Carmen Hernández Zurbano: La hierba cruje

«Más allá de las prímulas cerca del porche estaba amarillo y seco, y crujía»./L. CORDERO
«Más allá de las prímulas cerca del porche estaba amarillo y seco, y crujía». / L. CORDERO
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Al volver a la casa sentía que las cosas iban y venían, como en un barco, iban y venían y me levantaban el estómago. ¿Cuándo empezó aquel verano inesperado? No dije nada de lo borracha que me sentía, sólo había tomado dos copas de vino blanco, dulce, nada más. Me tumbé en la cama, agradecida como en mi vida, porque iba a despertarme en el mismo lugar.

¿Empezó cantando mi felicidad sobre los canchos en Los Barruecos? ¿Subiendo a la Montaña con la falda de flores, de nuevo sin decir nada, sin decir que me daba miedo conducir por aquellas carreteras empinadas porque era junio y olía a tomillo?

«Las horas de verano caían en mi boca y, lentamente, se iba haciendo de noche»

Las chicharras sonaban sin descanso, retumbando los timbales de sus cuerpos bajo aquel sol salvaje, alrededor de los alcornoques, de la casa, alrededor nuestro. Más allá de las prímulas cerca del porche estaba amarillo y seco, y crujía. Las horas de verano caían en mi boca, y lentamente, se iba haciendo de noche. Me ponía entonces el chaleco reflectante del coche, fluorescente cerca del ocaso, y me imaginaba que yo era Scout Niblett, que toca la batería mientras canta canciones desde las puras tripas. Paseábamos. Así era la tranquilidad de aquel lugar, como una roca en el pecho, igual a las que veíamos a ambos lados del camino delimitando las fincas, y debajo un águila, en vez de mariposas.

«Las horas de verano caían en mi boca y, lentamente, se iba haciendo de noche» «Había llovido, todo olía tan bien, pisaba descalza la hierba mojada y el olor ascendía»

Un día llovió, me levanté por la mañana y había llovido, todo olía tan bien, pisaba descalza la hierba mojada y el olor ascendía. Marylin Monroe contó en aquellas noches, vestida con un traje dorado y zapatos rojos de tafetán, sobre el piano del saloon, el tema central de 'Río sin retorno'. Cenábamos gazpacho de poleo que recogía del campo, no sé dónde. A veces el río era tranquilo, otras turbulento y libre. Fuimos al festival de Mérida, no nos gustó lo que vimos, pero la luna estaba grande y permanecimos uno al lado del otro casi sin respirar. Volver después, de madrugada, abrir la cancela, sentir el calor que sube desde el suelo, espantar a los animales que enredan con la basura, entrar en la casa y quedarnos dentro, rodeados de noche.

Los desayunos eran tímidos, así me parece a mí, como de gatos deslumbrados. Rosquillas con azúcar por encima, canela, y esos dulces de su pueblo más buenos que las magdalenas, blandos, café. Un cuidado silencio. Entonces comenzaba el picor en la nuca, el canto de cortejo de las chicharras, desde el abdomen. Las hembras colocando sus huevos en las ranuras de los troncos. Las ninfas recién emergidas cayendo y cavando en el suelo para chupar la savia viva.

«Cenábamos gazpacho de poleo que recogía del campo, no sé dónde»

Un día cruzamos un río y había un olor de muy lejos, por lo menos de Cabo Verde, y cansancio. Pero nosotros no, nosotros éramos de color naranja y pegajosos, calientes y hambrientos. Otro día bailamos juntos, y la misma tela envolvió nuestras piernas como un capullo suave y eléctrico, la tela oscura del pareo, su color profundo, los dibujos acuáticos. Mis flores de punto de cruz sobre el corazón, debajo de las luces de aquellos bares. Por la mañana Nina Simone cantaba y yo apretaba mi lengua contra el paladar mientras conducía, porque el mar era de un azul tan intenso que parecía el fondo de una pintura muy antigua y me daban ganas de llorar.

Las moras de agosto fueron todas nuestras. Las vacas en medio de la carretera. El jamón serrano a los pies del castillo. Las moras las cogimos con una sola mano, y seguimos fingiendo sin darnos cuenta, una ligereza ácida y dulce. El verano que nunca termina ¿cuándo empezó? ¿un mediodía junto a la Ermita del Humilladero? ¿una tarde de primavera al volver del trabajo envuelta por el aroma de las jaras recién abiertas?, ¿una noche que duró dos vidas?

Nos pillaba de camino a la vuelta de una excursión. Mis amigas se quedaron en el bar del cruce tomando café, llovía un poco. Yo me acerqué despacio hasta allí. Conteniendo entre las caderas la humedad verde, tirante, como un tambor de musgo. Estuve un rato mirando la casa e imaginando quién la habría estado ocupando todos los veranos desde entonces. Es muy bonito aquel lugar.

No sentí tristeza, tampoco nostalgia. Fue otra cosa.

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