Mi sacrificio por Cataluña

Una diputada catalana retira las banderas de España de los escaños del PP en el Parlament. :: hoy

La solidaridad del pueblo extremeño no ha tenido límites

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

A finales de enero de 1983, en una casa de Lugo, junto a una vieja estufa, los escritores Carlos Casares (Ourense, 1941-Vigo, 2002) y Ánxel Fole (Lugo, 1903-1986) mantuvieron una conversación de más de siete horas que se convirtió en un libro: «Conversas con Ánxel Fole». En un momento de la charla, Fole confiesa a Casares: «Mire, le hablo en confianza, para mí, el galleguismo es el interés inteligente por las cosas de Galicia. Y no me gusta hablar de nacionalismo, se lo digo con sinceridad. La voz nacionalismo es uno poco peligrosa, no la buscaron bien, debieron buscar otra porque por nación se entiende algo que se hace frente a los enemigos, con guerras y batallas».

La charla es antigua y los conversadores han muerto, pero las palabras siguen vivas. Efectivamente: el nacionalismo necesita enemigos para existir y ahí radica la clave de la complejidad del problema de Cataluña, que, según Ortega, España deberá conllevar durante largo tiempo.

No estamos ante un conflicto legal ni político, sino económico en las élites y emocional en el resto. Por eso, si se negocia políticamente, acabaremos otorgando ventajas económicas, pero lo emocional seguirá vivo y enfrentado a su enemigo, España, imprescindible para avanzar, crecer y construir en negativo, a la contra, desde la alteridad: el otro, malvado y opresor, como acicate y estímulo.

Escribía el otro día Rodríguez Ibarra que durante las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco, los regímenes absolutos concedían prebendas y ventajas a Cataluña y esto se traducía en que, durante esos periodos históricos, Cataluña encabezaba el ranking de regiones más prósperas de España. En democracia, sin embargo, con menos ventajismo y en igualdad de condiciones, Cataluña pierde fuelle y pasa al cuarto o quinto lugar de regiones desarrolladas.

Así son las cosas: si te prohíben crear industrias que ya existen en Cataluña, comprar productos más baratos a industrias que no sean de Cataluña y obligan a tus cajas de ahorro a prestar a muy bajo interés a Cataluña, es natural que aquella región se desarrolle, tú te empobrezcas y emigres allí.

Pero si hay café para todos y ventajismo para nadie, nada es tan fácil y el nacionalismo recurre a señalar al enemigo y a fomentar emociones primitivas y racistas: somos mejores, nos independizamos y o estás conmigo o estás contra mí. Pues no, no te vas a independizar de mí solo porque tú lo digas, porque yo me he sacrificado para que tú crezcas y eso es la solidaridad y, también la soberanía nacional, de la que yo participo tanto como tú, que tienes tanto derecho a decidir como yo sobre Cataluña y sobre España.

María Elvira Roca Barea ha escrito «Imperiofobia y leyenda negra», otro interesante libro. Asegura que el nacionalismo no puede ser moderado ni existir en versión domesticada. Al ser una ideología tan perversa que se alimenta de generar enemigos, no le interesa la negociación porque sería su muerte. Además, son ventajistas: siempre ganan. Si imponen su criterio y aprueban el Referéndum, ganan porque ganan. Si no imponen su criterio porque lo impiden los jueces, también ganan al convertirse en víctimas: nos ofenden, nos machacan, nos quitan la libertad... Este ganar o ganar lleva a la trampa a ciertos partidos políticos que se convierten en comparsas de la perversión.

Además, el nacionalismo secuestra el territorio y con él, las emociones. Hablan de Cataluña decide, Cataluña es atacada (recuerden Pujol y Banca Catalana), cuando es mentira: ellos no son Cataluña, son sus secuestradores.

Pero todo esto da lo mismo. Se habla de negociación, pero es una falacia porque para un nacionalista, negociar es imponer, si no, no sería nacionalismo, sería catalanismo inteligente, como decía Ánxel Fole. El PP podría negociar, aunque fuera por puro oportunismo, porque es un partido, es política. Pero los nacionalistas no pueden negociar porque no pueden ceder o perderían su esencia. No son política, son economía, son emoción, son dogma.

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