¡Viva Esparragosa!

¿Usted se montaría en un autobús a las seis de la mañana para ir a Madrid a escuchar unos discursos a cambio de un bocadillo? ¿A qué no? ¿Entonces por qué supone que su vecino sí lo haría?

Diego, vecino de Pinto y natural de Esparragosa de Lares, el sábado por las calles de Madrid. / Brígido
Manuela Martín
MANUELA MARTÍNBadajoz

El sábado me planté en la manifestación por un tren digno para Extremadura. Llevo más de veinte años escribiendo en HOY sobre un tren que no acaba de llegar y me apetecía sumarme a la protesta.

Vaya por delante mi absoluto respeto a quienes no fueron porque no pudieron o porque no les dio la real gana. En España manifestarse es un derecho, no una obligación. Ya bastante tenemos con los afanes del día a día como para dedicar un sábado de otoño a castigarnos las cervicales en un viaje de cientos de kilómetros (y no precisamente en AVE) en lugar de emplearlo para hacer deporte, estar con la familia o tumbarnos a la bartola en el sofá.

Digo esto porque he escuchado algunas opiniones sobre la manifestación de Madrid que abusaban del tópico gastado del bocadillo y el autobús gratis como medios para allegar participantes a la concentración de la plaza de España. Miren, no. Si alguna vez los extremeños, y los andaluces y los gallegos y los murcianos… vendieron, o alquilaron, su tiempo y su entusiasmo para acudir a manifestaciones o mítines, debió ser hace muchos años. Esa Extremadura ya no existe, por fortuna. ¿O usted se montaría en un autobús a las seis de la mañana para plantarse en Madrid, escuchar unos discursos y cantar el himno a cambio de un bocadillo de chorizo? ¿A que no? ¿Entonces por qué supone que su vecino sí lo haría?

Lo que yo vi en Madrid el sábado, en las casi cuatro horas que pasé en la Plaza de España, fue mucha gente de toda Extremadura, de todas las edades y condiciones. Veinteañeros de barba hipster que estudian o trabajan en Madrid y están hartos de no tener otra opción que el blablacar y el Auto Res para venir a su tierra; y agricultores, médicos, administrativos, obreros, profesores, abogados, jubilados, pequeños empresarios, opositores, funcionarios, autónomos, parados, periodistas…. Hombres y mujeres que sintieron el picorcillo en la conciencia, a lo mejor no tenían otra cosa mejor que hacer, o sí, y se dijeron: voy a protestar, qué coño.

No se trataba de exigir un trato preferente, como hace alguna comunidad de cuyo nombre nos acordamos demasiado, sino un trato igualitario.

Durante un buen rato compartí el solato que caía a plomo con Diego, emigrante en Pinto, que se hizo notar, no por su estatura, sino porque se había agenciado la mejor bandera de toda la plaza: una caña de pescar flexible y ligera rematada por una enseña verde, blanca y negra de considerables dimensiones. Nada que ver con las pequeñitas que daba la organización. Además de ondear sin descanso la bandera Diego quería dejar bien alto el pabellón de su pueblo y cada pocos minutos nos amenizaba con un ¡viva Esparragosa!, coreado por la concurrencia y hasta contestado con un ¡viva Jarandilla!, ¡viva Higuera de Vargas!, en un pique cómplice por ver quién le daba más vivas a su pueblo entre risas y bromas. Les aseguro que ganó Diego.

Generoso con sus vivas y también con su bandera, que prestó a ratos a quienes se la pedían para tremolarla.

Allí importaban poco los discursos, que no oímos (o los organizadores se gastaron poco en watios o alguien falló con el sonido). Importaba reconocerse, por fin, en una reivindicación que todos sentíamos justa; pegar la hebra con el vecino de mani, que era de la otra punta de Extremadura, o de Collado Villalba, que también se hicieron notar, e intercambiar un: ‘bueno, a ver si esto sirve de algo’ esperanzado.

Si al final sirve y entre unas cosas y otras conseguimos ese tren digno no sé si Diego lo utilizará mucho o poco para visitar esa Extremadura que tuvo que abandonar hace décadas. De lo que estoy más que convencida es de que entre Pinto y Esparragosa el corazón de Diego estaba el sábado mucho más cerca del pueblo que le vio nacer que del que le acogió. Y por eso se encajó en la plaza de España con su bandera/caña de pescar.

Un rato después de dispersarnos entre la marea humana que invadía Gran Vía, Príncipe Pío y Leganitos nos encontramos a Diego, bandera en ristre, por Preciados. Se iba a comer un bocadillo de calamares y nos recomendó el que decía que era el mejor bar de la zona. «A tres euros, buenísimos».

Lo dicho. Yo con Diego: que viva Esparragosa; y los calamares.

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