Los taxis rurales de Extremadura se quedan sin clientes

Víctor Manuel Valverde, taxista rural de la localidad cacereña de Valdefuentes, junto a su vehículo. :: lorenzo cordero/
Víctor Manuel Valverde, taxista rural de la localidad cacereña de Valdefuentes, junto a su vehículo. :: lorenzo cordero

Los clientes más frecuentes son personas mayores que viajan a los hospitales o a hacer gestiones en la Administración

M. ÁNGELES MORCILLO

Manolo Centeno Delgado tiene 52 años. Es natural de la localidad pacense de Zalamea de la Serena, que tiene 3.751 habitantes. Allí desempeña su trabajo de taxista desde hace unos 30 años gracias a la licencia que heredó de su padre. Algo que era muy habitual hace ya unos años. Ya casi no se hace, según cuenta, al menos en las zonas rurales. «Los hijos ya se buscan la vida por otro lado y dejan de ser taxistas. La mayoría no quiere seguir con el negocio. Porque en realidad no lo hay», lamenta.

Hasta hace poco, el taxista rural realizaba sobre todo servicios sanitarios. Es decir, llevaba y traía a pacientes a centros de salud para que recibieran tratamientos como diálisis, rehabilitaciones... En aquel tiempo la población mayor era su gran cliente y se tenía negocio diario seguro.

Pero eso ha cambiado completamente. Manolo cuenta que si hace unos años en la localidad de la Serena había diez licencias de taxis rurales, en la actualidad pueden quedar cuatro, una de ellas de una persona prejubilada.

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Con la puesta en marcha del servicio de las ambulancias también en los pueblos, los responsables de sanidad en Extremadura decidieron que ya no era tan necesario encargar este trabajo a taxistas rurales. Ahí comenzó el gran bajón de este servicio público, que ya será difícil que levante cabeza, aseguran sus protagonistas.

Así que los taxistas rurales no tuvieron más remedio que reinventarse y ofrecer nuevas tareas. Hay algunos que en la actualidad trabajan para compañías de seguros, otros cubren los servicios en el pueblo los fines de semana... «Pero con todo y con eso, en las poblaciones pequeñas el taxi tiende a desaparecer», dice Manolo.

Los que subsisten lo hacen porque tienen algo alternativo. El que más o el que menos tiene tierras, olivares por ejemplo, y lo complementa con lo que saca del taxi. Porque vivir del negocio puro y duro en pueblos como Zalamea es muy difícil.

«El taxi rural es caro»

«Porque el taxi es caro». Lo dice el propio Manolo. Señala que por ejemplo un taxi de Zalamea de la Serena a Don Benito, que se encuentra a unos 40 kilómetros, cuesta unos 50 euros. O de Zalamea a Mérida, que está situada a unos 90 kilómetros, vale 100 euros. A Badajoz la cifra asciende a 170 u 180. Esto es en el caso de un vehículo alquilado. También hay profesionales que, segúnManolo, subsisten haciendo el servicio por plazas (cobrando por asiento), aunque estos son los menos. Y los destinos más demandados son, en los dos casos, las localidades donde hay servicios sanitarios u organismos oficiales.

Este profesional confirma que también el servicio de 'Bla Bla Car' les ha hecho algo de daño. Aunque reconoce que no tanto como a las líneas de autobuses. Explica que hace unos años los estudiantes que iban a hacer la matrícula a las ciudades universitarias de Extremadura se unían en un grupo de cuatro personas y se pagaban un taxi entre todos. «Eso hoy en día ya no existe», confirma Manolo.

La gente que quiere contactar con Manolo, como es conocido en el pueblo, lo hace a través del wasap o de las redes sociales. Antiguamente en la parada de taxis de la localidad había un número de teléfono donde se podía llamar. Pero ahora ya es todo más fácil. La llamada ya no tiene que pasar por ninguna centralita.

El despoblamiento de los pueblos, los piratas en el sector y la falta del traspaso de la profesión y el vehículo de padres a hijos hace que los profesionales vean peligrar su negocio

Hoy en día las licencias son municipales. Aunque la tarjeta para hacer servicio de taxi rural la otorga la administración que tiene las competencias en materia de Transportes en la región, realmente las licencias las da el Ayuntamiento de cada población. Y no se pueden transferir. Una vez que han pasado de padres a hijos ya no pueden volver a cambiar de manos.

Aunque se puede hacer de otra manera. La persona interesada podría solicitarla de nuevo pasados seis meses y a partir de ese periodo volver a trabajar.

Manolo apela a la lógica y se pregunta quién no tiene ya un vehículo en casa o quién no echa mano del vecino, aunque este no le haga un favor propiamente dicho y le tenga incluso que pagar la gasolina. Que incluso puede ser más de lo que le cuesta el servicio de taxi rural.

«Este es un servicio muy caro. Yo llevo unos 20 años haciendo servicio por plazas a Madrid y me defiendo. Me gano la vida como buenamente puedo, pero a base de hacer muchos kilómetros. Esto hace que tenga que cambiar el coche cada cuatro años, por lo que vives al día», explica Manolo.

El perfil del usuario del taxi rural es gente mayor por lo general. Y desde Zalamea suelen dirigirse a localidades cercanas como Castuera o, principalmente Don Benito, donde está el hospital y la zona de compras. También a algún organismo oficial que esté en Mérida. Pero eso dice que sucede en contadas ocasiones.

Manolo, como los demás taxistas rurales, es autónomo. Y aparte de tener el sello como gasto fijo todos los meses, está obligado a hacer una inversión continua en su vehículo para tenerlo a punto y ofrecer el mejor servicio a sus clientes: ITV, averías, rodaje, cambio de ruedas...

En Zalamea y los pueblos de alrededor no existe el problema que se da en Cáceres, donde los taxistas urbanos y los rurales de los pueblos de alrededor se acusan mutuamente de competencia desleal. Los primeros dicen de los segundos que prestan servicio y cargan en el lugar que no deben, es decir, donde ellos tienen su jurisdicción por ley.

«Yo puedo llevar a gente de Zalamea a Don Benito, a Mérida o a cualquier otro lugar y a esa misma gente son los que traigo de nuevo a su lugar de origen. Pero no puedo hacer parada en otra población que no sea la mía y no puedo cargar gente que no sea de la población donde trabajo. No debo hacerlo», explica.

Los taxistas rurales hacen un servicio público con conductor pero sin taxímetro. No hay bajada de bandera, por lo que hay un precio fijo que está estipulado por el gobierno regional. En la actualidad la tarifa es de 0,57 euros el kilómetro.

Manolo está casado y tiene cuatro hijos. Dice que gracias a que su mujer trabaja como profesora pueden tirar hacia adelante. «Aunque la situación vaya así, yo me pienso morir con el taxi. Con 52 años ya no creo que pueda ir a ningún sitio. Los que estamos ya un poco pendientes de la jubilación no nos queda otra cosa. Ya no hay ningún plan alternativo para nosotros», lamenta.

Miguel Rosario viven en Hinojosa del Valle pero trabaja como taxista rural en Ribera del Fresno.
Miguel Rosario viven en Hinojosa del Valle pero trabaja como taxista rural en Ribera del Fresno. / Brígido

«Yo no sé quién tiene la culpa, pero el taxi en los pueblos pequeños está abocado a desaparecer. Se muere. Cada vez nos lo ponen más difícil y la competencia feroz que tenemos lo tiene fácil. Hay mucho pirateo que no está vigilado y a los que somos legales son a los que más trabas nos ponen. Ese es el problema. Eso, aparte de que cada vez la gente se mueve más con sus coches».

En Ribera

Amargamente también se queja de la situación actual de los taxistas rurales Miguel Rosario Ordóñez, que desempeña esta labor en la localidad pacense de Ribera del Fresno, con 3.449 habitantes. Natural de Hinojosa del Valle, tiene 59 años y lleva 36 años dedicado a este servicio. «La situación de hace unos años, cuando no parábamos, no tiene nada que ver con la de ahora. Tenemos que tirar los precios por los suelos para poder hacer un viaje», lamenta.

Recuerda que antes desplazaba clientes a Mérida, a Badajoz y hacía servicios a personas que recibían diálisis en los distintos hospitales de la región. «Pero eso ya no lo hacemos».

Se queja de todos los gastos periódicos que tiene para mantener su vehículo a punto. «Con los precios con los que tenemos que trabajar cada vez nos cuesta más dinero cambiar de coche».

Miguel tiene un hijo pero dice que en la situación en la que actualmente se encuentra el sector, no piensa en ningún momento dejarle el taxi. «¿Cómo le voy a dejar este papel? Si estuviera bien..., pues sí. Pero este negocio desaparecerá».

Es consciente de que la gente de los pueblos se busca la vida de mil maneras para desplazarse a otros lugares. Incluso dice que las propinas que algunos vecinos dan a los que les llevan o les traen, aunque sean familiares, a veces es mayor que la tarifa del propio taxi. «Luego está el tema de los piratas. Sobre todo en lugares de fiesta, botellones... Eso también es difícil de combatir», indica.

Aunque es natural de Madrid, Víctor Manuel Valverde Pérez, de 48 años, vive desde hace 11 en la localidad cacereña de Valdefuentes (1.277 habitantes). Es donde desempeña su labor como taxista rural desde hace cinco años. Presidente del colectivo de Cáceres y Badajoz, cuenta que se enteró de que el Ayuntamiento de Valdefuentes sacó las licencias municipales y le tocó. En la actualidad los dos únicos permisos que hay en el pueblo son suyos. Y los principales servicios que hace son viajes a Cáceres para llevar a pacientes a los hospitales de la ciudad.

El despoblamiento de los pueblos, el alto índice de paro y el pirateo en el sector son los principales problemas a los que se tienen que enfrentar los taxistas rurales como Víctor Manuel. «Estamos mal nosotros y están mal los taxistas urbanos. Yo hablo por los de Cáceres, que son los que conozco».

Convivencia tranquila

Sobre la competencia desleal de las que se han acusado en alguna ocasión los unos a los otros, Víctor indica que ahora mismo hay una «convivencia tranquila».

Hay poblaciones con un gran índice de habitantes jóvenes como Malpartida de Cáceres, Casar de Cáceres, Torreorgaz o Arroyo de la Luz cuyos taxistas rurales hacen servicios cargando gente joven en estas poblaciones para llevarla a Cáceres, de donde luego también se la trae. «Algunos de los taxistas urbanos dicen que como esta gente ya está en Cáceres pues son clientes de allí. Y justifican que son ellos los que deberían hacer el servicio de llevarlos de nuevo a sus poblaciones». Ahí está la eterna discusión y el choque de competencias. «Es una situación bastante incómoda estar así», asegura.

Manolo Centeno, de Zalamea de la Serena.
Manolo Centeno, de Zalamea de la Serena. / Hoy

La asociación de Cáceres y Badajoz, que integra en la actualidad 482 vehículos, se ha unido recientemente a otro colectivo, Taxistas Agrupados Extremeños, que representa a 84 conductores y cuya vicepresidencia ocupa también Víctor. Son taxistas rurales pero a los que se les ha permitido hacer el servicio de conductores de ambulancias. «Nos hemos juntado con ellos para ver si podemos hacer mucha más fuerza».

Víctor Manuel confirma que no pierde el contacto con la Consejería de Sanidad para intentar llegar a un acuerdo para hacer de nuevo servicios sanitarios. Transportar personas que vayan a donar sangre o a recibir diálisis o terapias de rehabilitación sería otro nicho en el mercado que les interesaría cubrir para obtener un mayor margen de beneficios.

«Mi mayor logro sería conseguir, como están en tantas ciudades de España como Sevilla, Madrid, Salamanca... el área de prestación conjunta. Este es un punto al que debemos llegar tanto los taxistas urbanos como los rurales de la región. La gente a la que represento, y yo mismo, no queremos hacer servicios en ciudades como Badajoz o Cáceres. Lo que sí queremos es que a los que llevamos a Badajoz, a Cáceres o a Mérida poder llevarlos de nuevo a dónde los cogimos», señala.

En este sentido, no se achanta a la hora de aportar una idea, que puede ser bien o mal recibida por sus compañeros de las grandes ciudades. Víctor propone que los urbanos de Cáceres podrían permitir a los rurales cercanos a la ciudad que un día de la Feria de San Fernando o del Womad, y a unas horas que se acuerden, estos pudieran recoger a clientes en sus respectivas localidades y llevarlas y traerlas a Cáceres. Pero sin que eso supusiera invadir el espacio de trabajo de los taxistas de la ciudad.

Dice que todo lo que hacen siempre es por el bien del cliente. Y que el objetivo final es unirse para luchar contra un único frente, que actualmente es la competencia de las nuevas plataformas. «Ahí es donde está el verdadero enemigo», sentencia.

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