Viajando de Cáceres a la frontera

En estas tierras de la Sierra de San Pedro late la esencia de Extremadura, típicas calles largas de casas blancas, atardeceres de impresión, llanuras donde se sosiegan la mirada y el espíritu

Alquería fronteriza de Aceña de la Borrega, rodeada de pinos y alcornoques. / Esperanza Rubio
J. R. ALONSO DE LA TORRE

La Aceña de la Borrega. Fin del viaje. Hemos venido a esta alquería fronteriza de Valencia de Alcántara con la intención de comer en el restaurante fundado por María y Emilio. No olvidaremos nunca la primera vez que comimos aquí. Entonces era un bar con tienda de ultramarinos.

No recuerdo si entonces, hace de esto casi 20 años, tenía nombre, pero las gentes del lugar lo conocían como 'Mari Abaja' porque cuando entraban clientes a comer, Emilio daba una voz: «Mari, abaja». María 'abajaba' y te servía unas raciones suculentas en su tienda de ultramarinos, que tenía unas mesas muy aparentes rodeadas de estantes llenos de cartones de leche, botes de tomate frito y pastillas de jabón de olor.

Mari ya no lleva el restaurante, pero da gusto sentarse con ella en la terraza de su antiguo comercio y que te cuente que anda todo el día de viaje: hoy, a los fiordos noruegos; mañana, de crucero; al otro, a París... Mari y Emilio traspasaron el restaurante a su hija Toñi y a su yerno José Luis hace 12 años.

Emilio falleció hace nueve y el restaurante se llama 'An Cá Milio' en su honor. Mari y Emilio abrieron el bar-tienda en 1963. Ella empezó a cocinar los conejos que rifaba y lo hacía tan bien que cogió fama y ahora, en 'An Cá Milio', cenan desde la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría hasta Eduardo Punset.

La Aceña de la Borrega es una alquería muy turística: hay 100 plazas de hostelería rural y tres restaurantes. Cuando Mari abrió el negocio, en La Aceña vivían 151 personas. Hoy quedan 70, y el 20% son octogenarios.

En esta comarca de la Sierra de San Pedro las cosas son así: cada vez menos habitantes y cada vez más mayores. Es la comarca menos poblada de Extremadura con 8.840 habitantes (censo de 2016). El caso más sangrante es el de la capital de la zona: Valencia de Alcántara, que tenía cerca de 16.000 habitantes en 1940, y hoy tiene 5.646, menos que hace 175 años.

El principio, Cáceres

Pero empecemos por el principio. Hemos salido de Cáceres con la intención de hacernos la ruta de la empresa Magro, aquellos autobuses de color café con leche que tenían sus cocherones en la castiza calle cacereña de Reyes Huertas e iban cada día desde la capital hasta Valencia de Alcántara.

Recorremos los pueblos del camino, ocho localidades englobadas en la comarca Sierra de San Pedro, y hacemos la primera parada en Herreruela, 369 habitantes, el pueblo de las dos plazas: una muy grande, donde están los cafés, las terrazas y la animación, y otra más recoleta, muy bonita y merecedora de entrar en la antología de sorpresas rurales de Extremadura: a un lado, la Casa Consistorial con su torre del reloj y sus 187 años a cuestas; en medio, la iglesia con su torre señera y al otro lado, la casa colonial de la Marquesa, que suma otras dos torres a este inesperado sky line belitre, que ese, belitre, es el gentilicio de Herreruela.

Plaza Mayor de Herreruela, con una casa colonial, la iglesia y el ayuntamiento. / E.R.

Unos kilómetros más adelante, el bus de Magro se detenía en Salorino, otro pueblo semidespoblado, donde se ha pasado de los 2.577 habitantes que tenía en 1920 a los 629 de 2016. Pero estos estragos demográficos tienen su explicación: en un término municipal de 15.705 hectárea, 14.000 forman parte de grandes latifundios.

El reparto de la tierra marca la historia de esta ruta de la empresa Magro. Hasta la frontera portuguesa, casi todo el territorio eran encomiendas de la Orden de Alcántara, que pasaron con la desamortización a manos privadas. Los porreteros, que así se llaman los naturales de Salorino, se hicieron entonces arrieros o artesanos. En los años 60, la emigración diezmó la población.

En Salorino, vivió el médico Antonio Elviro Berdeguer, defensor de los intereses de la pequeña burguesía extremeña, de los medianos agricultores y de la identidad regional. Se presentó a las elecciones de 1918 como candidato regionalista por el distrito de Alcántara, pero fue derrotado por su contrincante, el conservador madrileño Antonio Garay.

Para entender el poder de Garay, basta acercarse a Membrío, seguir por la carrerera de Carbajo y fijarse en cómo cada pocos kilómetros aparece una cancilla con un letrero anunciando el nombre de una inabarcable finca: Clavería. Esa dehesa gigantesca era de Garay, y en ella se alojó Alfonso XIII durante sus cacerías en la comarca.

En Salorino, van a tomar un vino 'an ca' Pepe, 'an ca' Macloud o 'an ca' Los Viejos, así que Julián y Mari optaron por bautizar su negocio con realismo: 'An Ca Juli'. La última vez que hablé con Julián, o sea, Juli, recordaba que, cuando él era un niño, «los maestros vivían en el pueblo, el cura vivía en el pueblo, el médico y el veterinario vivían en el pueblo. Todo el mundo vivía en el pueblo. Ahora no vive ni la Guardia Civil».

Carretera Nacional 521 entre Cáceres y Valencia de Alcántara, al fondo, Salorino / E.R.

El cráneo de la madre de 'El Lute', en Membrío

A pocos kilómetros de Salorino, Membrío: una plaza agradable, una iglesia bonita y, alrededor del pueblo, rutas de senderismo. Una tarde de finales de junio de 2011, Eleuterio Sánchez 'El Lute' impartió una conferencia en la Casa de Cultura de Salorino. Presentaba el acto una porretera de pro: la cantante Pilar Boyero. Al llegar el turno de ruegos y preguntas, un señor canoso levantó la mano y dejó helado al Lute al anunciarle: «Don Eleuterio, yo tengo en mi casa el cráneo de su madre”.

El señor canoso era y es el alcalde de Membrío, Agustín Gilete, que, cuando tenía nueve años y era monaguillo, vio cómo la familia de El Lute acampaba en los alrededores del pueblo. Eran mercheros, nómadas por definición.

Una tarde de mucha lluvia, la madre de Eleuterio falleció y en Membrío se organizó una colecta para pagar el entierro. Años después, Agustín era estudiante de Medicina en Salamanca y necesitaba restos de esqueletos para estudiar mejor la asignatura de Anatomía. Habló con el enterrador y le consiguió los huesos de una tumba ya clausurada, avisándole de el cráneo era de la madre de El Lute. Al acabar aquella conferencia, Agustín regaló la reliquia materna a Eleuterio.

Estas historias tremendas, estos pueblos despoblados y estos latifundios infinitos no parecen invitar a recorrer estos parajes. Craso error. En estas tierras late la esencia de la región. Típicas calles largas de casas blancas, atardeceres de impresión, llanuras donde se sosiegan la mirada y el espíritu. Y al final de la llanura, la sierra. A su cobijo, Carbajo, 217 habitantes, el pueblo donde en invierno el sol se pone a la hora de comer. Aprovechamos las sombras del atardecer para pasear por la calle principal, acercarnos a su iglesia de El Salvador, del siglo XVIII, probar sus famosos quesos, y recordar su festival de música celta.

Nos hemos apartado de la general y circulamos por bellas carreteras secundarias. Al llegar a Santiago de Alcántara, la calzada se estrecha para entrar en otra plaza sencilla con terrazas, iglesia y encanto. Todos estos pueblos pertenecen al Parque Natural Tajo Internacional y sobre el Tajo, Herrera de Alcántara.

Crucero fluvial por el río Tajo, cerca de Cedillo. / E.R.

Aquí hay que tomarse el viaje con tranquilidad y descender hasta el río porque el paraje que nos espera es único: la parsimonia del agua, el silencio del entorno, la naturaleza, las aves, el Tajo encajonado. Es una postal viva, que se contempla, se escucha y se huele.

En el «cuernoesquinazo», Cedillo, el pueblo más occidental de Extremadura. El acceso: rosales, naranjos y barcos de forja. El pueblo: piscina a la entrada, después, la panadería, el museo etnográfico junto a la iglesia, la tienda, el restaurante, los bares, la farmacia, la casa rural, el albergue y abajo, al final de una cuesta enrevesada: el embarcadero y la presa.

El autobús de la empresa Magro dormía en Valencia de Alcántara, el único municipio extremeño donde, no siendo gran ciudad, se puede tramitar el DNI y el primer pueblo español que conoció el reyJuan Carlos.

Entonces, vivían aquí 15.000 personas, casi el triple que hoy. El Círculo de Artesanos tenía 1.000 socios, Renfe empleaba a 30 operarios, en Aduanas trabajaban 20 funcionarios, en los cuarteles había 130 guardias civiles y 20 policías nacionales... Cuando desapareció la frontera, se fueron los funcionarios, el Círculo bajó a 400 socios, y llegó la emigración.

Años aquellos de gran actividad en la frontera. Uno de los contrabandistas más hábiles fue Juan de la Paz Anselmo, que llegó a comerciar con Galerías Preciados. Anecdotario de la frontera y la Benemérita: el pajar donde a unas horas descansaban los guardias y a otras, fijadas por riguroso turno, los contrabandistas. La señora que venía a Cáceres a vender café, y aquí se encontraba a las mujeres de los guardias civiles vendiendo el café requisado por sus maridos. La máxima que reinaba en la frontera: “Con la Guardia Civil y la Inquisición, chitón”.

En esa época de esplendor, estaba también el tren, el elemento clave en el desarrollo de la comarca. Pero el talgo Luis de Camoens desapareció en 1995 y el Lusitania Exprés o Talgo Lusitania dejó de circular por Valencia de Alcántara el 15 de agosto 2012. Hoy solo circula un convoy convencional y, en cualquier caso, no cruza la frontera.

En Valencia de Alcántara, hay que pasear por el barrio judío y gótico con sus 19 calles, sus 266 portadas ojivales y su sinagoga medieval, y visitar el castillo y la iglesia de Rocamador para disfrutar del retablo de estilo barroco original de Churriguera, de la tabla de Luis de Morales o del Cristo de las Batallas tallado en madera policromada por Berruguete.

El pintor Godofredo Ortega Muñoz tuvo su estudio en Valencia de Alcántara. Pintaba escenas populares y motivos extraídos del entorno, también de las nueve alquerías de la frontera. En una de ellas, La Aceña de la Borrega, charlando con Mari, terminamos este viaje por la Ruta de la Empresa Magro. En el entorno, verde refulgente de pinos y chopos. En la cocina, tiernas chuletas de cabrito y tortillas de patatas descomunales. En la memoria, recuerdos ya imborrables de este viaje por una Extremadura de serranía, agreste y dura, pero de belleza tan rara como imprescindible.

Fotos

Vídeos