Mi suegra 'okupa'

Con esta lupa, se lee el HOY perfectamente. :: E.R./
Con esta lupa, se lee el HOY perfectamente. :: E.R.

Me han regalado un sillón reclinable, pero quien lo usa es ella

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

En 2008, pusieron a la venta el piso que quedaba justo enfrente de mi suegra: ella vive en el B y vendían el C. Mi mujer, rápida como una centella y hábil como una ardilla, vio la jugada de su vida: compraba el piso, que era agradable, amplio y luminoso, y así se venía a vivir junto a su madre. Yo entonces estaba bastante despistado pues grababa el programa 'Entre vinos' para Canal Extremadura Televisión y llevaba una vida de medio artista: hoy, en una bodega de Sierra de Gata y mañana, en otra de Puebla de Sancho Pérez, una divertida locura que me absorbía y no me dejaba tiempo para pensar en las cosas importantes de la vida: mi pareja, mi suegra, mi piso.

Mi mujer me llamaba y me contaba sus negociaciones y su búsqueda de una buena hipoteca y como ella creía verme un poco reticente a eso de irme a vivir junto a mi suegra, intentaba seducirme con propuestas variadas. Yo, la verdad, no era reticente, en realidad me daba lo mismo: si ellas querían vivir puerta con puerta, yo encantado. Lo único que pido en mi existencia doméstica es que me dejen un sitio tranquilo para escribir y leer, lo demás me importa poco.

El caso es que en casa me convencieron sin dificultad con la propuesta de derribar un tabique, unir dos dependencias y dejarme una gran habitación para mis libros, mi música, mis cosas y mi ordenador, un lugar con dos ventanales inmensos desde los que se ve Montánchez, la sierra de San Pedro y los Llanos de Cáceres, con salida a un balcón, con mucha luz y con mucha tranquilidad.

En un alto en las grabaciones vitivinícolas, mi mujer me llevó al despacho del banco que había escogido para la hipoteca, me sentó frente al director de la entidad para que constatara que había un hombre de por medio y, cuando el bancario sintió la seguridad del varón consorte, aunque estaba claro que yo no tenía ni idea de hipotecas, me puso delante unos papeles, firmé, me fui, mi mujer remató las negociaciones y hubo piso.

Me compraron una mesa grande para trabajar, un sillón finlandés muy cómodo para leer, unas librerías con puertas de cristal para guardar y proteger mis libros, me encerraron allí y se olvidaron de mí: estaba tranquilo, no protestaba y el pacto yo te pongo una habitación guay y tú pones cara de yerno feliz funcionó.

Pero las cosas han empezado a torcerse. En realidad, se han torcido completamente. Un buen día, mi suegra entró en el despacho y, con el pretexto de leer el HOY, se acomodó en el sillón finlandés y pasó allí media tarde. Debió de gustarle porque dos días después repitió la experiencia, aunque esa vez ya se trajo la lupa que utiliza para leer el periódico sin esfuerzo. Cuando la vi, resuelta, sin reparo y armada de lupa, entendí que todo había sido un chantaje vil y que mi espacio íntimo vital había dejado de ser exclusivo para empezar a ser colectivo.

A mí no me importa que mi suegra tenga llave de casa, entre cuando le parezca bien y, si me pilla en calzones, responda a mis gestos de protesta con un demoledor: «¡Para lo que hay que ver!». Pero caramba, eso de que 'okupe' mi despacho y mi sillón finlandés por las tardes pues como que no.

Y si solo fuera eso. Hace una semana, llamaron al telefonillo a la hora de la siesta. Abrí y eran los repartidores de una tienda de muebles que traían un sillón de color pardo con unos extraños botones. Cuando me quise dar cuenta, mi habitación había sido redecorada: cambio de mesa, el finlandés a una esquina y en su lugar, el sillón de color pardo, cual trono supremo de la reina de dragones. Pregunté tímidamente qué era aquello y me explicaron que era un sillón para dormir la siesta, me sentaron, le dieron a un botón, el sillón se hizo cama, me echaron una mantina encima y oye, en la gloria... Pero solo durante la siesta. Al atardecer, apareció la de la lupa y descubrí que el sillón, en verdad, no era para mí, sino para mi suegra 'okupa'. Yo creo que me engañan.

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