Extremadura pierde cada mes doscientos jóvenes de 20 a 39 años por la emigración

Extremadura pierde cada mes doscientos jóvenes de 20 a 39 años por la emigración

La diferencia entre los que se van y los que llegan hace que la región tenga 13.000 jóvenes menos que hace un lustro

A. ARMERO/J. LÓPEZ-LAGO CÁCERES/BADAJOZ.

El Primero de Mayo, Día del Trabajador, del año 2010, Lucía Sánchez Ibáñez aterrizó en Inglaterra, donde sigue casi ocho años después. Ella es una más entre los miles de jóvenes extremeños que se han marchado de la región en los últimos años. Gente a la que le llega el momento de intentar encontrar un empleo y opta por buscarlo fuera de la comunidad autónoma. Lo hicieron muchos en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Y lo continúan haciendo miles en la actualidad. Es la emigración, que entre los años 2011 y 2016 le ha quitado a Extremadura 12.666 habitantes de entre 20 y 39 años. O lo que es lo mismo, 2.533 cada año. O sea, 211 cada mes. O visto de otra forma: casi siete cada día.

Esos 12.666 son el saldo migratorio, es decir, la diferencia entre los que llegaron y los que se fueron en la franja de edad de los veinteañeros y treintañeros. Con 23 años se marchó Lucía Sánchez, que nació en Bilbao pero ha pasado casi toda su vida en Cáceres y no duda en declararse extremeña. «En el último año de carrera, yo no tenía nada claro qué hacer al terminar», explica por correo electrónico desde Walsall, la localidad inglesa en la que vive, al norte de la ciudad en la que trabaja, Birmingham. «Dudaba entre hacer el FIR (Farmacéutico Interno Residente), volver a Cáceres y trabajar en una farmacia-estudió en Salamanca, aunque el último curso lo hizo en Santiago de Compostela, con una beca-, intentar entrar en un laboratorio o irme al extranjero».

El idioma

Tina Pinilla Estuvo en Inglaterra y volvió «Vivía en un piso patera con 17 personas y en mi habitación éramos cuatro en dos literas, horrible»«Miraba a mi alrededor y estábamos todos igual de mal, ¡éramos muchísimos»

Lucía Sánchez Ibáñez (31 años) Farmacéutica en Inglaterra «A quien esté pensando en irse, le diría que está difícil porque hay más gente en la misma situación, aunque no imposible» «Mi novio está aprendiendo español, ojalá podamos volver a Cáceres pronto»

Eligió la última opción, aconsejada por una amiga que estaba en Reino Unido trabajando como farmacéutica y que le ayudó con todos los trámites. «Hay empresas de reclutamiento que te ayudan a prepararte para las entrevistas de trabajo -explica Lucía Sánchez-, y a mí me aconsejaron que me fuese unos meses a practicar el inglés». Y eso hizo. «Me fui -continúa- a Brihgton, donde estuve viviendo con una familia inglesa y yendo por las mañanas a una escuela de inglés».

Ese mismo camino que ella, el de salir de Extremadura para ir a otro país, lo emprendieron 1.647 jóvenes de entre 20 y 39 años durante el año 2016. Y en el último lustro, lo han hecho 7.831, el 54 por ciento de ellos treintañeros, es decir, gente que mayoritariamente ya había terminado sus estudios tiempo atrás. A la inversa, 4.906 personas llegaron a la región procedentes de otro país, lo que significa que en este capítulo, la comunidad autónoma presenta un saldo negativo de 2.925 personas en cinco años.

«Lo que yo le diría a algún conocido que estuviera pensando en irse al extranjero a buscar trabajo -plantea la farmacéutica extremeña en Birmingham- es que está complicado porque hay mucha más gente en la misma situación, pero que no es imposible». «Lo más probable -añade- es que el comienzo sea duro, pero todo se pasa, y lo que le diría también es que conviene irse con una base del idioma, para poder comunicarse, aunque siempre se encuentra a alguien que está o ha estado en la misma situación y que echa una mano».

En su caso, dedicó sus dos primeros meses de estancia en Inglaterra a perfeccionar la lengua. Transcurrido ese tiempo, hizo por teléfono la entrevista telefónica para la empresa Lloyds Pharmacy. Y la eligieron. «Me mandaron el contrato a Cáceres -recuerda-, lo firmé y puse rumbo a Inglaterra junto con una amiga a la que también cogieron. Me pagaron el billete de ida, y también el alojamiento y las cenas en un hotel durante un mes, hasta que encontré alojamiento». Durante las ocho primeras semanas, la enseñaron todo lo que necesitaba saber para llevar las riendas de una botica en Inglaterra, hasta que empezó a trabajar con la categoría de farmacéutica responsable. Y a los dos años se cambió de empresa. Se fue a ADSA, donde ejerce como manager de farmacia desde hace cinco años y medio. Es un cargo más alto que el que tenía en Lloyds, y que incluye tener seis auxiliares bajo su responsabilidad.

Lucía Sánchez Ibáñez, a la derecha, ejerce desde hace cinco años y medio como manager de farmacia en Birmingham, Inglaterra.
Lucía Sánchez Ibáñez, a la derecha, ejerce desde hace cinco años y medio como manager de farmacia en Birmingham, Inglaterra.

Odia Españoles por el mundo

En el relato de Lucía Sánchez no hay trabajos en bares o restaurantes, que es algo habitual. Como en el caso de Florentina Pinilla Torrescusa, a la que todos conocen como 'Tina'. Tiene 29 años, es de Oliva de la Frontera, se licenció en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Extremadura en 2011 y odia a muerte el programa 'Españoles por el mundo'. Tiene razones para ello y es que lo pasó de pena en los tres años y medio en que se convirtió en una extremeña en Inglaterra. «Ves ese programa y parece que a todo el mundo le va fenomenal en el extranjero. A mí me da rabia porque yo miraba alrededor y estábamos todos igual de mal ¡y éramos muchísimos».

Tina regresó a Extremadura en el verano de 2016 y ahora puede relatar su peripecia como emigrante en Inglaterra con humor y concluir que todo lo ocurrido le sirvió para madurar como persona, pero el día a día reconoce que se le hizo bastante duro. Una anfitriona bipolar, noches sin alojamiento, pisos patera, contratos ilegales y al borde de la explotación más la certeza de que vives en un lugar con contrabandistas son algunos de los capítulos de un material que seguramente daría para una película. Por supuesto, jamás se acercó a la posibilidad de trabajar en algo relacionado con lo que había estudiado. Solo le ofrecieron empleos en la hostelería.

«Yo estuve de Erasmus en Polonia y ahí me di cuenta de que en algún momento de mi vida quería vivir en el extranjero, así que en cuanto acabé la carrera de Comunicación Audiovisual me fui a Dublín (Irlanda) para aprender inglés y trabajar. No sé qué pasaba entonces pero no había trabajo para nadie y ni cogían los curriculum, así que volví y estuve trabajando seis meses en la radio de mi pueblo por una sustitución. Pero seguía con la ilusión de irme al extranjero, así que probé suerte en Inglaterra como au pair (cuidadora de niños)».

Se fue a través de una agencia y la primera desilusión fue que su destino estaba en un pequeño pueblo, Corby, no en una gran ciudad como le habían dicho. «La familia era una mujer divorciada bipolar que nada más llegar dejó en mis manos a su hija de ocho años y se marchaba a la ciudad». Según cuenta, la menor tenía problemas de ansiedad por haber crecido en una familia desestructurada y Tina, con la dificultad añadida de no dominar aún el idioma, sentía una gran responsabilidad. No solo no le pagaban las ochenta libras semanales (noventa euros) estipuladas sino que además le tenía que comprar cosas a la hija con su propio dinero. Aún así, aguantó.

Explica que se fue unos días de vacaciones a su pueblo y al regresar a Corby debía encontrar la llave de la casa bajo el felpudo. Pero allí no había nadie y la llave no estaba. Se vio sola y no había hoteles en la zona. «Llegué a llorar de desesperación y supongo que al final les di pena a unos vecinos y me alojaron esa noche en su casa. Al día siguiente la mujer en vez de disculparse estaba a la defensiva y me echó la bronca. Les dije que me iba. Tenía que huir de allí».

La extremeña seguía con la espina clavada de no poder prosperar en un país extranjero, así que hizo un tercer intento y, de nuevo con sus ahorros, voló otra vez a Inglaterra, ahora con la vista puesta en Londres, una ciudad que pensó le ofrecería más oportunidades, un hueco laboral que en Extremadura no encontraba. Más bien lo que le aguardaba en esta isla europea eran sorpresas, no todas agradables.

Tina Pinilla pasó tres años y medio en Inglaterra. Es licenciada en Comunicación Audiovisual y solo trabajó de 'au pair' y en la hostelería.
Tina Pinilla pasó tres años y medio en Inglaterra. Es licenciada en Comunicación Audiovisual y solo trabajó de 'au pair' y en la hostelería. / C. MORENO

Demasiado paro en la región

Tanto Tina como Lucía forman parte de ese grupo cada vez más grande de jóvenes extremeños que se van de la región. Por un motivo principal: la falta de oportunidades laborales. Cuando se juntan las palabras juventud y trabajo, la comunidad autónoma adquiere una relevancia particular en las estadísticas a escala nacional. No para liderar ninguna clasificación, sino para cerrarlas casi todas. Su 43 por ciento de tasa de paro juvenil no la supera nadie en España. Tampoco su 58 por ciento de desempleo de larga duración (jóvenes que llevan más de un año buscando una ocupación), según los últimos datos del Observatorio de Emancipación Joven del Consejo de la Juventud de Extremadura. Además, la región tiene el salario medio juvenil más bajo del país, con 9.207 euros anuales (el equivalente a catorce pagas de 658 euros). Y presenta también la peor tasa en lo que se refiere a la sobrecualificación (ejercer un trabajo que exige una formación menor de la recibida). Se da en el 65 por ciento de los empleos.

El asunto se trató el pasado día 24 de enero en la Asamblea de Extremadura. En concreto, en una reunión de la comisión de Cultura, Igualdad y Deportes. Luis Francisco Sánchez, diputado del PP, expuso algunas de estas cifras que llevan varios años colocando a la región en una posición que no empeora ninguna otra autonomía, y le preguntó a Felipe González, director del Instituto de la Juventud, qué está haciendo la Junta para frenar la marcha de jóvenes. Este le respondió detallando algunas medidas. Entre ellas, el sexto Plan de Juventud con sus 270 propuestas; la web Extremadura en el mundo que intenta facilitar el regreso de algunos de los que se fueron; las subvenciones a contrataciones indefinidas a tiempo completo, las ayudas para las empresas que contraten a un joven retornado -siete mil euros si es un hombre y quinientos más si es una mujer-; las ayudas para estancias de investigación postdoctorales en el extranjero si se ha estudiado en la UEx o se ha nacido o se reside en la región; los microcréditos de hasta 25.000 euros para extremeños que emprendan el camino de vuelta y monten un negocio en su tierra...

Algunas de estas medidas ya llevan un tiempo funcionando. Y quizás su impacto ayuda a explicar por qué el saldo migratorio exterior negativo entre los veinteañeros y treintañeros extremeños se ha matizado en los últimos doce meses para los que hay cifras oficiales. En el año 2015 fue negativo en 632 personas, y en 2016 en 502. Sin embargo, el balance de migraciones interiores (cambiar de comunidad autónoma sin salir de España) es un agujero cada vez más profundo. El saldo entre los jóvenes de 20 a 39 años fue negativo en 1.237 personas en el año 2013. Y negativo en 1.928 en 2014. Y en 2.344 al ejercicio siguiente. Y en 2.993 en el año 2016.

Hasta nueve mudanzas

Con estos datos que Tina seguramente ignoraba, aunque entonces le afectaban directamente como extremeña de menos 35 años, la vecina de Oliva de la Frontera compró su billete a Londres. «Tenía una amiga allí, pero dio la casualidad de que cuando llegué se había mudado. Menos mal que también dio la casualidad de que en el avión hablé con una mujer española que me dio su número de teléfono por si necesitaba algo algún día. Terminó alojándome tres días hasta que encontré piso. Bueno, más bien piso patera porque éramos 17 en una casa de dos plantas. La gestionaba una especie de mafia española que realquilaba las habitaciones. En la mía dormíamos cuatro en dos literas, cada uno con su horario, así que era horrible, no se descansaba. Lo que pasa es que era barato, unas 89 libras (100 euros) a la semana, así que aguanté allí mes y medio.

Lo cierto es que Tina encontró trabajo al cabo de una semana. «Fue en un restaurante libanés, sin contrato y donde eran muy machistas, me daban voces todo el rato y solo me dejaban limpiar, no querían que hablara con los clientes. Lo normal era cobrar 7 libras a la hora, pero a mí me pagaban 5 (5,6 euros). Estuve tres meses, hasta me dio una contractura en el cuello, de la tensión».

Hay que decir que Tina es la pequeña de tres hermanas y que aunque tenía contacto telefónico con sus padres no le contaba estas penurias para no preocuparlos. También estaba decidida a no pedir dinero en casa y apañarse con sus trabajos y alojamientos. Hasta nueve veces se mudó de casa porque siempre imaginó que Londres tenía que tener algo mejor reservado para ella. En una de esas mudanzas su primer contacto con su casero fue hallarlo borracho tirado en la oficina y al intentar ayudarlo recibir toda clase de improperios. Otra casa era de latinos, donde abundaban las fiestas y estaba segura de que se traficaba con productos de todo tipo. «Nunca pensé que pudiera aguantar tanto, la verdad», dice ahora esta chica que al fin encontró cierta estabilidad cuando se instaló en una casa con diez polacos. «Por lo menos tenía dos baños y el salón era grande. Además, yo no había dejado de formarme e iba clases de inglés, pero al fin me habían admitido en la universidad de Westminster e hice estudios de inglés y de fotografía. Trabajé en un catering, pero era muy inestable, en otro restaurante donde cada vez nos apretaban más y empezaron a cobrarnos la comida que iban a tirar a la basura... Acabé quemada de la hostelería y llegó el momento en que sentí que había cumplido mi objetivo y quise que toda esta experiencia me sirviera, pero en España. A diferencia de mucha gente que emigra yo tenía la ventaja de que en cualquier momento podía volver».

Tina regresó en julio de 2016, siguió haciendo cursos relacionados con su carrera y el pasado 5 de enero al fin encontró trabajo llevando la imagen corporativa de una empresa en Badajoz. Está encantada.

Lo peor de estar lejos

Unos vuelven y otros se quedan. Pero el saldo final es una sangría que no cesa. Y eso que las cifras no recogen un factor difícilmente ponderable: las ganas de regresar. A Lucía Sánchez, la farmacéutica cacereña en Birmingham, le fue bien casi desde el principio. No tardó en encontrar trabajo y ascendió en el escalafón laboral. Sin embargo, dice que le gustaría volver. «Sí, volver a Extremadura está en mi mente, y de hecho mi novio está aprendiendo castellano», comenta. «Ojalá que pronto podamos volver a Cáceres», desea Lucía Sánchez, que viaja a España cada tres o cuatro meses. «Lo peor de estar en el extranjero es estar lejos de tu familia y amigos -se sincera - Puedes hablar con ellos todos los días, pero ir a tomar algo después del trabajo, ir a comer a casa de tu abuela o simplemente dar un paso con tu madre, eso no lo tienes y es lo que yo más echo de menos».

En el otro lado de la balanza, el de los aspectos positivos cita «lo bien que te sientes al darte cuenta de que estás teniendo una conversación con otra persona en otro idioma».

«También -añade la boticaria extremeña- destacaría el hecho de conocer gente de todas las partes del mundo, de diferentes religiones y culturas, que es algo que hace que te des cuenta de que algunas de las ideas que tenías son erróneas». «Por último -concluye-, diría también que un aspecto positivo de trabajar en el extranjero es comprobar que recibes el aprecio de quienes trabajan contigo, gente que en algunos casos, afortunadamente los menos, se da cuenta de que se equivocaba cuando pensaba que alguien joven y llegado de otro país no podría hacer bien un trabajo exigente».

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