Aquí no viene nadie

Plaza principal de Póvoa e Meadas. :: E. R./
Plaza principal de Póvoa e Meadas. :: E. R.

Póvoa e Meadas, una aldea rayana con museo, embalse y bar Jardim

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Nadie viene por aquí. Póvoa e Meadas es una de esas aldeas portuguesas a las que a casi nadie se le ocurre ir. Cuando se circula entre Marvão y Castelo de Vide o se sigue después de esta villa camino de Alpalhão y Nisa, se suceden los cruces indicando la dirección de este lugar que da no sé qué. Porque llamarse Meadas no parece garantía de belleza ni de lugar con encanto. Sin embargo, la otra tarde, en un paseo sin rumbo por la Raya, decidí que ya era hora de conocer ese pueblo con tantas resonancias mingitorias para un español corriente y, como suele suceder en Portugal, el viaje tuvo su gracia.

El caso es que cogí un cruce a la derecha, bien señalizado, en la carretera de Castelo de Vida a Alpalhão. La ruta era preciosa: arbolada, tranquila y con un horizonte quebrado por la silueta imponente y nevada de la Serra da Estrela. Un poco antes de llegar a Póvoa e Meadas, una indicación nos señala el camino hacia el embalse del pueblo.

Vaya por delante que Póvoa e Meadas es una aldeíta sencilla y simpática que tiene un paseo, un ratito, un café... Bueno, también tiene un museo en la plaza, lo cual no debiera sorprendernos pues es sabido que hasta la más remota aldea de Portugal tiene dos tesoros característicos que indican superior civilización: un museo local y unas letrinas limpias, públicas y bien dotadas.

Póvoa e Meadas, además, tiene una plaza arbolada con bonito parque y señorial templete de la música adornado con azulejos clásicos y evocadores. Alrededor de la plaza, se pueden admirar unas casonas señoriales de mucho tronío y mucha belleza. Destacan unos balcones de color rosa que podrían resultar empalagosos si tal adjetivo fuera pertinente en arquitectura. Como no lo es, los calificaremos como llamativos. Sea como fuere, llenan la plaza de alegría y singularidad.

Culminan el conjunto unas balconadas con extraordinaria rejería: parecen querer contar historias de romances prisioneros y amores encarcelados. En fin, Póvoa e Meadas es una parroquia de 696 habitantes (Wikipedia dixit) considerada aldea portuguesa con encanto, tan alentejana que tiene un bar Jardim y tan extremeña que tiene un bar Oasis... ¿Hay algún pueblo extremeño que no tenga o haya tenido un bar Oasis?

Póvoa e Meadas se extiende por un par de calles largas, se refugia en algunos rincones con sabor, que es como se describen los espacios que son bonitos, pero es difícil explicar por qué, y esconde la gracia de que, saliendo del pueblo, aún queda su embalse, visita inexcusable para entender el tirón de esta aldea perdida.

Desandamos el camino y, justo a la salida del pueblo, un cruce a la derecha nos lleva al embalse y a la carretera Castelo de Vide-Apalhão. El camino hasta la presa merece, con propiedad de botánico, que no de poeta, el adjetivo de frondoso. Cruzamos, primero, un bosque de alcornoques centenarios, algunos de un porte formidable; pasamos, después, por un bosque de pinos y acabamos la lección de botánica en un bosque de alcornoques poderosos. Al final de los bosques, el embalse de Póvoa.

Es un sitio precioso. Hay un merendero, una camping caravaning tan libre como respetado y atestado, muchos perros con familia y el galardón histórico de haber producido en 1927, cuando se construyó, la energía eléctrica que convirtió a Póvoa e Meadas en una de las primeras aldeas rurales de Portugal con luz eléctrica. Desde un mirador con esculturas se disfruta la belleza del paisaje. Arriba, garzas reales anidando. Al frente, el emocionante paso de la presa: solo cruza un coche. Atrás, Póvoa e Meadas, un pueblo con la gracia de que no va nadie.

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