Milana Bonita no es Omnium

Un manifestante muestra su rudimentaria pancarta, este sábado en Madrid. :: E.R./
Un manifestante muestra su rudimentaria pancarta, este sábado en Madrid. :: E.R.

Las performances catalanas y el espontáneo desastre extremeño

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Durante la manifestación del sábado pasado en Madrid, se hicieron muchas comparaciones con Cataluña. El razonamiento fundamental era que los catalanes protestan de manera egoísta y engreída pidiendo el todo y los extremeños protestan de manera sencilla y humilde pidiendo simplemente un tren digno.

Había un punto que diferenciaba las concentraciones en Barcelona y la concentración extremeña en Madrid: las manifestaciones catalanas son performances coordinadas al milímetro en las que cada movimiento, desde un teléfono que se enciende hasta un grito coreado pasando por unos ciudadanos encerrándose en jaulas... Cada movimiento, digo, está rigurosamente proyectado para que suceda en el momento justo y produzca el efecto estético y comunicativo exacto.

Frente a las performances independentistas, nuestro desastre ferroviario. La manifestación extremeña era un maravilloso desorden en el que cada uno hacía lo que le daba la gana. Uno llevaba un tren colorado por sombrero, el rector Piris ondeaba una bandera, una se pintaba las uñas con la bandera extremeña, otra llevaba lazos blancos, negros y verdes, un ciclista pedaleaba lleno de pegatinas por un tren digno y cada grupo cantaba, gritaba o aplaudía cuando le petaba.

Este revoltijo no resultaba muy estético ni televisivo, pero demostraba mucha naturalidad y comunicaba una autenticidad extraordinaria. Me pareció una manifestación creíble, sincera, poco manejada y manipulada. Hombre, en estos casos siempre hay una brizna de dirigismo, pero en la manifestación del domingo parecía que el clamor herido había surgido muy dentro y lo único que necesitaba era el cauce que se trazó para que se desbordara.

Otro tema es la asistencia. No se trata de guerra de cifras, se trata de que apuntar el número de 6.500 asistentes además de ridículo es imposible. Aunque no hubieran ido 350 autobuses como se afirmó desde el estrado, aunque solo fueran 150, ya tendríamos una cifra superior. Y un dato: llegué a las 9.30 y cuando salí del aparcamiento, la plaza ya estaba llena y no había llegado ni media docena de autobuses.

Solo hay un explicación a esta tontería de contar 6.500 donde quizás hubiera 20.000, y nos quedamos muy cortos. Me refiero a la Gran Vía. La concentración duró 5 horas y, naturalmente, los asistentes se cansaban y aprovechaban para dar una vuelta por Gran Vía. La castiza calle madrileña fue, durante toda la mañana, una fiesta de banderas y las colas en Rodilla, Starbucks, Vips o Cien Montaditos fueron colas extremeñas toda la mañana. Hubo un momento, hacia el mediodía, en que había más manifestantes en Gran Vía buscando un café y un cruasán que en el entorno del escenario. Quizás se hiciera en ese momento la medición de los 6.500.

Políticos... En el estrado estaban envarados, y que nadie haga un chiste malo. Excepto Begoña, «consejera del tren», y la secretaria general de CC OO, que se lo estaba pasando bomba, las autoridades en el estrado parecían de funeral y como no tenían ni idea del himno, solo movían los labios cuando tocaba decir Extremadura y lo hacían como si rezaran en una misa... de funeral.

Igual debieron de dar un poco más de protagonismo a los de Milana Bonita. Volvamos a las comparaciones con el proceso catalán. Milana Bonita no es Omnium ni ANC. Ni reciben subvenciones, ni pretenden suplantar a los políticos, ni aspiran a dirigir la lucha por un tren digno. Pero sí se debería reconocer que gracias a ellos nuestra indignación se hizo viral. Merecían reconocimiento y un minuto de gloria. Y seguro que se saben el himno.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos