Sueños, pasiones y figurillas de pasta

En un teatro de Florencia van a representar ‘Carmen’, la ópera de Bizet, con una alteración argumental: en la última escena, en lugar de ser don José quien mata a Carmen, es Carmen quien mata a don José. Según el responsable del teatro, la justificación para el cambio es que en pleno siglo XXI no es procedente recrearse en la violencia de género y aplaudir una muerte sangrienta

FRANCISCO J. VAZ LEALCatedrático de Psiquiatría. decano de la facultad de medicina de la uex

En el capítulo veintiséis de la segunda parte de ‘El Quijote’, el bueno de don Alonso Quijano la emprende a mandobles con los títeres del retablo de maese Pedro, que intenta hacerle ver angustiado que lo que está destruyendo son solamente inofensivas figurillas de pasta. Pero don Alonso vive superponiendo su mundo soñado al mundo real; por eso, cuando se arranca a cuchilladas con los títeres no pretende tanto hacer justicia cuanto acomodar el mundo externo a su delirio.

Arranco con este pasaje de ‘El Quijote’ para alertar sobre el hecho de que ciertas visiones del mundo y determinados planteamientos ideológicos pueden estar empezando a amenazar la persistencia de la ópera. Se lo decía a mi grupo de amigos de Facebook hace cosa de un año. Tal como se está poniendo el mundo –recuerdo que les decía–, cualquier día de estos nos prohíben la ópera y nos dejan la vida vacía. Lo hacía tras haber leído que un sindicato de estudiantes de la Universidad de Londres había solicitado que se sacase de los programas de filosofía a autores como Platón, Descartes o Kant por ser «blancos, racistas y colonialistas» (sic).

Contaba este diario hace unos días que en un teatro de Florencia van a representar ‘Carmen’, la ópera de Bizet, con una alteración argumental: en la última escena, en lugar de ser don José quien mata a Carmen, es Carmen quien mata a don José. Según el responsable del teatro, la justificación para el cambio es que en pleno siglo XXI no es procedente recrearse en la violencia de género y aplaudir una muerte sangrienta. Es lo que me temía: desde la visión puritana y mediocre que se va adueñando cada vez más de la cultura occidental, ‘Carmen’, como tantas otras óperas, se convierte en políticamente incorrecta, lo que obliga a modificar la forma en que se ha venido representando desde 1875, para evitar así que atente contra vaya uno a saber qué frágiles sensibilidades. Vivir para ver: ahora resulta que cada vez que he visto ‘Carmen’ no he hecho otra cosa que recrearme en un asesinato y justificar la violencia del hombre contra la mujer, aunque pueda aducir en mi descargo que la defunción de Carmen coincide con la caída del telón, que es cuando más se suele aplaudir, y que lo que yo he vitoreado ha sido el trabajo de los cantantes y los músicos, y no las partes lóbregas de la trama argumental. Hay que ser muy elemental (quiero decir simple) para ver en ‘Carmen’ exclusivamente un acto de violencia de género. Plantearlo así sienta un serio precedente, ya que establece una manera ‘correcta’ y ‘plana’ de entender un argumento basado en una obra literaria de mitad del siglo XIX, descalificando a los que no compartimos una visión tan ñoña del asunto, que seremos tachados seguramente de machistas y violentos; y, considerando de paso que don José es militar y Carmen una pobre gitana, de defensores del belicismo, pro-capitalistas y racistas.

En los orígenes de la ópera, allá en la Florencia del siglo XVI, la mayoría de los libretos partieron de historias sacadas de la mitología clásica. Un error estratégico, ya que, desde el punto de vista gazmoño de la corrección política, la mitología es poco recomendable. Los dioses y los héroes de la Antigüedad (y también las heroínas y las diosas) no se caracterizaban por la delicadeza de sus modales, su contención emocional o su respeto por las minorías. Por lo general eran caprichosos, excesivos, putañeros o pendones desorejados, según viniese al caso. Actuaban a veces de forma sublime, eso es verdad, y sobre todo luchaban, luchaban contra oráculos y oscuros presagios que pretendían imponerles un destino. Tras la mitología, otros relatos vinieron a servir de argumento, historias repletas también de amores imposibles, celos, pasiones desbocadas, sexo prohibido, intrigas, traiciones… ¡ah!, y venganza, mucha venganza. Poco importa, puestos a ser escrupulosos, que los autores de tales novelones hayan sido Shakespeare, Víctor Hugo o Goethe, por citar solo a algunos. Eran obras que describían sentimientos y conductas a menudo reprensibles y eso parece ser insoportable para muchas almas cándidas en nuestros días. Por más que sean pasiones, actos y dolores de mentirijilla y no deban ser confundidos con los que mueven y atormentan a los seres reales que pueblan el mundo real. A no ser que se tenga la cabeza tan perdida como don Alonso Quijano y se quiera gobernar el mundo poniéndole cauces a la realidad, imponiendo el pensamiento único y haciendo justicia a golpe de cuchilladas descalificadoras.

Don José es un personaje cutre. A su lado, Carmen tiene dimensiones mitológicas, defendiendo en todo momento su libertad personal, negándose a aceptar los designios de las cartas que le anuncian la muerte y desoyendo los consejos más sensatos, lo que convierte su final en mezcla de asesinato y suicidio al cincuenta por ciento. Carmen es un arquetipo y reducir la trama a una cuestión de violencia de género es como plantear que una sinfonía de Mozart no es más que una sucesión de sonidos y silencios. Por otra parte, y si enfilamos este camino, ¿qué va a pasar con Nedda, la mujer de Canio el payaso; o con Desdémona, la de Otelo; o con Marie, la de Wozzeck? Si de mí dependiera, antes que eliminar las puñaladas de Carmen de los escenarios aplicaría terapia de conducta a algunos personajes femeninos, víctimas de un ‘buenismo’ acrítico poco reconfortante, como Liú, la esclava que se suicida para salvar el amor de Calaf por la neurótica, proterva y sanguinaria Turandot; o Gilda, la hija de Rigoletto, dispuesta a inmolarse para salvar la vida del duque de Mantua, ese personajillo de medio pelo.

Y antes de bajar el telón les regalo una nota al pie esclarecedora: el responsable del Teatro di Maggio, promotor de la versión de ‘Carmen’ de la que les hablo, es experto en mercadotecnia y a día de hoy tiene todas las entradas vendidas para todas las representaciones programadas.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos