Interrogantes del turismo en Extremadura

¿En qué condiciones el turismo puede ser atractivo y fuente de bienestar? Fundamentalmente en la medida en que se aleje de turismos masificados, percibidos como faltos de autenticidad por el visitante, y potenciadores generalmente de economías tipo ‘campamento minero’

ÁNGEL CALLE COLLADOProfesor de Ecología Política

Titulares y declaraciones de responsables de gobierno hablan del ‘boom’ del turismo extremeño en términos de «éxito». Las cifras hablan de su importancia, ciertamente. Aproximadamente el sector turístico supone el 6% del PIB de la región y ronda, en momentos de mayor afluencia de visitantes, los 25.000 empleos. La pregunta que me hago es si esta actividad turística constituye realmente un motor de bienestar para Extremadura.

¿Camina Extremadura hacia un Turismo Responsable? Aclarar primero qué entendemos por dicho turismo: una actividad económicamente viable y positiva para sus habitantes, que redistribuye decisiones y beneficios y que promueve un manejo sostenible de recursos naturales. Las pernoctaciones han crecido de forma significativa en los últimos, situándose en 3,2 millones en el 2016, aunque la tasa de crecimiento se modera a partir de 2015. Se ha moderado también, como en el resto del país, el empleo que se genera a partir del incremento de pernoctaciones. En el 2008, si se registraban 10.000 pernoctaciones, se anotaban contratos para 7,5 personas por término medio. En el 2016 con 6 contratos se solucionaba la atención de dichas estancias. Es decir, menos trabajadores y trabajadoras, y con contratos más precarios tras la crisis, para sostener una tasa creciente de estancias. Los informes anuales confirman, lógicamente, el aumento de beneficios en las grandes cadenas hoteleras. Por otro lado, la explosión de la dinámica Airbnb (contratación directa de habitaciones o empresas de apartamentos encubiertas como particulares) puede ser una realidad en el corto plazo para las grandes ciudades extremeñas, particularmente Cáceres. Se desplaza población, se encarecen servicios, se museifican los centros y se exige su mantenimiento público para generar una economía precaria, de supervivencia personal en algunos casos, de mayor condensación de beneficios en otros. Todo ello en un marco que se vanagloria de la mayor llegada de turistas internacionales. Es cierto, los turistas extranjeros tienen por lo general un poder adquisitivo más alto. Pero estudiosos del sector turístico y sus impactos, como Joan Buades, calculan que en los modelos convencionales de mayor explotación turística (resorts, paquetes cerrados por agencias internacionales), por cada euro que se gasta, entre 0,6 y 0,8 céntimos se irán fuera: dormirán o alquilarán un coche en empresas transnacionales; frecuentarán lugares donde la comida viene de muy lejos, no de Extremadura.

Entonces ¿en qué condiciones el turismo puede ser atractivo y fuente de bienestar? Fundamentalmente en la medida en que se aleje de turismos masificados, percibidos como faltos de autenticidad por el visitante, y potenciadores generalmente de economías tipo ‘campamento minero’. Se trata de aquellas economías, por lo general impuestas a las regiones periféricas, a las cuales se les demanda invertir mucha energía en nuevos sectores ‘globalizadores’, dejando pocos beneficios a los lugareños y lugareñas, y donde el territorio y el resto de la población terminan por padecer sus excesos. El turismo de masas convencional, la minería, la producción de energía o la especialización para la exportación hacia lejanos mercados tienen ese perfil. En el caso del turismo, se exigirá levantar aeropuertos, estaciones de AVE, palacios de exposiciones, macroeventos y una fiscalidad propicia. Habrá empleo pero extremadamente precario: los contratos por días o a tiempo parcial en el sector turístico se incrementan en un 40% con respecto al resto de asalariados españoles. Se crearán incentivos para museificar eventos tradicionales: fiestas que se mercantilizan, erosionando lazos culturales y sociales. Y por último, buena parte de los ingresos irán fuera de dicha región: vía grandes agencias de viaje, cadenas hoteleras internacionales, compañías de transporte, suministros externos.

¿Existen alternativas, otras realidades? Por supuesto. Aún Extremadura conserva mucho de su encanto basándose en actividades inherentes al ADN de esta región: fiestas patronales de identidad singular para disfrute y beneficio de la vecindad en primer lugar; paisajes y parajes naturales al borde de la extinción en Europa; economías agrarias o artesanales propias que son motivo de atención para un turista venido de otras tierras y que huye de los lugares sin memoria; patrimonio histórico que aún hoy forma parte de la propia vida de las ciudades; diversa y rica gastronomía local; posibilidad de comunicación (a desarrollar, claro está) tanto interna como con ciudades como Salamanca, Valladolid, Sevilla, Madrid a través de una red de trenes rápidos y asequibles. Y experiencias alentadoras para un turismo sostenible. Cito algunas. La creciente percepción de que son los destinos turísticos sostenibles (22 años después de la aprobación internacional de la Carta del Turismo Sostenible) el futuro del sector en esta región, y no el aumento de pernoctaciones como dato de un pretendido «éxito». La apuesta por actividades que fomenten nuestros lazos culturales, como es el caso de la última edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida: alentando compañías extremeñas, desarrollándose en Mérida y en Cáparra. Planes de turismo locales (véase Soprodevaje en el Valle del Jerte) que parten de que «menos puede ser más»: limitación de alojamientos, apuesta por aumentar actividades en convivencia con la evolución del entorno para desestacionalizar, entendimiento de que el turismo es complemento de renta y de otras economías y no un objetivo ‘en sí’. El desarrollo de pequeñas iniciativas que tienen que ver con el agroturismo, el astroturismo y en general el llamado turismo de Naturaleza.

Turismo se escribe con ‘s’ en medio, pero también con ‘s’ al final: turismos. Existen diversas formas de asentar una política turística. Pero no todas ponen las economías y las personas del territorio en primer lugar. Las que insisten en masificar, globalizar y crear parques temáticos se parecen más al cuento de la lechera. La diferencia que se presenta en los cuentos turísticos es que aquí la leche la pagamos entre todos y todas.

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