El ocaso demográfico de Extremadura

El avance imparable del envejecimiento demográfico,la progresiva masculinización de la población, el retrocesode la natalidad, la quiebra irremediable del crecimiento natural yel mantenimiento de una débil pero incesante emigraciónque afecta a los jóvenes y especialmente a las mujeres,justifican holgadamente el ocaso de la población extremeña

ANTONIO PÉREZ DÍAZProfesor de Geografía. Universidad de Extremadura

Hace ya algunos años que vieron la luz dos trabajos cuyos títulos resultan, cuando menos, inquietantes: ‘El suicidio demográfico de España’, de Alejandro Macarrón, y ‘El invierno demográfico europeo’, de Francisco José Contreras. En ambos se analiza, con innegable objetividad, la crisis poblacional que se deriva del cambio demográfico que ha venido afianzándose en las últimas décadas.

Esta situación de crisis, que viene recrudeciéndose en los últimos años en los países del Sur de Europa, se manifiesta en un proceso galopante de envejecimiento demográfico que, junto con un descenso generalizado de la fecundidad, conducen a una caída de la natalidad y, como consecuencia, a una reducción más o menos rápida de la población y a un deterioro progresivo de las estructuras demográficas.

Extremadura no ha logrado sustraerse a estas tendencias. Los datos más recientes evidencian un elevado grado de envejecimiento demográfico que se cifra en la existencia de más de 146 personas mayores de 65 años por cada 100 niños menores de quince. Este dato supera con creces los poco menos de 126 que arroja la media española y, sin duda alguna, comienza a ser preocupante al valorar el futuro de la región, tanto en términos demográficos como sociales, económicos, sanitarios o políticos. Y si la referencia se circunscribe a los municipios rurales, las conclusiones pueden resultar angustiosas: en los pueblos menores de 1.000 habitantes, casi el 54 % de los municipios extremeños, hay más del triple de ancianos que de niños (3,3) y tales son los índices que se registran en comarcas extremeñas como Las Hurdes, Las Villuercas, La Jara o Los Ibores.

En virtud de estos datos, es difícil columbrar un futuro halagüeño para la demografía regional. Los pequeños pueblos, históricamente considerados como reservorios de la fecundidad por el mantenimiento de una mentalidad natalista, manifiestan actualmente un comportamiento idéntico al de las grandes ciudades: descenso significativo de la nupcialidad, retraso en la edad de acceso al matrimonio, baja fecundidad extramatrimonial, aumento en la edad de acceso a la primera maternidad y, como colofón, una reducción significativa del número de hijos por mujer.

A todo ello cabe añadir otro elemento perturbador: la emigración. Es cierto que el balance migratorio regional se mantuvo en valores positivos entre 2010 y 2012, sin embargo, viene arrojando saldos negativos desde entonces y a buen seguro que se reactivarán a poco que la pretendida recuperación económica se manifieste con nitidez en otras regiones y en otros países. No en vano, el balance migratorio de 2016 ha arrojado en la región una pérdida de 4.837 habitantes.

Por si fuera poco, debe significarse en este proceso la creciente emigración femenina, sin duda alentada por el acceso de la mujer a mayores niveles formativos, que destierra cualquier esperanza en una recuperación futura de la natalidad regional. No en vano, la progresiva masculinización de la población regional ha desembocado en 2016 en una ratio de fecundidad a edades fértiles del 95 por 100, valor éste que se reduce a un 88 % en los municipios menores de 2.000 habitantes.

En suma, pues, el avance imparable del envejecimiento demográfico, la progresiva masculinización de la población, el retroceso de la natalidad, la quiebra irremediable del crecimiento natural y el mantenimiento de una débil pero incesante emigración que afecta a los jóvenes y especialmente a las mujeres, justifican holgadamente el ocaso de la población extremeña.

No es fácil arbitrar medidas para contrarrestar los efectos de una mezcla tan letal. Con todo, no cabe duda de que es necesario idear y aplicar iniciativas tendentes a minimizar su impacto. De otro modo, parte del territorio extremeño estará irremisiblemente abocado a su despoblación. Bien merece la pena que nos detengamos a reflexionar sobre la situación en la que nos encontramos y de cómo podemos pertrecharnos para combatir el invierno demográfico que se avecina.

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