Viaje por El Triángulo del Tomate

El regadío no tiene buena prensa turística, pero la comarca de Miajadas nos regala postales inéditas de verde refulgente y plazas rurales con encanto

Plaza de Madrigalejo, con su iglesia parroquial / Esperanza Rubio
J. R. ALONSO DE LA TORRE

La Gran Manzana en Manhattan, La Banana de la Riqueza en el eje Milán-Londres y El Triángulo del Tomate con los vértices en Miajadas, Zorita y Madrigalejo. Nuestra ruta dominical por la provincia de Cáceres nos trae hoy a las tierras de regadío del sur de la provincia, una mancomunidad llamada Centro, como podría haberse llamado de otra manera, pero que atesora más interés del que su simple nombre indica.

El regadío no tiene buena prensa turística. Es raro que las agencias de viaje propongan tours por el canal de Orellana ni visitas al pantano de Alcollarín, sin embargo, pocas imágenes más bellas que la del poblado de Pizarro, al atardecer y al fondo, con el verde de los arrozales, las tomateras, el maíz, los frutales y los olivos de goteo en primer plano.

Vamos, en fin, a pasar un día en el Triángulo del Tomate y empezamos en su capital, Miajadas, que es también uno de sus vértices. Hemos llegado bien temprano y es domingo. Aparcamos cerca de la iglesia de Santiago Apóstol, declarada Bien Cultural y con una equilibrada mezcla de estilos gótico, renacentista y barroco. Los bares están cerrados y nos encomendamos a Isabel para que nos guíe hasta un bar abierto y con buen café. Isabel es empleada municipal de limpieza y nos lleva al Alambique.

Desde que llegamos a Miajadas, hemos notado ese aire de ciudad que la convierte en la quinta población con más habitantes de la provincia: 9.879 según el censo de 2016. Es la capital de esta comarca de ocho municipios y 15.850 habitantes.

Al llegar desde Cáceres, nos reciben las fábricas de tomate y de arroz, y los polígonos industriales con cerca de 200 parcelas, a continuación, una gran avenida con zonas verdes y juegos infantiles y después, los supermercados y las calles peatonales. En la plaza, el ayuntamiento, de moderna factura, y una cartelería que avisa de lo animado que es el verano en esta zona con los conciertos de Camela, Coti o Carlos Jean.

Miajadas es villa desde el siglo XVII, cuando Felipe V le otorgó tal título por cómo se involucró la localidad en la guerra contra los portugueses prestando carros, haciendo de cuartel y dando alimentos para soldados y ganado. Hasta entonces, Miajadas había dependido de Medellín. Su nombre originario había sido Meaxadas o pequeños trozos de terreno, siendo empleada en la guerra de Quinto Cecilio Metelo contra Julio César por el primero como cuartel estratégico. Al final, pactaron ambos generales la paz en el propio Meaxadas, que, por su situación estratégica, se consolidó como lugar de paso y descanso.

Y sí que progresó Miajadas. Tanto que llegó a ser la tercera población cacereña en entidades bancarias tras Cáceres y Plasencia, y la segunda de España por el número de tractores: 2.000.

El símbolo totémico de Miajadas y su comarca es el tomate gigante coronando un pináculo enhiesto situado a la entrada de la villa según se llega desde Cáceres.

El festival de música más característico de la ciudad es el Tomate Rojo Rock. Alrededor del pueblo, hay cerca de 3.000 hectáreas de plantas tomateras y cada vez que tomamos tomate frito Buitoni, Solís, Maggi, Starlux, Carrefour, Eroski, Día o pizzas de Tele Pizza, estamos disfrutando de salsas elaboradas en Miajadas con tomates cultivados en su término municipal o en las tierras de algunos de estos pueblos que conforman El Tomate de Oro.

Hace un par de años, la infanta Elena, de camino a Madrid, salió de la autopista y dio un pequeño rodeo para comprar en Miajadas un melón y 20 kilos de tomates. El episodio puede parecer nimio, pero trasciende la anécdota para desvelar esa asociación automática entre esta comarca y la calidad de sus frutas y verduras.

Miajadas sería el trasunto de la Extremadura ideal. Junto con sus pedanías de Alonso de Ojeda y Casar de Miajadas, colonizadas a partir de 1963 y 1968 respectivamente dentro del Plan Badajoz, el municipio goza del equilibrio económico que supone que su población activa se dedique en un 40% a la agricultura, en un 38% a los servicios, en un 15% a la industria, cifra récord en Extremadura, y en un 7% a la construcción.

Tras visitar Miajadas, seguimos nuestro viaje dominguero por la ruta del Triángulo de Oro del Tomate. Ascendemos en dirección al vértice norte, Zorita, y nos detenemos en Escurial. Se trata de un pueblo pequeño, pero que tiene su rato de paseo y entretenimiento. Sus 820 habitantes son llamados a misa de 11 con una recia campana que se escucha en todo el pueblo. También en la laguna: un enclave fluvial situado a la derecha de la carretera, con pasarelas de madera y bandadas de patos. En esa carretera, varios bares. Un cartel tentador anuncia El Horno de María y la iglesia de la Asunción con sorpresa incluida, preside omnipotente el caserío. ¿La sorpresa? Un Cristo crucificado atribuido a la escuela de Montañés.

Ascendemos por un lado del triángulo, conducimos por la autovía, alejándonos de las tierras de regadío, y llegamos a Villamesías, que tiene 285 habitantes, se llamó Burdalo en tiempos, y no presume, pero debiera, de su bonita iglesia dedicada a Santo Domingo de Guzmán. Está junto a la carretera, en una agradable plaza, tiene un atrio alargado y porticado, cúpula abovedada y una torre enhiesta que domina los contornos.

Abajo, en la plaza, el ayuntamiento, blanco, sencillo y coqueto, una fuente, el bar El Parador con su terraza, alguna casona importante y un puesto de ropa que quisiera ser mercadillo y lo es, pero poco concurrido. En el bar El Parador, además del pincho abundante y rico, nos dan conversación y nos comentan que el mercadillo es los domingos y que vienen quizás tres puestos, quizás uno, quizás ninguno. Depende.

Ya hemos dejado la autovía y por carreteras secundarias buscamos el siguiente pueblo de este triángulo geográfico bordeado de regadíos. Es Abertura, 423 habitantes, iglesia parroquial del siglo XV y una gran plaza donde está casi todo: el bar Los Achiperres, que tiene un toldo muy hermoso que tapa la calle de lado a lado, la casa de cultura, el ayuntamiento, el autoservicio Macu, un parque infantil con naranjos, una casita verde muy graciosa y una parada de autobús que nos encandila porque parece como de cuento, con banco imitando a mármol y a mimbre, aunque es de piedra.

Ascendiendo hacia el vértice de Zorita, descendemos una cuesta y nos encontramos al fondo Alcollarín, un pueblo de 249 habitantes dispuesto de curiosa manera: la iglesia de Santa Catalina de Alejandría está situada en un borde y a partir de ella, se disponen las casas. Es bonito y curioso este municipio de Alcollarín: abundan los árboles, hay cuidadas zonas verdes, se distinguen rincones con encanto atravesados por pasarelas de madera. Podemos ver el palacio de Pizarro Carvajal, que se levantó en el siglo XVI. En lo alto del pueblo, la presa de Alcollarín es una obra magnífica rematada e inaugurada en enero de 2015. Subir a la presa es un paseo agradable y arriba, contemplando la planicie de agua, se disfruta del paisaje.

Dejamos atrás Alcollarín y estamos de nuevo en tierras de colonización y regadío. De hecho, Alcollarín cuenta con un poblado de colonización, Fernando V, situado a unos kilómetros del pueblo. El caso es que ya llegamos a Zorita, vértice norte de El Triángulo del Tomate, y las tierras de regadío se suceden hasta un poco antes de llegar al pueblo.

Zorita, 1.446 habitantes, es un pueblo que engaña. Los viajeros suelen pasar por la carretera principal, camino de Guadalupe, y solo ven esa parte. Pero Zorita, en realidad, es un pueblo situado a partir de esa carretera, donde están los bares, los comercios, un relajante parque con palmeras, acacias, animado quiosco y terraza de verano.

La ruta del colesterol, hasta la ermita de la Virgen de la Fuensanta, es largo, cuatro kilómetros junto a la carretera de Trujillo. Este enclave era lugar de paso y caza de las palomas zuritas. Hasta aquí venían a cazar los señores de Trujillo, y de ahí le viene el nombre al pueblo. La iglesia parroquial es renacentista y la ermita de la patrona está junto a un templete del siglo XVII.

De Zorita descendemos todo derecho hacia el sur, hasta el otro vértice de este triángulo imaginario, donde nos espera Madrigalejo, segunda población de la comarca con sus 1.842 habitantes. Su iglesia del siglo XVI tiene elegancia, sobre todo la torre, y un retablo plateresco valioso. Hay varias casas palacio. Aunque lo que singulariza a este pueblo son un acontecimiento fortuito y una decisión inteligente. La decisión fue que los vecinos, cuando la desamortización de Mendizábal, se hicieron con la propiedad de las tierras circundantes, que habían estado en manos del monasterio de Guadalupe y que hoy, en forma de cosecha de arroz, frutales y maíz, dan riqueza al pueblo.

El acontecimiento fue la muerte en el pueblo del rey Fernando el Católico el 23 de enero de 1516. La casa donde murió, que acogería después a los reyes Sebastián de Portugal y Felipe II de España, es hoy un museo etnográfico y un centro de visitantes, convirtiendo Madrigalejo en un atractivo destino de turismo cultural.

Regresando por la base de El Triángulo del Tomate a Miajadas, hacemos parada en el último pueblo de la ruta: Campo Lugar, que también se llamó Campo de Alcántara por pertenecer a esta orden. Después se llamó El Campo, pero como enviar una carta “al campo” complicaba la vida a los carteros, ha acabado denominándose Campo Lugar.

Este pueblo de 906 habitantes y nombre doblemente genérico, el campo y el lugar, recibe al viajero con cierta prosopopeya: el silo, la gasolinera, las entidades bancarias, los pubs de marcha, los cafés, la iglesia del siglo XV, con su sorprendente torre exenta unida al templo por un arco, y su retablo barroco.

A unos pocos kilómetros, Pizarro, pedanía de Campo Lugar: la cooperativa San Rafael, las casas aseadas, los tractores en la calle, la actividad incesante... Cruzamos esa frontera invisible que separa el secano del regadío y todo vuelve a ser arroz, maíz, frutales... tomate.

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