La globalización está de paso por Extremadura

Esta globalización exige de Extremadura que se comporte como un campamento minero: extracción de recursos (energía, suelo fértil en forma de producción primaria, capital aportado a otras economías) de las que, progresivamente, el mercado global irá prescindiendo al irse agotando su existencia o su ventana de oportunidad económica

ÁNGEL CALLE COLLADOProfesor de Ecología Política y Agricultor en el Jerte

Que viene la globalización!», «¡Que viene la globalización!». Pero como habían dicho que esto era un asunto bueno (seres humanos de todo el mundo remando en un mismo barco) dijeron que no era necesario preocuparse, antes al contrario. Sucede que la globalización viene pero, como en el cuento, ahora cuesta encontrar ayudas para frenar sus nocivos impactos. Extremadura, en muchos aspectos, no es la excepción, más bien es un ejemplo caluroso, insostenible y económicamente poco viable.

Señalo cuatro hechos que sostienen una realidad poco amable para con la mayor parte de extremeñas y extremeños. Comencemos con variaciones climáticas, en particular el calor, en forma de temperaturas y de incendios. Nos hemos acostumbrado a que esta provincia comparta los ránking de máximos históricos junto con poblaciones de la llamada sartén de Andalucía (de Córdoba a Écija). La sartén empieza a ampliar sus contornos y se desplaza hacia el noroeste, haciendo que en Badajoz y en gran parte de Cáceres se hayan batido récords de temperatura máxima, llegando a los 45 grados centígrados. Este sartenazo climático supone sequedad y ruptura de ciclos esenciales como los del agua (lluvias torrenciales, menor humedad en la tierra, más erosión, menos captación), que se traducen en incendios más frecuentes y de mayores dimensiones. Dado que las zonas alrededor de la cuenca mediterránea son un ‘punto caliente’ del cambio climático, se producirá a su vez una tropicalización de nuestros climas: oscilaciones bruscas que nos dejaron este año un Valle del Jerte con nieve primaveral conviviendo con la imagen «nevada» de los cerezos en flor.

Recuerdo que el cambio climático no es sino consecuencia de la acción de unos seres humanos que hemos decidido, fundamentalmente, trasladar grandes cantidades de CO2 depositado bajo la tierra (petróleo, gas, carbón) hacia la superficie. Calor compactado que es convertido en calor disperso a través, principalmente, de las formas de producción intensivas (maquinaria, pesticidas, abonos químicos) y de los miles de kilómetros que recorren los alimentos al amparo de los supermercados. A la vez disminuyen montes, superficie agraria útil o los hielos polares, lo que retroalimenta este efecto. El consumo de alimentos en Extremadura se realiza, como en el resto de España, mayoritariamente a través de grandes distribuidoras, bajo su fórmula de centros comerciales o supermercados de proximidad. Y como consecuencia de los modelos intensivos agrícolas Extremadura está por encima de la emisión de Gases de Efecto Invernadero (por habitante) en este país.

Para cualquier solución tenemos que conjugar prácticas más sostenibles (la sostenibilidad de la vida) con opciones económicas que nos permitan vivir en esta tierra (viabilidad social). Pero esta globalización exige de Extremadura que se comporte como un campamento minero: extracción de recursos (energía, suelo fértil en forma de producción primaria, capital aportado a otras economías) de las que, progresivamente, el mercado global irá prescindiendo al irse agotando su existencia o su ventana de oportunidad económica. Por ejemplo, este año, que está siendo una buena campaña de fruta nos dejará, sin embargo, suelos más secos. Y buena producción no equivale a economías más sanas y saneadas. Si nos referimos al mercado (estatal/internacional) de un fruto emblemático como la cereza se confirman los efectos nocivos del avance de este monocultivo en la parte alta de Extremadura. Se saturan más dichos mercados, con lo que la fruta se acumula y tarda en salir. Parte de la producción queda en el árbol. Por ahora no mucha, bien es cierto, aunque hoy comprobamos cómo las naranjas ya se quedan prácticamente sin coger a orillas del Guadalquivir o del Turia. El precio baja y muchos agricultores y agricultoras esperan este año que llegue a estar por debajo del euro por kilo pagado en origen. Para muchas de ellas esta explotación puede dejar de ser sostenible. Y la necesaria diversificación y su adaptación climática (variedades locales y más resistentes, introducción de un manejo ecológico que no reclama tanto petróleo del exterior) necesita unos años para despegar. Por ahora, lo planes de apoyo no existen en la cabeza de mucha gente, sean instituciones de gobiernos o las propias cooperativas.

¿Nos beneficiamos o nos perjudicamos de esta globalización de mercados alimentarios convencionales? Creo que la cuestión está mal planteada, tendríamos que saber si queremos frenar este cambio climático y seguir habitando esta tierra. La llamada globalización está de paso. Y algunos de nosotros con ella. Muy posiblemente la emigración climática llamará a la puerta de Extremadura en esta década. Espero equivocarme.

Fotos

Vídeos