Marta García, una joven al servicio de la discapacidad

Marta García Romero estudia el grado universitario de Educación Infantil en Badajoz. :: casimiro moreno/
Marta García Romero estudia el grado universitario de Educación Infantil en Badajoz. :: casimiro moreno
Extremadura en femenino

Marta García Romero es especialista en Atención Sociosanitaria y técnico en Educación Infantil

Evaristo Fdez. de Vega
EVARISTO FDEZ. DE VEGABadajoz

A Marta García siempre le llamó la atención el mundo de la discapacidad. El hecho de sufrir una pequeña dislexia podría haberse convertido en una dificultad insalvable en su proceso educativo. Pero ya desde niña, cuando iba al colegio Santo Ángel de Badajoz, la convencieron de que esa ligera dificultad para entender los textos escritos no debía frenar sus sueños. «Recuerdo el apoyo de muchos profesores, pero especialmente de la hermana Silvia. Ella siempre me decía que podría llegar donde me propusiera».

Ese espíritu de superación le permitió completar un itinerario formativo que siempre ha tenido presente a las personas que sufren algún tipo de limitación. Su primera gran experiencia con el mundo de la discapacidad la vivió en Sevilla junto a los Maristas. Allí trabajó como voluntaria en un centro para personas con necesidades especiales y eso la animó a estudiar Atención Sociosanitaria.

Origen familiar
Tiene 28 años y una hermana música, Clara, que vive en Suiza. Su padre es Pedro José García Moreno, director de la Banda de Música de Llerena, y su madre Dami Romero, que durante años tocó el saxofón en esta formación.
Formación
Estudió en el colegio Santo Ángel de Badajoz. Tiene el grado medio de Atención Sociosanitaria y el grado superior de Técnico en Educación Infantil. Ahora está en el último curso del grado universitario de Educación Infantil por la especialidad de inglés.
Trayectoria profesional
Ha trabajado tres años en Aspaceba.

Ese ciclo de grado medio sólo se impartía en Zafra, por lo que tenía que levantarse a las 5.15 de la mañana para subir a un autobús de línea. «Volvía a casa a las 5 de la tarde, no fue fácil», afirma.

«Todos somos un poco discapacitados en algo, pero con apoyo se pueden conseguir grandes cosas»

Hizo las prácticas en Aspaceba, el centro para personas con parálisis cerebral que funciona en Badajoz. Y rápidamente consiguió su primer contrato.

Tiempo después se matriculó en el grado superior de Educación Infantil. También lo completó con éxito y eso la animó a iniciar el grado universitario de Educación Infantil por la especialidad de Inglés, carrera que espera concluir este curso. En todo ese proceso formativo Marta ha estado muy ligada a las Juventudes Estudiantes Católicas (JEC), un movimiento de Iglesia en el que ha interiorizado que la vida «sólo tiene sentido si lo aprendido se pone al servicio de quienes más lo necesitan».

Ese convencimiento personal la llevó el pasado verano a viajar Ecuador con las religiosas del Santo Ángel, que trabajan en un barrio marginal. «Ellas están en El Florón, un barrio de Portoviejo. Yo siempre explico que es un lugar con problemas de droga y marginación similares a los que pueda haber en el barrio de Los Colorines de Badajoz, pero en lugar de pisos sociales sólo hay casas hechas de caña y calles de tierra».

Cuando planteó que iba a vivir una experiencia de voluntariado de este tipo, hubo quien trató de convencerla de que no merecía la pena. «Te vas a gastar lo mismo que si fueras a un crucero, me dijeron. Entonces yo les respondí que ese voluntariado era para mí más importante que todo eso».

Marta no oculta que ir a una zona de misión siempre fue un sueño y ahora que ha vuelto cree que el conocimiento de esa realidad marcará su vida para siempre. «Allí hay una hermana del Santo Angel que es enfermera y otra que es maestra. Su vida es ayudar a quienes menos tienen, entregar su vida a los demás».

El centro social con el que colaboró como voluntaria estaba junto a una iglesia. Años atrás, las religiosas tenían allí una farmacia desde la que facilitaban medicinas a personas sin recursos. Pero la realidad social ha cambiado y ahora realizan trabajos de logopedia, terapias ocupacionales y fisioterapia para discapacitados. «Me sorprendió el gran cariño que tienen a las hermanas. Incluso en las situaciones más conflictivas logran que se les guarde el respeto».

Marta asegura que mientras permaneció en Ecuador se sintió segura porque estaba acompañada de las religiosas, pero no oculta que en esas semanas hubo dos muertes violentas.

Aunque no fue eso lo que más le impresionó, sino la realidad de las personas que sufrían alguna discapacidad. «Están como en España hace 50 años. Daba mucha pena ver que muchos de ellos no podían salir de casa porque las calles eran de tierra».

Uno de los episodios que más le impactó fue el de una madre que culpaba a su hijo discapacitado de la soledad que sufría porque su marido la abandonó justo al nacer. «¡Qué pena de hijo!, escuché decir a otra madre. Eso es brutal»

Esas experiencias contrastan con la realidad que ella ha vivido en Badajoz. «Uno de los grandes logros de Aspaceba es que ha normalizado mucho la situación de estas personas, ahora participan activamente en el desfile de Carnaval, hacen obras de teatro, están presentes en la sociedad...».

Marta está convencida del valor de los discapacitados y siempre que le preguntan por qué se dedica a ellos responde de la misma manera. «La discapacidad es algo que nos puede afectar a cualquiera. Un accidente de tráfico, por ejemplo, puede provocar una lesión que impida moverse, pero eso no quiere decir que no tengas sentimientos y que no puedas aportar cosas positivas».

«A mí me alegra tanto la vida acordarme de estas personas que me resulta impensable pensar que haya personas que piensen que no merece la pena vivir con una discapacidad. Esas personas merecen la pena para sus familias, merecen la pena para sus cuidadores y aportan a la sociedad valores muy importantes», añade

En estos días, Marta se prepara para afrontar los exámenes del último curso del grado de Educación Infantil, una carrera que quiere terminar para dedicarse a los niños, su otra gran pasión. «Cuando voy a clase y hablan de la discapacidad, me suena como algo cercano. En realidad, todos somos un poco discapacitados en algo, nadie es perfecto en todo, y eso nos demuestra que con el apoyo necesario se pueden conseguir grandes cosas. Nunca debemos olvidar que si estamos aquí es para ayudar a los demás».

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