No te esperas Extremadura

Desfile de Emerita Ludica en Mérida el pasado viernes. :: E. R./
Desfile de Emerita Ludica en Mérida el pasado viernes. :: E. R.

Cuando se descubre algo imprevisto, la impresión se multiplica

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Soy tan aburrido que lo que para cualquiera sería motivo de diversión, para mí es causa de escape. El viernes fui a Mérida al teatro y coincidí por sorpresa con el desfile de Emerita Ludica. Fue estimulante ver las legiones romanas recorriendo en formación las calles de la ciudad, me encantó la estudiada composición de los uniformes y de la indumentaria en general de los participantes en los cortejos, su variedad y hasta sus cantos y sus gritos de consignas en latín. Estas experiencias se califican últimanente con un adjetivo muy socorrido: espectacular. Pues eso, me pareció espectacular por el rigor y por la alegría.

Una amiga me dijo que, más allá del desfile, en plan de andar por casa, se lo pasan muy bien, que visten a los niños con una sábana, un cinturón y algún adorno vegetal de Navidad en la cabeza y están todo el fin de semana en la calle de fiesta. Pues sí, me pareció eso, una fiesta, una juerga histórica muy bonita, muy conseguida, muy estudiada para que las vestimentas tuvieran una base real. Incluso los soldados mayores, algunos muy mayores, no desentonaban en una colonia que se había levantado para ellos, para los soldados retirados.

Tras el desfile, acudí a la cita teatral en la Sala Trajano y al salir, mi mujer me propuso ir a tomar algo, pero ya digo, en lugar de reaccionar como haría cualquier persona normal: «Sí, sí, vamos a beber y a comer que hay mucha marcha y están las calles llenas», respondí como solo lo hacen los muy aburridos: «No, no, que habrá mucho jaleo y estarán los bares llenos».

No se puede ser así y lo sé. De hecho, luego, volviendo a Cáceres, me arrepentí y cavilé mucho sobre esta incapacidad para divertirme en ferias, fiestas y jolgorios multitudinarios a los que solo acudo si voy a escribir sobre ellos. No puede ser que tu vida se convierta en una contraportada y que los lugares, las personas y los acontecimientos solo te interesen si puedes contarlos en la última página.

Dejando a una lado estas y otras neurosis, la verdad es que me alegro de haber descubierto esta fiesta por sorpresa en Mérida. Me dejó atónito el desfile de Emerita Ludica y como no me lo esperaba, la impresión fue aún mayor. Me sucedió lo mismo con el desfile del Carnaval de Badajoz. Nunca lo he visto en su sitio, es decir, en Badajoz, por la misma razón de la alergia enfermiza al tumulto, sin embargo, me encontré, también por sorpresa, con su repetición a menor escala en La Garrovilla, una tarde que pasaba por allí, me dije: «Vamos a conocer La Garrovilla» y acabé conociendo el desfile del Carnaval de Badajoz en versión reducida, pero también espectacular y también con una fuerza sorprendente capaz de dejarme atónito.

El otro día fui por la mañana a la pescadería y, además de comprar toro de mar, descubrí que los jóvenes con alopecia viajan a Turquía a ponerse implantes de pelo. Por la tarde me acerqué a ver una obra teatral a La Nave del Duende, en Casar de Cáceres, y, además de disfrutar de la representación, aprendí algo inesperado: para que la leche de los tetrabrik no caiga a borbotones y salpicando en el vaso, hay que echarla al revés de como solemos hacerlo, es decir, poniendo la caja de forma que la boca quede lo más alejada posible del vaso. Al llegar a casa, vi un anuncio de cerveza americana y pegué un bote porque salía un cacereño y antiguo alumno, Pablo Mejías (también aparece en La Catedral del Mar), hablando en inglés, vestido de guerrero y ofreciendo una espada a unos reyes de Britannia.

Cuando sucede lo que no te esperas, ya sea un desfile de romanos, ya sea un spot de cerveza, ya sea una moda turca, la impresión se multiplica. Y esa es la principal característica de Extremadura, que no te la esperas. Vienes sin saber bien qué vas a ver y de pronto te encuentras un castillo y un teatro romano en Medellín, un pueblo de piedra precioso en Trevejo o un inmenso robledal en Garciaz y el impacto es inolvidable. Lo dicho: espectacular.

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