Mi secta y la de Puigdemont

Manifestación independentista catalana en Bruselas. :: hoy/
Manifestación independentista catalana en Bruselas. :: hoy

Por qué razón tantos catalanes sensatos asocian España con el mal

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Entiendo la obtusa manera de pensar del secesionismo dogmático catalán porque, siendo adolescente, estuve dos años en una secta. Si ustedes han pertenecido alguna vez a una secta, seguramente entenderán por qué los radicales del catalanismo independentista parecen unos iluminados a quienes no les importa que las empresas se larguen, las familias se enfrenten y Cataluña se desangre. Les da todo lo mismo porque tienen un objetivo vital único que ofusca todo lo demás: la independencia.

A la secta de la secesión le vale cualquier argumento con tal de no dar su brazo a torcer. Los españoles son franquistas, inferiores e intelectualmente incapaces para el pensamiento, la estética, la economía y el análisis político. Creen tener la razón frente a todos y ser diferentes, o sea superiores. Pero sobre todo, no dudan porque entonces podrían empezar a asomar flaquezas en sus filas y sería el principio del fin.

Una secta no piensa en el bien común, no contempla el error, no entiende de matices ni piensa en el largo plazo. Una secta lucha por un objetivo y para conseguirlo es capaz de todo: la inmolación, la destrucción, la manipulación, la mentira... Pero justificándolo todo, es decir, tras cada decisión, por muy alocada y catastrófica que sea, siempre hay un razonamiento o un sofisma bien o mal construido, pero con visos de veracidad, una explicación que justifique cada paso hacia el abismo.

Solo desde el sectarismo canónico se pueden entender los movimientos del secesionismo catalán organizado. Familias enteras viviendo por y para la independencia, niños educados en los principios del paraíso celestial catalán y el infierno destructivo español, gentes hasta hace nada sensatas y razonables asociando España y fascismo, España y robo, España y vagancia, España y atraso, España y violencia, España y el mal...

¿Cómo es posible que se haya operado este cambio en la mentalidad de tanta gente normal y corriente? La única explicación es la secta. Sí, la condición humana aferrándose a una manera de entender la realidad manipulada por las emociones antes que por las razones, manejada con la destreza de los buenos creativos de spots y bebiendo de los postulados conceptuales de Goebbels, Maquiavelo, 'El arte de la guerra' y 'Todo lo que sé de publicidad'.

A los 13 años, entré en una secta religiosa en Cáceres. Fuimos muchos los adolescentes cacereños que formamos parte de ella. Nos reclutaban en ejercicios espirituales, entrábamos en la organización para consagrar nuestras vidas a Dios, nos apartábamos completamente de los amigos, dejábamos de ir con chicas, nos comprábamos, ¡y usábamos!, un cilicio o una disciplina (látigo de cuerdas) en las Clarisas de abajo y dedicábamos las horas libres del día a rezar el Rosario, orar durante media hora, hacer 15 minutos de examen de conciencia, imponiéndonos correctivos por cada error (no pecado, error), ir a misa, hacer lectura espiritual y pasar unas horas en el 'hogar', un piso donde teníamos reuniones y preparábamos actividades.

Uno de nuestros fines era captar a otros adolescentes para la causa. Llegábamos a ellos interesándonos por sus aficiones y haciéndonos expertos en ellas para que se sintieran a gusto hablando con nosotros . Así los captábamos mejor. Cuando ya eran de la secta, empezaban a pensar como nosotros y no había quien los convenciera de que estaban destrozando su vida y convirtiéndose en jóvenes antinaturales. Si alguien razonaba contra nuestra manera de ser y pensar, caía sobre esa persona el peso insufrible de dogmas, descalificaciones y desprecios, aunque eso sí, nosotros disimulábamos nuestro supremacismo de santos in pectore.

Cada vez que veo a la Rovira con la emoción a flor de piel y la razón encorsetada o a Comín y Puigdemont convirtiendo sus mentiras en dogmas de fe, recuerdo mi adolescencia y me da miedo la capacidad de la condición humana para engendrar monstruos intelectuales a cualquier edad.

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