Rectores y rectoras

En el caso de que una mujer gane las elecciones al Rectorado de la UEx no será por ser mujer, sino por cumplir los requisitos para presentarse –ser catedrática de Universidad y tener la voluntad de ser rectora– y también por haber obtenido los votos suficientes

BEATRIZ MUÑOZ GONZÁLEZProfesora de Sociología de la UEx

Hace ya algunas semanas que supimos que una mujer concurrirá a las próximas elecciones al rectorado de la UEx. Desconozco el impacto que la noticia ha tenido en la comunidad universitaria, si hay una opinión mayoritaria –y cuál es– o si está dividida, pero desde que se supo la nueva he escuchado algunas cosas que me han animado a escribir estas líneas sin más pretensión que la de clarificarlas, pues forman parte del glosario de lugares comunes empleados en diferentes ámbitos masculinizados cada vez que una mujer decide intentar acceder a ellos.

Créanme cuando les digo que este artículo no es una defensa, panegírico a la candidata; a estas alturas de la vida una lleva en su mochila un número suficiente de decepciones y frustraciones que obligan a la cautela y a mirar la cantidad de agua que hay en la piscina antes de tirarse.

Como apuntaba, ignoro el impacto que la noticia ha tenido en la universidad y las posibles posiciones existentes ante la decisión de una mujer que quiere ser rectora de la Universidad de Extremadura, pero entre los 'contrarios' –o 'escépticos'– he escuchado dos argumentos que habría que evitar por dignidad intelectual y porque rezuman machismo. Habrá quien diga que 'machismo blandito', pero machismo al fin y al cabo.

El primero de ellos se resume en la frase «¡a ver si va a ganar por ser mujer!». Pues no, en el caso de que ganara no lo haría por ser mujer, lo haría por cumplir los requisitos para presentarse –ser catedrática de Universidad y tener la voluntad de ser rectora– y por obtener los votos suficientes.

Al reunir el requisito de ser catedrática se iguala a sus compañeros en cuanto a méritos y quien salga elegido o elegida será rector o rectora por haber obtenido la mayoría de los votos en un sistema electoral universitario que, todo sea dicho, pondera el voto por estamentos.

La realidad es que detrás de la expresión «¡a ver si va a ganar por ser mujer!» se encuentra un planteamiento que distingue entre criterios válidos y no válidos que motivan el voto.

Personalmente encontraría igual de respetable y lícito que alguien eligiera en función de la experiencia gestora de los candidatos, y optara por quién tenga más experiencia; que eligiera en función del carácter multidisciplinar de una candidatura, y votara por el candidato cuyo equipo incluyese mayor diversidad de departamentos o áreas de conocimiento; que eligiera porque le dan miedo los cambios, y optara por la candidatura más conservadora o menos rupturista.

En fin, que vote una candidatura porque está encabezada por una mujer. No encuentro razones para esta especie de 'despotismo ilustrado' que cuestiona la legitimidad de los criterios para elegir y los estratifica y jerarquiza, despreciando unos y validando otros.

El segundo de los argumentos escuchados se resume en la frase: «¡claro, usará la igualdad para ganar!». Su variante dice «se apunta a la moda de la igualdad para ganar». ¿Se imaginan que le recrimináramos a Rosa Parks su defensa de la población afroamericana?

Sorprende que haya quien a su vez se sorprenda o se escandalice –hipócritamente– por el hecho de que personas pertenecientes a un grupo vulnerable o discriminado construyan su identidad y discurso político en torno a esa dinámica de estratificación que define su subalternidad o vulnerabilidad.

Que una mujer privilegie la igualdad en su programa electoral y en su discurso no debería extrañar, y mucho menos ser criticado. Nada ha impedido a ningún candidato anterior de ningún rectorado asumir las reivindicaciones de la igualdad y hacer bandera de ello, y nadie tiene el monopolio para su asunción.

Lo criticable es que no se haya hecho hasta ahora. Creo que la realidad cambiante está pillando con el pie cambiado a más de uno y que, en algunos temas, vamos además un paso por detrás de la sociedad.

Quizá habría que evitar que 'argumentos' como los que he presentado se repitan como un mantra y sean escuchados acríticamente por una comunidad universitaria a la que se nos debe exigir cierto rigor en el razonamiento.

Acontecimientos recientes como los de la Universidad Rey Juan Carlos nos obligan a ello, a abrir ventanas y a tener un debate en estas próximas elecciones que esté a la altura de una institución cuya función social es generar y transmitir conocimiento y reflexión.

No confundamos a la ciudadanía diciendo cosas raras y no nos confundamos nosotros con el ruido.

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