Renfe no tiene la culpa

Lectores en una biblioteca extremeña. :: HOy/
Lectores en una biblioteca extremeña. :: HOy

Los extremeños somos los únicos españoles que leemos menos que en 2011

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

La mitad de los extremeños nunca lee un libro por placer. En España, según el barómetro 2017 de hábitos de lectura y compra de libros de la Federación de Gremios de Editores de España, seis de cada diez ciudadanos leen al menos un libro al año en su tiempo libre, aunque solo sea para empezarlo y dejarlo a la mitad, pero lo leen. Sin embargo, en nuestra región, redondeando, medio millón de extremeños lee por placer algún libro al año y otro medio millón pasa de leer como manera de disfrutar en el tiempo de ocio.

También en esto somos los últimos de la fila. 71 de cada 100 madrileños leen en su tiempo libre. El porcentaje va descendiendo hasta llegar a Canarias, los penúltimos, donde 56.4 de cada cien ciudadanos leen por placer. En Extremadura, solo el 52.6% leemos por gusto en nuestro tiempo libre.

Resulta curioso que las comunidades del sur, con las que solemos competir por el farolillo rojo en paro, sueldos, lectura de periódicos, acceso a Internet, etcétera, sean las regiones que más han incrementado el índice de lectura desde la última encuesta. Andalucía ha subido un 10.1%, Castilla la Mancha ha mejorado un 12.2% y Murcia, un 9.2%. Nosotros somos la única región española que lee menos en 2017 que en 2011: un -0.6%.

El dato es tremendo porque en este caso no se puede culpar a los políticos ni a Renfe. Como mucho, podemos escudarnos en una situación estructural, en siglos de abandono cultural. Pero ni eso. Hoy, nadie puede decir que desconoce la importancia de la cultura y, por tanto, de la lectura, para el desarrollo personal y colectivo. No leemos porque no queremos. Somos culpables de nuestra propia mala formación, de nuestra propia incultura y, por lo tanto, de nuestras carencias para competir y crecer.

En Extremadura, hay planes para la lectura, tenemos una media muy alta de bibliotecas y, además, las valoramos con un notable alto (8), pero no leemos. De hecho, desde hace unos años, la percepción del libro como un síntoma de cultura, incluso de elegancia (recuerden que hasta se compraban por metros para decorar las estanterías) ha dado paso a una concepción del libro como un estorbo. Las visitas descubren una habitación con 3.000 libros y, en vez de provocar admiración y respeto, provocan exclamaciones de espanto: «¡Madre mía, para limpiar todo eso... Anda que no saldrán caras las mudanzas!»

De todas maneras, ¿cómo es posible que leamos tan poco si la mitad de los peatones va leyendo por la calle? De acuerdo, leen los wasaps. Pero digo yo que si se entretienen con la simpleza de un wasap, donde la mitad de lo escrito son jejés y jajás, ¿cómo no se van a divertir con una buena novela? Llegados a este punto, pueden ustedes reírse de mí por iluso y por no enterarme de la verdad de la vida.

Llevo 37 años intentando no que mis alumnos lean, sino que disfruten con la lectura y lleguen a través de ella a la cultura, que ya saben que es lo que queda tras leer 100 libros y haberlos olvidado por completo. He recurrido a todos los trucos posibles: obras divertidas, temas juveniles, obras clásicas, temas que hagan pensar, textos que muevan a la risa, al miedo, a la emoción, al amor... Miles de profesores buscando desesperadamente la manera de que nuestros alumnos se entusiasmen con los libros.

Y no lo hacemos por santidad, ni siquiera por compromiso. Lo hacemos porque sabemos lo feliz que se puede llegar a ser con un libro, cómo te llegas a conocer y a conocer a los demás, cómo mejora tu ánimo, tu visión de la realidad... Ven, me desespero razonando porque es imposible explicar el placer de leer como es imposible explicar el amor. Hay que probarlo y solo quien lo prueba, lo entiende y lo disfruta. Lo grave del caso es que la mitad de los extremeños no lee y sin libros, ni hay cultura ni hay desarrollo por mucho que vengan el AVE, la azucarera y el vuelo a Miami.

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