'La peste' descartó Cáceres

Luminosa plaza Mayor de Garrovillas. :: HOY/
Luminosa plaza Mayor de Garrovillas. :: HOY

La luz de plazas y adarves extremeños no casa con su estética

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

El viernes pasado vi 'La peste' y por la noche tuve pesadillas. Como cuando era niño y veía películas de miedo, tuve un sueño turbulento, inquietante, angustioso... Se me aparecían semblantes tumefactos, muertos con la piel llena de llagas, callejones oscuros por los que deambulaban cadáveres inminentes y ratas infectadas. Me despertaba con ansiedad y volvía a dormirme, pero la pesadilla retornaba y las imágenes vistas en la televisión me asediaban desde la almohada, bajo el edredón, sobre el colchón...

'La peste' es una gran producción televisiva que te atrapa sin misericordia ni descanso. Te agarra visceralmente y te tiene en vilo durante sucesivas etapas de 50 minutos. Está rodada en palacios oscuros y tenebrosos donde la luz de velas y velones crea sombras y sugiere apariciones. Cuando sale de los palacios a las calles, es peor porque los personajes se mueven por callejones estrechos y apestosos llenos de gente fea que tapona las esquinas y los cruces comprando, vendiendo, engañando y acechando.

La mayor parte de las escenas suceden de noche, en un ambiente de prostitución ejercida en los recodos, niños que sobreviven robando y enfermos que agonizan sedientos, hambrientos, doloridos... Es la Sevilla del siglo XVI, la gran metrópoli, la Nueva York de 1600, desde donde se manejaba la economía mundial, fluctuante según llegaran o no los barcos cargados de riqueza de las Indias.

Es una Sevilla en la que el lujo se muestra en su faceta más sórdida y los ricos aparecen retratados en su miseria moral. Una Sevilla de la que se realza la pobreza de las gentes humildes, el sufrimiento y las carencias tremendas de miles de soñadores que llegaban a la capital del mundo con la ilusión de emigrar a América y cambiar de vida y de fortuna. Sin embargo, la realidad que les esperaba era el chabolismo, el hacinamiento, el hambre, la necesidad, la enfermedad y la muerte en forma de peste o de cualquier otra epidemia que acababa con sus ilusiones y los devolvía a la cruel realidad de una tierra sin paraíso aquí y ahora.

La serie es muy buena y la estoy viendo a cuentagotas para no acabarla enseguida. La dejo para la hora maldita, entre las siete y las nueve de la tarde, ese rato en el que parece que la vida no vale nada, el hastío lo es todo y la dicha, una quimera. Ya saben que esas sensaciones desalentadoras desaparecen a la hora de cenar. Así que durante la hora angustiosa, veo un capítulo de 'La peste' y se acabó la ansiedad sin sentido.

En esta atmósfera obsesiva sin descanso, sin que el director haga ninguna concesión al relax, la risa ni la complacencia, aferrado fotograma a fotograma a una estética oscura, tétrica, en sombra y desasosegante, la claridad blanca de la plaza de Garrovillas no tiene sitio. Es verdad que, a veces, aparece el Guadalquivir y la luz se impone al claroscuro, pero suelen ser escenas con hallazgos de cadáveres o con escalofriantes momentos en los que un muchacho va a quebrar la pierna de una niña con una piedra o amenaza con ahogar a un bebé.

En los extras previos al estreno, se pudieron ver unos vídeos de promoción en los que el equipo pasea por la plaza Mayor garrovillana, tan bella, tan blanca, tan luminosa que quebraría la estética obsesiva de 'La peste'. En otro vídeo, aparece una sala donde trabaja el equipo de búsqueda de escenarios exteriores. En las paredes, cartulinas donde aparecen pegadas fotos de posibles escenarios. En una de ellas, se lee la palabra Extremadura y se ven varias fotos. Una es el adarve de Cáceres en su confluencia con el Arco de la Estrella. También es demasiado luminoso, poco opresivo, nada proclive a pesadillas. Descartadas Cáceres y Garrovillas, 'La peste' solo se ha rodado en el castillo de Trujillo, cuyas murallas hacen de cerca defensiva sevillana, opresiva, cerrando la ciudad por decreto para evitar que salga la peste y se propague. Una gran producción, en fin, que ha descartado la luz y la sensación de libertad de los exteriores extremeños.

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