(Tardía) reivindicación del dinosaurio

Sin grandes alharacas ni homenajes, digamos sencillamente que con frecuencia se echa de menos a Ibarra en el debate público español y que toda su trayectoria le avala para reñirnos por nuestro suicida atolondramiento de tantos años, ahora que sus más sombrías profecías copan las primeras páginas de los periódicos

IGNACIO SÁNCHEZ AMOR

Por fin parece haberse asentado como opinión mayoritariamente compartida que uno de los resortes sobre los que se ha alzado el separatismo en su actual fase de desafío abierto a la legalidad democrática ha sido la abulia, la astenia y la frivolidad con la que se ha dejado crecer durante muchos años la narrativa nacionalista sin contraponer, al menos con la misma energía, un relato frontalmente opuesto. En Cataluña, desde luego, pero también en el resto de España. Y, en mi opinión, especialmente desde la izquierda, siempre presa de un complejo que tiene su origen en la Transición, cuando todos los antifranquistas aparecieron ante la naciente opinión pública como fuerzas de progreso. Y lo eran en aquel escenario, lo que no quiere decir que después todas fueran progresistas o de izquierda.

Si a ello unimos que las sucesivas geometrías parlamentarias en las Cortes otorgaban a las fuerzas nacionalistas la llave de los gobiernos o de los presupuestos, vemos cómo se va completando el mapa del desarme ideológico de los conservadores y de los socialistas frente a un nacionalismo que, durante muchos años, colaboró con la gobernación y al que, en muchas circunstancias, se podía necesitar. Obteniendo a cambio, eso sí, no sólo ventajas contantes y sonantes, sino también una especie de acuerdo tácito de no confrontación ideológica.

Y así, junto a lógicos progresos, como por ejemplo la plena normalización del catalán, aparecían las fétidas emanaciones nacionalistas como meros efectos secundarios que no había que combatir ideológicamente, como el abandono de los derechos judicialmente reconocidos a familias que habían pedido que sus hijos estudiaran en español, la paladina conversión de los medios públicos en groseros mecanismos de propaganda ideológica nacionalista, la difusión viral de recreaciones históricas fantasiosas del pasado catalán y español (hasta la bandera extremeña pretendieron haberla inventado allí), la lluvia fina del supuesto saqueo fiscal y del «España nos roba (para poner en sus aulas ordenadores que los niños catalanes no tienen)», el discurso incluso de una suerte de superioridad moral corolario de una psicología colectiva de esfuerzo y emprendimiento al parecer desconocida en otros lugares (que se derrumbó para todos cuando constatamos tras las banderas, ocultos los prosaicos fajos de billetes), la acrítica idealización de cuanto proceso secesionista se diera o intentara por el ancho mundo, desde Kosovo al Kurdistán pasando por Quebec o Crimea, o la conversión de España en el cubo de la basura sobre el que arrojar todo mal para poder creerse en un angelical y resplandeciente arcadia catalana. Alpiste ideológico hartamente conocido en Europa desde que en el Siglo XIX alguien etiquetó la esencia del nacionalismo como «el calor del establo».

Ahora parecemos más conscientes de las consecuencias de haber dejado correr esos espantajos por la plaza pública sin haber puesto la energía suficiente para desenmascararlos como lo que son, actos preparatorios del más soez ejercicio de insolidaridad genéticamente conservadora que España ha conocido desde hace décadas. Y es, por tanto, el momento de reconocer a quien no lo hizo; a quien advirtió; a quien fustigó; a quien ironizó sobre las contradicciones; a quien avisó de los riesgos del apaciguamiento y la inutilidad de las sucesivas cesiones; a quien se enfrentó a la torpeza contraproducente de los adversario y la calculada tibieza de los propios; a quien se mantuvo fiel a su concepción del mundo desde nuestro rincón modesto pero ya para siempre digno; a quien movilizó a esta sociedad para darle un papel de cancerbera de la igualdad para todos los españoles; a quien no se dejó seducir por los oropeles madrileños ni enmudecer por las alternativas lisonjas o amenazas; a quien llevó con humor las torpes y sucesivas etiquetas que por todo ello se le colgaban; a quien, en definitiva, asumió en primera persona que la batalla ideológica contra el nacionalismo era un deber cívico de cualquier demócrata decente, y más si se era de izquierdas. Y hacer todo esto sin ceder un centímetro a la tentación simétrica del añejo nacionalismo españolista de gomina y pulsera de banderita, sino hacerlo al mismo tiempo que se expropiaban marquesas españolísimas, se democratizaban los medios didácticos antes reservados a los colegios de pago, se extendían servicios sanitarios históricamente urbanos por las zonas rurales, se polemizaba agriamente con los opinadores conservadores que pretendían apropiárselo, se confrontaba con un «Madrid» tan desdeñoso como distraído y se daba dignidad y orgullo a un pueblo eternamente olvidado por las élites españolas.

Así pues, sin grandes alharacas ni homenajes, digamos sencillamente que con frecuencia se echa de menos a Ibarra en el debate público español y que toda su trayectoria le avala para reñirnos por nuestro suicida atolondramiento de tantos años, ahora que sus más sombrías profecías copan las primeras páginas de los periódicos. Y, en consecuencia, que armarse ideológicamente contra el nacionalismo es a la larga más útil que tener que tirarle el código penal a la cabeza. Y, finalmente, que toda la izquierda está convocada para esa postergada batalla.

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