Qué pena no tener pelo

Interior de una peluquería sofisticada de Cáceres. :: hoy
Interior de una peluquería sofisticada de Cáceres. :: hoy

En las peluquerías de caballero te hacen de todo por 19 euros

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Nunca me preocupó demasiado quedarme calvo. Lo asumí siendo muy joven. Con 15 años, ya perdía pelo generosamente y mi madre me llevó a Flori, su peluquera en la Madrila Alta, para que me analizara el cuero cabelludo y me recetera algún ungüento eficaz. Flori me entregó dos botes. Uno contenía una loción que fortalecería la raíz del cabello y el otro, una crema que lo haría más resistente.

Aquello era un rollo. Servidor estudiaba interno y debía dedicar cada mañana diez minutos a masajear mi cabeza con aquellos líquidos espesos. No hace falta que les detalle el pitorreo que se formaba en los baños colectivos cuando me veían masajearme la cococorota. Aunque lo peor es que llegaba tarde a desayunar y me quedaba sin galletas.

El caso es que tuve que escoger entre desayunar y ser respetado o quedarme calvo. Evidentemente, opté por la calvicie y no me arrepiento, aunque Flori y mi madre, las pobres, se llevaron un disgusto tremendo. Mi pelo se había convertido en su empeño particular y mi decisión las lanzaba de bruces al fracaso.

Durante años, visité la peluquería de Abdón, en la cacereña avenida de Portugal. Si Flori era como una segunda madre para mí, Abdón ejercía de padre bis. Se interesaba vivamente por mis aficiones, por mis estudios, por mis intentos de tener novia y siempre me daba consejos de hombre cabal, que no recuerdo si los seguía o no, pero me reconfortaban mucho.

Me gustaba mucho ir a la peluquería, que me lavaran la cabeza, que me masajearan con cualquier mejunje, leer los periódicos mientras esperaba. Disfrutaba tanto que permitía que se colaran otros clientes para alargar mi estancia en el salón de Abdón. Luego estaba el encanto del sillón del peluquero, el olor a Floïd, las navajas barberas afilándose, las nubes de polvos talcos...

Las peluquerías son muy noveleras y muy cinematográficas. En las películas americanas de gánsteres y de vidas ejemplares, suele aparecer al principio una peluquería donde el hombre bueno hecho a sí mismo empieza a trabajar de aprendiz y el malo es ametrallado por otros malvados mientras dormita embadurnado de espuma de afeitar.

El día que descubrí la comodidad de afeitarme cada mañana la cabeza fue un poco triste porque también supe que ya no visitaría nunca más la peluquería de Abdón. Coincidió mi coco liso con los primeros intentos de sofisticación en las peluquerías de caballero, a las que ya no ibas solo a pelarte, sino también a que te agasajaran con un cafelito, a que te endulzaran el día con caramelos, a ver la televisión y a salir de allí oliendo a perfumes primorosos y a lociones orientales. Todo un lujo.

Y así llegamos a la actualidad, cuando aquellas salitas pequeñas con sillas sencillas de escay, mesa baja de formica y alicatado hasta el techo se han convertido en naves intergalácticas. ¡Qué pena me da no ir a la pelu por no tener pelo! Paso por las calles peatonales de Cáceres y me quedo patidifuso admirando esos palacios de metacrilato, acero y mármol negro llamados «hair», donde peluqueras y peluqueros esbeltos y pizpiretos te hacen de todo. El otro día, un amigo, joven y con pelo, entró en una pelu 'cool' a las seis de la tarde y salió a las diez de la noche. Le cortaron el pelo, le afeitaron la barba, le masajearon la cabeza completa, le hicieron la manicura, le permitieron elegir su lista favorita de Spotify, le regalaron el wi-fi, le dieron café a las seis y merienda a las ocho. Todo ello por 19 euros. Me da pena no tener pelo, pero más pena me da no tener a Abdón para comentar estas novedades peluqueras. Seguro que nos echábamos unas risas.

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