Contra los petardos

Artículos de pirotecnia en una tienda de Badajoz. :: HOY/
Artículos de pirotecnia en una tienda de Badajoz. :: HOY

National Geographic ofreció en Nochevieja un programa anti ruidos

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Mi mujer anda de médicos por culpa de un petardo. Para una madre que durante años vio como su niño se despertaba y lloraba cada vez que sonaba un estampido, los petardos son un infierno, cosa del demonio. En Galicia, donde vivíamos cuando nuestro hijo era un bebé, los petardos y las bombas se tiraban para todo. Si había boda, bautizo o comunión, una veintena de bombas servía para anunciar la celebración. Cuando llegaba un grupo de teatro a un pueblo, una docena de cohetes estallaba para avisar a la población de la representación. Si marcaba gol el equipo local, bomba. Si empezaba la misa mayor, bomba, no fuera a ser que con las campanas no bastara. Si llegaba el vendedor ambulante, si pasaba la charanga, si ganaba las elecciones el PP, el PSOE, el PCE o el BNG, si salía la procesión, si entraba la procesión, si pasaba la procesión... ¡Bomba, bomba y bomba!

Aunque lo peor eran las fiestas. En Galicia, hay 30.675 núcleos de población, el 40% de las 78.111 que hay en España. No en todos, pero sí en la mayoría, pongamos en 25.000, se celebran fiestas mayores con su misa, su ofrenda al santo, su pasacalles, sus cabezudos, su merienda popular y su verbena. Pues bien, cada uno de estos actos se anunciaba con bombas de palenque.

Ahora, pónganse ustedes en el lugar de una madre con un bebé de cuatro meses. Ha conseguido que se duerma tras tomar el biberón, descansa plácidamente leyendo un libro y, de pronto, suenan explosiones inesperadas, el niño empieza a berrear asustado y ya no hay manera de que se duerma. Y cuando, agotado, empieza a dormitar de nuevo, desde otra esquina de la ciudad llega el fragor de más cohetes y otra vez a llorar. Y así durante toda la infancia. Con el agravante de que en Galicia, una aldea no es mejor que otra por su desarrollo, sino por los decibelios de sus cohetes.

Descrito el contexto de una madre traumatizada por bombas, cohetes y voladores, imagínensela pasando por una calle cacereña un día de Navidad, sintiendo el fragor desmesurado de un petardo a sus pies y, tras el respingo, comenzar a sentir en su oído ruidos extraños, zumbidos incesantes, bloqueo, congestión y taponamiento. Pasan los días y ese oído sigue siendo un mundo aparte, un universo de disonancias y desacordes. El diagnóstico médico avisa de una posible pérdida de audición, imperceptible, pero pérdida al fin y al cabo. Y así se cierra el círculo infernal del petardeo.

Si les cuento este caso familiar, es para utilizarlo como trampolín hacia lo global. Los petardos están prohibidos por las ordenanzas municipales de la mayor parte de los ayuntamientos extremeños, sin embargo, siguen lanzándose como si fueran una gracia inevitable. ¿Si en Navidad nos besamos mucho, nos regalamos a todas horas y nos deseamos felices fiestas y próspero año nuevo, cómo no nos vamos a tirar petardos los unos a los otros?

Para todo hay estudios científicos. Para el petardeo, también. Según esas investigaciones, los principales afectados por el lanzamiento de petardos son los niños y los perros, que sufren un grave estrés por culpa de las explosiones. El estudio no habla de las madres traumatizadas, pero podría investigar también esos casos. Contaba HOY, el viernes pasado, que la cadena de televisión National Geographic había preparado una programación especial en Nochevieja anti petardos a base de imágenes de naturaleza y música clásica para relajar a perros, niños (y madres). Empezó a las 23.50 horas del 31 y acabó a las 00.30 horas del 1 de enero. Es en ese tramo horario cuando más petardos estallan. Mi mujer vio el programa perfectamente, pero lo escuchó como pudo.

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