Pichorras y furanchos

Pichorra, boiga o bodega de vino tradicional de San Martín de Trevejo. :: E.R.
Pichorra, boiga o bodega de vino tradicional de San Martín de Trevejo. :: E.R.

En San Martín de Trevejo, una rama de hiedra anunciaba las boigas

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

En muchas fachadas de San Martín de Trevejo, colgaba no hace mucho una rama de hiedra para avisar de que se vendía vino. En el interior de la boiga o bodega, las pichorras atesoraban un pitarra delicioso, que daba gusto beber con un poco de queso y chorizo y pan del pueblo. Pero esta tradición se ha perdido, aunque Máximo, alcalde de San Martín durante muchos años, decidió abrir su bodega doméstica el 11 del 11 de 1981, invitar a vino y comida a quien quisiera entrar y así nació la famosa fiesta de las pichorras de San Martín de los Viñus, nombre antiguo y tradicional de San Martín de Trevejo.

En muchas fachadas de las aldeas gallegas, una rama de laurel avisa de que tienen vino, aunque allí la tradición no se ha perdido y la rama de loureiro (laurel) sigue anunciando en O Salnés, en O Rosal y hasta en la zona de la Costa da Morte que hay vino casero y no solo eso, sino que lo sirven con comida típica, en las habitaciones de las casas o en el patio, bajo la parra. Esas casas gallegas con bodega, loureiro en la puerta y comida casera reciben el nombre de furanchos y se han convertido en uno de los atractivos turísticos más importantes de la región. Tanto que hay hasta una web, furanchos.com, donde el interesado puede buscar dónde pasar un buen rato.

Uno se pregunta si no se podrían convertir las boigas de la Sierra de Gata en algo parecido a estos furanchos de Galicia. Hemos visitado boigas preciosas como la de Chencho y Argimiro, en Robledillo de Gata, que nos dieron a probar su vino nuevo en una bodega subterránea con 500 años de historia y origen franciscano. Estas boigas o bodegas abundan en los pueblos de la sierra cacereña, aunque donde más hay es en San Martín: allí, la puerta más grande de las casas no es la de la cochera, sino la de la boiga.

En la fiesta del 11 de noviembre, día de San Martín, suelen participar 20 boigas particulares y tradicionales. De media, abren tres pichorras de 22 litros, unos 1.300 litros de vino de pitarra se beben ese día. Boigas de Ángel González, que antes fuera de doña Bernarda, de Tinín, de Celedonio, en el bajo, sin grandes oscilaciones de temperatura, con paredes gruesas de piedra, grandes tinajas, los embutidos colgando del techo y los quesos esperando en las fresqueras.

En San Martín, había un restaurante llamado Boiga das Cumias, que ya cerró, pero no se trata de eso, sino de convertir boigas y pichorras, a partir de noviembre y hasta que el vino se acabe, en casas de comidas caseras al estilo de los furanchos gallegos. Sería una manera de atraer turismo y de complementar la economía familiar de los bodegueros que tengan interés en la iniciativa.

En Galicia, los furanchos son un éxito. Este verano he comido y cenado en varios: vino servido en jarras de loza blanca y bebido en tazas típicas también blancas. De comer: zorza (prueba), richada (ternera frita con patatas y pimientos), pulpo, pimientos de Herbón, tortilla de patata, jamón asado, chipirones, empanada, callos con garbanzos, platos tradicionales y buen precio. Están llenos y conviene reservar mesa.

Desconozco la ley que ampara los furanchos, pero no supe de protestas de hosteleros, salvo si el local seguía sirviendo comida y bebida después de acabar su sobrante de vino y se convertía en competencia desleal. Pero lo normal es que cierren al acabar el vino del año, al final del verano, llegando la vendimia.

Sería bonito recuperar las ramas de hiedra en la puerta y servir buen vino de pitarra y comida tradicional. Las boigas o pichorras do viñu se convertirían en un atractivo formidable de la Sierra de Gata.

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