Faro y Badajoz: dos reinos

El clásico Café Aliança, junto al puerto de recreo de Faro. :: E.R./
El clásico Café Aliança, junto al puerto de recreo de Faro. :: E.R.

Viajando por los taifas del suroeste, llegamos a la capital del Algarve

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

En el Mar Shopping Algarve de Loulé-Faro, una pareja discute: ella razona que este centro comercial es mejor que El Faro de Badajoz porque tiene Ikea y él argumenta que El Faro pacense lo supera porque tiene El Corte Inglés. Cada uno ve las cosas a su gusto, pero lo cierto es que Faro y Badajoz se parecen por contar con dos inmensos centros comerciales, que atraen a españoles y portugueses, y por haber sido capitales de reinos de taifa. Seguimos viajando por los reinos moros del suroeste europeo, ciudades que fueron capitales de estado tras la descomposición del califato cordobés. No vamos a escribir sobre los reinos de Badajoz ni de Beja-Évora pues ya les hemos contado en múltiples reportajes las claves de estas ciudades. También hemos viajado a Mértola, puerto del reino de Badajoz en 1145, donde el Guadiana se hace navegable, y a Silves, ya cercano al mar. En la hemeroteca digital del HOY se pueden consultar las crónicas sobre estas capitales de los reinos moros del suroeste de la Península Ibérica.

Pero aún quedan tres capitales de taifas por visitar: Faro y Niebla y el reino moro de la Isla de Saltés-Huelva. Estas capitales y sus ciudades satélite forman parte de la Ruta de al-Mutamid, el rey poeta que nació en Beja y gobernó en Silves y en Sevilla. Es una ruta que, curiosamente, recorre todas las capitales de los reinos musulmanes del suroeste peninsular salvo Badajoz, a pesar de que fue el reino más poderoso, el más culto y el que dominó, salvo la franja costera del Algarve, casi todo el territorio de esta Ruta de al-Mutamid, que recorre el Alentejo Sur y llega a Lisboa. De nuevo, nuestra falta de reflejos para sacar partido a una historia en común: siete reinos musulmanes desde los que se gobernó, durante los siglos XI y XII (Niebla no caerá en manos cristianas hasta el siglo XIII, en 1262) un territorio que iba de Coimbra a Sagres.

En esa historia, la ciudad de Faro fue el centro de la corte del reino de Santa María del Algarve, estado independiente entre 1018 y 1051 hasta ser conquistado por el rey de Sevilla. Y una curiosidad interesante: el primer gobernante del reino de Santa María del Algarve-Faro fue Saíd ibn Harún, muladí y nativo de Mérida.

Si pretendemos visitar el Ikea del Algarve en Faro-Lolulé, hay que coger el coche, pero a Faro se llega bien en tren desde Vila Real de Santo António o desde Lagos. La estación queda en el medio de la ciudad y el tren pasa entre el puerto deportivo y el océano, componiendo una imagen urbana y marina de gran belleza ferroviaria.

Faro tiene 65.000 habitantes y mucha vida en las calles céntricas, las que desembocan en el puerto. Son arterias comerciales llenas de tiendas, restaurantes y cafés como el Aliança, a un paso del puerto, una de las cafeterías históricas más singulares de Portugal, al nivel del Majestic portuense o el Brasileira lisboeta.

El puerto de Faro es el centro de todo: allí están algunos de los mejores hoteles, varios quioscos-cafetería-retaurante muy marinos y agradables, la oficina de Turismo, el bello edificio del Banco de Portugal, un auditorio donde, por cinco euros, en media hora te cuentan la historia de la ciudad en un pequeño museo y te regalan un concierto de guitarra portuguesa, y el Arco de la Villa, que da paso a la silenciosa y tranquila ciudad intramuros.

Faro vive del turismo, de los servicios, del comercio, del atún, de la industria conservera, de la fruta (los naranjales son inmensos) y del corcho. Desde 1965, cuenta con un aeropuerto que tiene más de cinco millones de viajeros. También destaca su Parque Nacional de la Ría Formosa.

Pero en nuestro paseo por la ciudad habíamos entrado en el recinto amurallado, donde una larga calle lleva a la Catedral. No es la octava maravilla del mundo, pero por 3.5 euros se curiosea con gusto. Alrededor, el ayuntamiento, la morería, las murallas, los palacios, los parques... El encanto de una capital de provincia que fue capital de un reino.

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