Pasado y futuro ¿de la mano?

Los pensionistas ya mandaron al Gobierno el primer avisoel pasado uno de marzo, echándose a la calle. La manifestaciónen Madrid fue de las que hacen historia: por primera vez consiguieron rodear el Congreso de los Diputados

TERESIANO RODRÍGUEZ NÚÑEZ

El pasado 1 de marzo se hacía realidad una promesa que no parece sino que fuera a poner fin a todas las carencias que padece Extremadura en el tema de comunicaciones: la reinauguración de un tren Talgo Badajoz-Madrid, que ya estuvo en servicio hace años. Tras ese viaje ¿inicial?, varios medios de comunicación de la región se acercaron a recoger la opinión de los primeros viajeros: uno alabó la mayor comodidad del nuevo tren «porque puedes tomarte un café y hasta leer el periódico»; otro apuntó que de Badajoz a Madrid se siguen tardando cinco horas, o sea, que cuando llegas es mediodía; un tercero remachó el clavo: «encima que se tarda cinco horas, ya el primer día llegó con un cuarto de hora de retraso». Pero es que este pasado miércoles, en vez de salir de Madrid rumbo a Extremadura a su hora, las 15,48, salió hora y media más tarde, retraso que arrastró hasta su llegada a Badajoz pasadas las 11 de la noche. Por supuesto, nada que ver con ese prometido tren ¿de «alta velocidad»?, ¿de «altas prestaciones»? que llevamos años esperando. Y que seguramente tendremos que seguir esperando unos años más. Al menos esa es la conclusión a la que ha llegado una comisión de expertos del Club Senior de Extremadura, al que me honro en pertenecer.

Los encargados de realizar el mencionado informe no eran unos cualquiera: se trata de tres ingenieros de caminos con amplia experiencia en el ámbito de las comunicaciones, infraestructuras y técnicas ferroviarias, y un sociólogo al que le ocurre tres cuartos de lo mismo, aunque mire el mundo desde otras perspectivas. Es bien sabido que llevamos años demandando una mejora real de las comunicaciones, especialmente con Madrid: concretamente y en lo que al ferrocarril se refiere, ya van más de 25 años. Y se han hecho cosas, sí; pero obras parciales, sin continuidad, sin que responda cada parte de lo hecho a la misma idea, que ahora se han de encajar en un proyecto unitario. Conscientes de que estas cuestiones como el proyecto en sí son de gran interés para Extremadura, el Club Senior convocó una rueda de prensa con presencia de los autores del informe para dar a conocer a través de los medios de comunicación los resultados del mismo. A preguntas de los periodistas, indicaron entre otras cosas que, a la vista de la situación actual, parece difícil que un tren de alta velocidad o de altas prestaciones esté funcionando antes de 2025. No debieron agradar demasiado las conclusiones del equipo del Club Senior a los responsables de nuestra situación ferroviaria, puesto que inmediatamente trataron de matizarlas con una visión más optimista. Por si no bastaba, el presidente Rajoy ha vuelto a deleitarnos los oídos en su reciente viaje a Badajoz. Ojalá esta vez tengan razón, porque el repuesto Talgo con sus velocidades y sus horarios soluciona bien poco en lo que a transporte se refiere, aunque sea más cómodo. La velocidad sí importa.

Algún día de estos hablaré del Club Senior de Extremadura, una muestra más de cómo está aumentando no sólo la atención a lo que acontece en nuestra tierra, sino también la preocupación por lo que se hace o se deja de hacer, tratando de enriquecer el debate mediante el análisis y la opinión de personas de eso que hemos dado en llamar «tercera edad», agrupadas en el Club mencionado más arriba. Recuerdo cuando, hace ya años, en ciudades y pueblos surgieron los primeros «clubs de mayores», aquella especie de bares privados en los que los jubilados compartían un café o una cerveza y entretenían el rato jugando al mus o al dominó. Hoy están surgiendo agrupaciones muy distintas, en las que tiene cabida la pintura, la música, la economía o la realidad política y social en que nos movemos. Quizás sea que han tomado conciencia de quienes son y de cuánta puede ser su fuerza.

Buen ejemplo de lo que digo es lo acontecido tras la última revisión de las pensiones, con ese ridículo 0,25 por ciento de aumento, que no supone ni dos euros al mes para tantos miles de pensionistas que se las tienen que apañar con setecientos euros. Que en esas circunstancias, a la ministra Fátima Báñez se le ocurra enviar una carta personal a cada pensionista tratando de justificar tal medida, que de puro menguada habría que llamar rácana , ha sido como encender la mecha… y ya veremos cómo se las arreglan los políticos para apagar el fuego.

Los pensionistas ya mandaron al Gobierno el primer aviso el pasado uno de marzo, echándose a la calle. La manifestación en Madrid fue de las que hacen historia: por primera vez consiguieron rodear el Congreso de los Diputados, cosa que otros habían intentado sin éxito, y pasearse ante las narices –perdón, las puertas– del Ministerio de Hacienda. El gesto, es decir, las manifestaciones se realizaron también en otras ciudades españolas. Y no serán las últimas. Claro que la fuerza de los jubilados no está sólo en las manifestaciones: está sobre todo en los votos. Ya han mandado un recado a Rajoy, recordándole que los jubilados españoles pueden tener un gran peso de cara a unas elecciones. Si se tiene en cuenta que en junio pasado los pensionistas sobrepasaron los 9,5 millones, cabe pensar que en estos momentos no se estará lejos de los diez millones. Imagínense lo que, traducido en votos, pueden pesar en unas elecciones generales, aunque a la hora de la verdad cada uno pueda hacer de su capa un sayo.

No querría, sin embargo, que la constatación de esta realidad sea interpretada por alguien como un intento de arrimar ascuas a sardinas ajenas. Allá los políticos con sus decisiones y los jubilados con su voto. No voy a negar, sin embargo, que estamos viviendo un momento delicado, sobre todo por la locura independentista de ese sector de Cataluña, que no se apea de sus planteamientos, aunque no tengan ni pies ni cabeza. Razón de más para que el resto de españoles pongamos lo mejor de cada uno para salir de este atolladero. Los de la «tercera edad» también.

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