de la frontera y también en el contrabando llegado desde Portugal. Crean diversas empresas como Hisma o Rowak para comprar el wolfram, luego se funden en Sofindus (Sociedad Financiera Industrial), un consorcio nazi. Todas ellas las dirige un comisionado de Hitler, Johannes Bernhardt, que pasará un tiempo en Cáceres, alojándose en el hotel Álvarez, hoy hotel Alfonso IX.

Los ingleses y los americanos, en cuanto se percatan de la jugada, empiezan a comprar también wolfram a través de sus corporaciones británica y americana: UKCC y USCC. Los aliados no necesitan este mineral, pero lo adquieren para que no se lo lleven los alemanes. Un dato: en 1943, el wolfram es el primer producto español exportado y pasará de suponer un millón de pesetas, en 1939, a 660 millones, en 1944.

En Extremadura, los yacimientos más importantes están en Acebo. Los nazis pagan 106 pesetas por un kilo de wolfram. Los ingleses y los alemanes abren consulado en Ciudad Rodrigo, desde donde sus agentes intentan controlar el comercio y el contrabando de wolfram en la Raya. Los ingleses compran todo el que pueden a buen precio. Los portugueses y los acebanos venden a los alemanes a mejor precio todavía.

Interviene Winston Churchill, que presiona al dictador portugués para que deje de vender a los nazis. Salazar corta las ventas legales, pero entonces se recrudece el contrabando de wolfram portugués y Acebo se convierte en el centro de operaciones. Llegan mineros desde los pueblos de la sierra. Pero no hay servicios para tanta gente y el dinero fácil estimula la bebida y los altercados. El cuartel de la Guardia Civil ha de trasladarse desde San Martín de Trevejo hasta Acebo y la locura solo remite cuando los alemanes se retiran de la frontera francesa y dejan de comprar mineral.

Esa fiebre del wolfram, aunque menos ardiente, se da también en Cáceres. Les contaba hace días que en el libro 'EX-100. El viaje de Cáceres a Badajoz' se habla de unas trincheras de la Guerra Civil situadas en el llamado Cerro de los Romanos, saliendo de Cáceres hacia Badajoz. Me escribe don Antonio Hidalgo, estudioso emeritense del ferrocarril, que vivió en las inmediaciones del cerro por ser hijo de ferroviario, y me aclara que esas supuestas trincheras no son otra cosa que zanjas para sacar wolfram hechas entre 1941 y 1944. Se dedicaban a extraerlo, en excavaciones clandestinas y nocturnas, los mineros de Aldea Moret, que luego se lo vendían a los alemanes. Eran otros tiempos, otras fiebres y otras guerras.

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