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El profesor Ricardo Senabre Sempere en 2012. :: Lorenzo Cordero/
El profesor Ricardo Senabre Sempere en 2012. :: Lorenzo Cordero

En febrero, la viuda de don Ricardo publica una esquela llena de amor

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Amor más allá de la muerte... En este día de menús románticos, cartas de San Valentín en los institutos, rosas rojas por doquier y azúcares impostados endulzando la atmósfera, dejo el último rescoldo de mis emociones para el caso singular de doña Marcela López Hernández. Esta señora, a quienes ustedes seguramente no conozcan, es la viuda de don Ricardo Senabre Sempere, a quien los más jóvenes quizás tampoco conozcan, pero que para miles de extremeños es un nombre que asocian con el rigor, el respeto, el prestigio, el aprendizaje y el ejemplo.

Ricardo Senabre Sempere (Alcoy, 1937-Alicante, 2015) fue catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Salamanca. Pero él consideraba que «los quince años centrales de su vida» fueron los que pasó en Cáceres, adonde llegó en 1970 para dirigir su recién creado Colegio Universitario, de donde se marchó en 1986, tras ejercer durante diez años como decano de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura, elevando su prestigio a cotas impensables en una universidad recién nacida.

Pero si me refiero al profesor Senabre en este día de San Valentín, es por un detalle que cada año por estas fechas, exactamente el 5 de febrero, nos emociona a quienes escribimos en este periódico y a quienes lo leemos. Ese día, desde 2015, doña Marcela López Hernández, viuda de Ricardo Senabre, encarga publicar en las páginas de HOY una esquela en memoria de su marido, anunciando la celebración de misas por su eterno descanso en Alicante, Salamanca, Alcoy, Cáceres, Badajoz, Madrid, Barcelona y Valladolid, ciudades todas ellas que jalonaron la vida del recordado profesor y riguroso crítico literario.

Esa esquela se publica igualmente en periódicos de otras ciudades. Así año tras año, desde 2015, en un acto de amor y memoria muy emocionante y muy útil. Porque Senabre fue un hombre útil. Sí, el calificativo puede parecer frívolo y simplote, pero es que a Senabre se recurría para no perderse cuando azotaban los vientos de la desazón, del aburrimiento, de la impostura, la mediocridad y el maniqueísmo. Bastaba leer uno de sus libros o asomarse a las páginas de El Cultural y disfrutar con alguna de sus críticas de libros para sentir renacer el fuego que te había orientado hacia la enseñanza, la literatura, la filología y la búsqueda del saber.

No tuve la suerte de asistir a sus clases, pero sí disfruté de alguna de sus intervenciones en conferencias y congresos salmantinos, lo leía siempre en El Cultural y sus libros me desvelaron el valor literario, más allá del filosófico, de Ortega y Gasset y las claves de Fray Luis de León. Ochenta y tres artículos científicos y prólogos escribió durante su etapa extremeña. En sus 18 años en El Cultural, escribió 669 reseñas literarias, la primera fue sobre la novela 'El hereje' de Miguel Delibes. Dirigió 43 tesis doctorales, que es un récord académico en la universidad española. Escribió 18 libros, publicó 99 'terceras' en ABC y otros artículos en HOY, El Sol, La Razón o la Gaceta de Salamanca.

Entre otros premios, recibió la primera Medalla de Extremadura que se entregó tras la otorgada al rey Juan Carlos, la Medalla de Oro de la Universidad de Extremadura, la Insignia de Oro de la Diputación de Cáceres y es Hijo Adoptivo de Cáceres.

El crítico José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, 1950), cuyas reseñas literarias sabatinas son una de las razones que hacen imprescindible la lectura de este periódico, escribía a raíz de la publicación de la obra de Senabre 'El lector desprevenido': «En las últimas décadas, ningún crítico mejor que Ricardo Senabre. Unía la minucia y el rigor de la crítica académica con la curiosidad por lo nuevo y la agilidad de la crítica periodística».

El amor más allá de la muerte, latente en esas esquelas que doña Marcela publica cada mes de febrero, nos permite recordar la utilidad de volver a Senabre y la pervivencia de su magisterio.

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