Permanencia del Temple en Xerez

La memoria ha vuelto a recebarse este veranocon la puesta en escena de un festival quedesde el año 2004 se viene representando

FELICIANO CORREA

EN cierta ocasión el filósofo Julián Marías visitaba la India, en Agra, en el Taj Mahal; un señor, acompañado de su mujer y una hija, y le pidió a Marías que le hiciera una foto. Su ocasional acompañante le preguntó ¿de dónde es usted? Y al responderle que era español aquel hombre exclamó: ¡Oh España… Don Quijote! Lo que hace concluir al ilustre discípulo de Ortega al referirse al hecho en su obra ‘Cervantes, clave española’, que nuestra nación podría existir sin Cervantes pero, una vez instalado el quijotismo en el universo conceptual de lo que es España, la figura del ingenioso hidalgo está indisolublemente cosida a lo español.

También en Extremadura hay algunas vinculaciones que yacen en el imaginario colectivo amarradas a algunos lugares. Así, los romanos a Mérida; los moros a Badajoz; los moriscos a Hornachos; lo monumental y señorial a Cáceres; los alumbrados a Llerena y, sin duda, los Templarios a Jerez de los Caballeros.

Esta asignación del Temple a la ciudad de las altas torres no es en modo alguno caprichosa, pues hay sólido soporte documental y respaldo de especialistas para apuntalar la realidad de tal hecho. En efecto, los hijos ideológicos de San Bernardo de Claraval tras el concilio de Troyes (1128), bajaron luego con Alfonso IX y se asentaron con autoridad y clara jerarquía en ese lugar de la Baja Extremadura hacia 1230. El profesor Gonzalo Martínez Díez en su reputada obra sobre ‘Los Templarios en los reinos de España’, sostiene con contundencia la importancia que la orden le confirió a la entonces villa de Xerez, al afirmar: «En 1310 había ahí casi tres mil kilómetros cuadrados subordinados a los poderes señoriales del Temple… la mayor parte de ese extenso territorio dependía de la encomienda de Jerez de los Caballeros, a la que muy bien podemos calificar como la más importante encomienda del Temple en la Corona de Castilla». Tal aseveración y el hecho de que se hubiera celebrado en el año 1272 un concilio en la localidad jerezana, con otros catorce principales templarios, para delimitar el término de Valencia del Ventoso, y con la asistencia de frey Paz Gómez, que se titulaba como Comendador de Xerez y de Castilbrando (este último enclave no castellano sino portugués), refleja claramente no solo la importancia del lugar elegido sino también el carácter supranacional de la Orden y su categoría como lobby medieval por encima de fronteras y reinos. Muchos otros episodios y apuntes en las crónicas reales nos dan testimonio sobresaliente de Xerez, como la afirmación de Pedro Rodríguez Campomanes, ministro ilustrado de Carlos III, en su obra de 1747 sobre esta Orden de Caballería, donde afirma que Jerez fue la capital del Temple en todo el reino de León.

Los renglones de HOY se quedan chicos para albergar tanta historia, que en parte intenté recoger en mi libro ‘Territorio Templario’. Pero es hermoso que en el siglo XXI, como reflejo todavía de aquella grandeza que sobredimensiona lo regional para alcanzar curiosidad universal, se recuerde la importantísima peripecia templaria en ese enclave de nuestra región. Así quedó también evidenciado en el Congreso Internacional Templario celebrado en la ciudad en 2001.

La memoria ha vuelto a recebarse este verano con la puesta en escena de un festival que desde el año 2004 se viene representando. Inaugurado entonces de la mano del profesor y concejal de cultura Rafael Morales durante el mandato del alcalde Carlos Angulo, fue un gran acierto. La obra ‘El último templario de Xerez’ a la que hemos asistido, cuenta el final de la Orden y la ejecución sangrienta de los últimos caballeros jerezanos. Cooperé con un texto histórico sobre el cual trabajaron los autores del guion, José Márquez y Nuria Pérez Mezquita. Ellos han vuelto a recrear, sobre el bello e inexpugnable lienzo murado de la fortaleza, el aniquilamiento contra aquellos monjes soldados que alcanzaron más poder que los reyes en la Europa de su tiempo.

Y ahí, en ese suelo donde han de sumarse las leyendas a los renglones añejados de los hechos, emergía el deleite del público. Si bien, he de decirlo, en el texto representado se pone énfasis excesivo en la mezquindad de los cristianos al someter a los moros, debido a que en estos tiempos es toda una pose ejercer la cristianofobia para aparecer como progresistas. Se olvida que los sucesos son sombra indisociable de su tiempo. Ver el ayer con el buenismo complaciente de estos días, es distorsionar aquella realidad. Porque el sacrificio de los reyes cristianos, su esfuerzo y su entrega, su sentido del honor, su compromiso leal con el juramento dado, respondía a una fe por la que vivían y morían. Las brutalidades de unos y otros, entre la media luna y la cruz, fueron connaturales a la furia con que los humanos actúan en tiempos de refriegas.

Los protagonistas han sido los propios jerezanos, que con una aplicación ejemplar parecen verdaderos profesionales que saben meternos por completo en la trama argumental. Con el apoyo del Ayuntamiento que preside Virginia Borrallo, la concejala de cultura, Mariángeles Sánchez, suma grandeza escénica como actriz en su papel de Yunia, animando con su ejemplo a los intérpretes.

Muchos pueblos podemos enseñar el pasado porque los monumentos son testigos. Pero ese ayer necesita cuidados. La Torre Sangrienta, bastión defensivo, núcleo argumental del festival y logotipo heroico de la ciudad, se desmorona. Sus piedras, que sobreviven como huellas dactilares de un tiempo fenecido, se caen. Los sillares aparecen como dentadura cuarteada. La administración regional debe apuntalar la historia hecha torre. Tras siete largos siglos erguida, no podemos consentir su degradación, pues pasaríamos a las páginas tristes de los libros. Es urgente atenderla. Ya se ha presentado el expediente para declarar, y con toda razón, Fiesta de Interés Turístico este Festival Templario, que por su trayectoria nos felicitamos, pero sería abandonar los principal si no atendemos al mantenimiento de tan colosal obra del medievo.

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