Ella lo pasa mal

Sesión en el Parlamento británico, en el Palacio de Westminster. :: hoy/
Sesión en el Parlamento británico, en el Palacio de Westminster. :: hoy

Silbidos, piropos y miradas que desnudan son acoso, no galantería

J. R. ALONSO DE LA TORRE CÁCERES.

Mi tío Elías trabajaba en Renfe. Cuando siendo un niño iba a verlo a su casa de Oviedo, podía disfrutar del incesante tráfico ferroviario asturiano. Recuerdo que una mañana escuché un griterío ensordecedor y corrí hacia el balcón para saber qué pasaba en los andenes. Lo que vi no se me ha olvidado nunca.

Una chica solitaria acababa de bajar de un cercanías y caminaba por el andén camino del paso subterráneo. En la vía, estacionaba un tren muy largo lleno de soldados, que se asomaban a las ventanillas de los vagones y ovacionaban a la muchacha piropeando, vociferando, aplaudiendo, bramando y convirtiendo sus cien metros de andén en un paseíllo insufrible y tremebundo que la pobre mujer soportaba como podía. En un momento dado, se trastabilló y estuvo a punto de caer, pero se rehízo y siguió su camino mientras el millar de soldados del tren gritaba un olé sobrecogedor.

Desde el episodio del tren militar y la muchacha desprotegida y a merced del griterío, desprecio los piropos, los silbidos y todo eso que hasta hace nada era considerado actitud galante y hoy se entiende como actitud acosadora. Sé que habrá quien lea esto y se revuelva pues entienda que piropear a una mujer es un acto de buena educación y mejores costumbres o, cuando menos, una tradición, pero mi impresión es que siempre que asisto a trances semejantes, ella lo pasa mal.

Las redes sociales no son un mundo que me apasione. Internet, sí, hasta el punto de que llevo semanas sin ver la televisión y pegado a los aparatinos que me conectan con el mundo a través de revistas y periódicos digitales. Las redes y sus comentarios me parecen un universo peligroso. He notado que una crítica cara a cara se soporta y se supera porque hay calor humano, debate, réplica, indignación, reencuentro... En fin, lo de siempre en cualquier discusión. Sin embargo, los desprecios en las redes son duros porque se leen y se soportan en absoluta soledad, rebatirlos en la propia red solo conduce a sentirte más solo y a enfadarte aún más en un bucle neurótico que te acaba empujando a una prudencia que es el último disfraz de la autocensura. Además, sabes que ese desprecio o crítica feroz y manipuladora (no me estoy refiriendo a la crítica respetuosa y razonada) está siendo leída por muchos ciudadanos y la neurosis acaba convertida en sensación de acoso.

No quisiera poner este ejemplo pues creo que va siendo hora de dejar de referirse tanto al monotema, pero lo de Puigdemont el 26 de octubre, cuando los ataques en las redes lo llevaron a rectificar y a enfangarse para no parecer traidor y 'botifler', es un caso evidente de hombre prisionero en sus 'redes'.

Sin embargo, este lado negativo de las redes sociales se complementa con muchos lados buenos. Uno de ellos está relacionado con aquel tren de soldados ovacionando-acosando a una joven solitaria. Sí, gracias a las redes, los casos de acoso sexual se están descubriendo y no hay semana en la que no conozcamos, gracias a Twitter, Facebook y los digitales casos sangrantes que hasta ahora estaban escondidos: productores de cine, machotes de fiesta, publicitarios sin escrúpulos, diputados de Westminster... Todos ellos son desenmascarados gracias a las redes y su eficaz labor de denuncia.

Este domingo, leía en La Vanguardia un reportaje sobre el parlamento inglés escrito por Rafael Ramos y me sorprendía la realidad de ese microcosmos londinense de 13.000 habitantes y particularidades sin fin. 650 diputados y 790 lores, de ellos, 208 son mujeres, pero el machismo es la ley. Viejos y jóvenes verdes borrachos acosando, toqueteando, desnudando con la mirada bajo los efectos de las 100.000 botellas de vino y 300.000 pintas de cerveza que compró Westminster en 2016. No creo que haya muchos parlamentarios como algunos de Westminster ni quedan casi soldados como aquellos del tren de Oviedo. Los tiempos están cambiando. Pero despacio y con reticencias. Así que hay que seguir denunciando.

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