Recordando a Pedro de Lorenzo

Destacó por ser el último gran orador español y un articulistade primera línea, con una prosa enjoyada y preciosista,minoritaria y exigente con el lector. Su extremeñismo es lírico, no reivindicativo, no castizo ni vulgar

CARLOS ANDRADA DE LORENZOProfesor de Lengua y Literatura en un Instituto de Puertollano (Ciudad Real) y nieto del escritor y periodista extremeño

Con estas líneas quisiera contribuir a recordar al escritor y periodista extremeño Pedro de Lorenzo. Nacido hace cien años, el 7 de agosto de 1917, en Casas de don Antonio (Cáceres). Fue abogado, brillante orador y articulista de fino y esmerado estilo, tal vez su principal contribución al panorama cultural y literario de la centuria anterior. Porque en un tiempo en que el «realismo» y la literatura comprometida y de denuncia, y el estilo chirle, pedestre y chabacano han sido exaltados como gran virtud –«escribo como escupo», dijo un importante poeta español de los años 40 y 50–, Pedro de Lorenzo destacó por ser –con José María Pemán– el último gran orador español y un articulista de primera línea, con una prosa enjoyada y preciosista, minoritaria y exigente con el lector.

No ha tenido suerte en España lo que se da en llamar «saber escribir». Injustamente olvidados han quedado prosistas como Azorín y Gabriel Miró –modelos de Pedro de Lorenzo–; pero también Casona, Fernández Flórez, Jarnés, Valera y tantos escritores de prosa límpida y elegante.

El caso de Pedro de Lorenzo no ha sido una excepción. Publicó sus artículos en la prensa de entonces: ‘Pueblo’, ‘Arriba’ –cuyo suplemento literario ‘Las páginas literarias’ llegó a dirigir–, y a partir de los años 60, en ‘Blanco y Negro’ y ‘ABC’. Pedro de Lorenzo formó aleación con el periodismo a lo largo de toda su vida. Dirigió ‘El Diario Vasco’, dio clases en la Escuela Oficial de Periodismo y llegó a ser director adjunto de ABC a principios de los 70. Recibió innumerables premios por su dedicación y buen hacer en este género, lo que recogió en su libro ‘La medalla de papel’.

Como orador fue célebre por sus conferencias y mantenedor de juegos florales en numerosos puntos de la geografía española, especialmente en su tierra, Extremadura, por la que sintió un vivo amor hasta su muerte en 2000.

Multitud de escritores extremeños y paisajes de Extremadura refulgen en las páginas de sus libros ‘Extremadura, la fantasía heroica’ o ‘Capítulos de la insistencia’. Su extremeñismo es lírico, no reivindicativo, no castizo ni vulgar. Y este compromiso con su tierra le llevó a paticipar activamente en la creación de la Real Academia de Extremadura, con la que trató de contribuir a la divulgación cultural en la comunidad extremeña tan venerada por él. Como escritor, fundó en los años 40 el movimiento de poetas conocido como «Juventud Creadora»(García Nieto, Garcés, Jesús Revuelta, Francisco Loredo, Morales, Eusebio García Luengo y otros) y la primera revista poética de la posguerra española, ‘Garcilaso’, que vio la luz en 1943 y se publicó hasta 1946. Luego pasaría a ser dirigida por su amigo José García Nieto.

Otro de los ‘amores’ de Pedro de Lorenzo fue Cuenca, a quien dedicó un estupendo libro: ‘Relicario de Cuenca’. Igualmente importantes fueron sus ensayos ‘Elogio de la retórica’ y ‘El libro del político’.

La faceta novelística viene marcada por una novela temprana ‘La quinta soledad’, y las siete novelas llamadas por su autor ‘Los descontentos’, protagonizadas por un ‘alter ego’ del escritor llamado Alonso Mora. Con una de ellas, ‘Gran café’, llegó a ser finalista del Planeta en 1974. De lectura difícil y enriquecedora por su cuidadísimo estilo y dominio léxico, son siete exponentes de la soledad y el desarraigo del protagonista. Cada una de las novelas, además, está compuesta utilizando una técnica narrativa diferente: unos cuadernos, un diálogo en una jornada en plena contienda, una relación de episodios sobre la cuarentena franquista en clave, un monólogo en un café de Cáceres, una narración alternando perspectivas según sean los capítulos pares o impares... En todas ellas, los lugares y el paisaje son también en el fondo un ‘alter ego’ de su tierra Extremadura: su pueblo natal, Valencia de Alcántara o Cáceres. Una Extremadura que también está presente en el resto de sus obras, como ‘Fantasía en la plazuela’, ‘Despedida por extremeñas’, ‘Siete alardes al asedio de Extremadura’, ‘Redoble para Extremadura’ o ‘Y al oeste, Portugal’.

Como botón de muestra cito este bello párrafo de ‘Fantasía en la plazuela’: «Apenas que las cigüeñas volvieron a su antaño, y los blancos recortes garabatean en el azul, sobre los tejadillos de la torre. Mis tierras, duras y calientes, componen recio paisaje ancho, fecundo. Encinares de apretada umbría; alcornoques desollados, de troncos de arcilla, rojos, porosos; y caminos calcáreos, que se alargan, ahilándose, como rayos de la gran rueda del horizonte. Espinos, campanitas, setos de ortigas y de zarzales. Y de pronto, en uno de estos solitarios caminos, un árbol roto, rebañado, un árbol seco; ni siquiera un árbol…» (pág. 31, edición 1974)..

Pedro de Lorenzo gozó en vida –al revés de lo que suele ocurrir– del reconocimiento que mereció, en contraste con el silencio –no exento de rencor y motivaciones extraliterarias– sufrido en estos últimos años. Como ejemplo fue nombrado ‘Cronista general de los ríos de España’, por uno de sus más divulgados ensayos: ‘Viaje de los ríos de España’ (1968) que, con su adaptación a la televisión, constituyó un precedente, no igualado, de los viajes por España que le siguieron en ese medio.

Sería injusto olvidar en este artículo a la mujer del escritor y compañera de toda la vida, la maestra y escritora Francis de la Asunción, a quien tanto debió Pedro de Lorenzo.

En este año de centenarios creo que es un deber de «memoria histórica» –término tan actual– y un placer reconfortante volver a leer la prosa lírica y selecta de Pedro de Lorenzo, algo que afortunadamente hoy podemos hacer gracias a las redes sociales y a Internet. Termino con el lema con que nuestro recordado autor quiso ser conocido y honrado en vida y en muerte: «Amó a su tierra. Escribió las memorias de sus muertos».

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