El viaje por un #trendignoya que no llegó a tiempo

Ambiente en el tren que salió de Mérida a las 6.11 de la mañana. / A.B.

Los que fueron en tren a Madrid para participar en la concentración tuvieron un viaje lento y con algunas dificultades

ALBA BARANDA

Dan las doce de la noche y el móvil automáticamente marca 18N. Hoy es un día especial en Extremadura, «festivo» dicen algunos, reividicativo para los miles de extremeños que se embarcaron hacia a Madrid para exigir un tren digno y adecuado al siglo XXI. En las manos, centenares de banderas verde, blanca y negra que harán ondear para solicitar igualdad frente al resto de España.

A las seis de la mañana ya son palpables los nervios en la estación de tren de Mérida. El presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara fue de los primeros en llegar. Tras los saludos pertinentes, todos al tren. Minutos después llegó José Antonio Monago y otros representantes políticos de todos los partidos de la región. También responsables de asociaciones y organizaciones de Extremadura que se habían comprometido previamente en el conocido como el Pacto del Ferrocarril.

El convoy arrancó motores en Mérida según la hora prevista. Se trata de un coche confortable, con enchufes, papeleras, papel en los baños... Tiene seis vagones, pero carece de cafetería y aunque tiene pantallas, no muestran el siguiente destino ni la ubicación en tiempo real. Únicamente ofrecen la imagen de Renfe y nos indica que viajamos en un Media Distancia.

Poco antes de las siete Vara sorprende a todos los pasajeros haciendo de azafato y ofreciendo unas perrunillas de Campanario. Un detalle muy extremeño.

La primera parada es Cáceres. Los fumadores salen, ufanos, a dar las primeras caladas, mientras suben al vagón dirigentes tales como Elena Nevado, alcaldesa de Cáceres, Begoña García Bernal, consejera de Medio Ambiente y Rural, Políticas Agrarias y Territorio, y la recién nombrada consejera de Cultura e Igualdad, Leire Iglesias.

A la altura de Casar de Cáceres, aparecen tras el cristal las primeras luces rosas del amanecer, que se acaba completando en un precioso cielo naranja poco antes de las ocho.

En tren, da tiempo a observar el paisaje, a meditar, y es que en realidad, las vistas desde el vagón tienen encanto y cierta similitud con el levitar cinematográfico que se integra en el paisaje. Pero esta magia se veía interrumpida a la mínima que se disminuía la velocidad con los comentarios de la gente tales como «ya se ha parado» o un preocupante «buuuu».

Apenas hay cobertura en todo el trayecto del tren por Extremadura, exceptuando los pocos minutos de parada en las estaciones principales. En Plasencia, ya totalmente amanecido, se suben algunos componentes de Milana Bonita que, con sus banderas extremeñas como estandarte, gritan «no vamos a una fiesta, vamos a luchar».

El traqueteo es más que evidente y pasear se antoja una tarea complicada no solo por la probabilidad de golpear a algún pasajero, también porque los pasillos están repletos de gente.

Manuel Pinilla, que viene en representación de la Confederación de Asociaciones de Vecinos de Extremadura, sale con una dificultad palpable del servicio con una muleta y nos indica que se nota que los tendidos son antiguos por el balanceo y la poca estabilidad. Tiene que tener cuidado para no caerse.

Después nos encontramos con Moraga, un interventor de ruta, que nos cuenta que la ocupación del ferrocarril que está viajando hasta Madrid para reivindicar un tren digno es del 85%, aunque en Navalmoral se subió gente y casi roza el 100%, pues solo quedaron cuatro plazas sin ocupar. Había 364 asientos disponibles en este tren institucional dedicado a dirigentes políticos, prensa, asociaciones... El grueso de los extremeños se está dirigiendo en estos momentos en autobús, o en vehículos propios.

Mientras que nosotros llegábamos a la estación de Talavera de la Reina, unos compañeros que salieron a la misma hora en coche, estaban ya en Madrid desayunando churros. Nos contaron que hicieron el viaje del tirón, puesto que todas las estaciones de servicio están atestadas de autobuses y de gente que se dirige a Madrid en su automóvil.

A las dos horas y poco, el cuerpo avisa de que ya es hora de hacer una visita al servicio. Hay cola. Las personas que están antes que yo (hombres y mujeres, pues es unisex) comentan entre bromas que si es un cuarto de baño digno o indigno. Cuando salen, ya no ríen, y aseguran que hay que tirar de cuádriceps y de suma puntería para no manchar la taza ni el suelo.

Poco antes de llegar a Oropesa de Toledo, se ven las primeras vacas, totalmente ajenas a que las vías con las que conviven a diario datan de 1878. Un olor a mandarinas invade el vagón. Es la hora de la merienda. Hay buen ambiente, todos comparten lo poco que se suele llevar en un viaje y te ofrecen sin conocerte. Y es que aquí, todos somos iguales, solo que unos fotografían y otros son el objeto de la foto.

Una vez que ha pasado la excitación inicial, y tras tomar un café que ofrecen los de UGT, el cansancio se hace un pasajero más. Doy un paseo para estirar las piernas, y me encuentro a Begoña García Bernal, muy animada y como buena anfitriona, nos comenta que le pidamos cualquier cosa que necesitemos. Un tren digno estaría bien, pienso mientras veo a Leire Iglesias escribiendo eso mismo en una ventanilla empañada del vaho. Hace un día fabuloso de sol, aunque fuera, aprieta el frío. Me lo dicen los fumadores que vuelven a bajar.

Cada vez que el tren disminuye la velocidad, se escucha un murmullo temeroso. De momento, vamos salvando el trayecto sin averías. Al entrar en Castilla se nota que mejora la cobertura con creces.

Llegamos a Illescas y los nervios afloran, se reparten las banderas y nos colocamos en las puertas, prevenidos para salir en manada en busca de la plaza de España.

Aún tendremos que esperar un poco más. Hasta las 11.28 este tren no llegó a Atocha: 21 minutos tarde. Nadie se sorprende. Madrid, ya estamos aquí.

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