Feliciano Correa: El Encinar de Carrero

Yuntero arando un campo en la comarca extremeña de la Siberia en los años 40. / PESINI | HOY
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Todavía mi mente era página blanca donde se iban aposentando los primeros garabatos. Y aquellas experiencias de la niñez son las que permanecerían en el cofre limitado de mi memoria. El Encinar de Carrero era finca grande donde yo iba algunos veranos pues mi abuelo era guarda de campo. Guardar el campo es una utopía. Porque... es tanto el campo, tan pleno lo que se ve y lo invisible, que no puede guardarse enteramente.

Con mi abuelo trasteaba por quebradas y barrancos en aquel inmenso abecedario de olores. Cuando el sofoco llegaba, siempre topábamos con algún manantial entre la espesura. Bebía en sus manos. Al lado del venero se elevaban gigantescos alcornoques. Los troncos acorchados semejaban fustes vivos de un claustro cartujo, sin precisar monjes alarifes ni plomada o cartabón.

Vimos mochileros en los regatos con café de contrabando, y los perros espantaban conejos, zorros, gatos monteses acurrucados entre las jaras, mientras de los muñones de las encinas salían lechuzas, águilas y búhos; hasta un lobo vimos mordiendo a una ternera. Aquello era el más increíble parque jurásico. Nos acercamos al chozo del porquero, Manuel 'El Cuco', gangoso y pequeño de estatura como su familia. Vestían de negro. Sentí pena de ellos en aquel rincón que sabía a humo y a desidia. En huerta cercana al cortijo dormía en otro chozo José, en cama elevada del suelo con horcajos. Tenía voz de susto por fumarse las tabaqueras que cultivaba. Vi desde un otero, donde me dejó mi abuelo descansando, a un anciano que araba con dos burros viejos; él empujaba la reja más que los animalitos. ¡Qué pena! Me puse a llorar y mi abuelo me rescató preguntando qué me pasaba. No contesté. Aquel viejito no tuvo la suerte de San Isidro.

«Entonces la gallardía estaba castrada por el estómago y la palabra hambre era cosa distinta del apetito»

Los pajares eran gigantescos, despensas de las yeguadas en invierno. Me gustaba el pajar, calentito y silente. La vegetación convertía a los tinados en basílicas climatizadas, su incienso impregnaba con aquel infinito jadeo de flores disecándose. Amarrados a los pesebres los caballos exhibían su perfección ente mi diminuta figura. No puede el escultor mejorarlo, cuando le coloca alas sobre la grupa percude su estampa.

Mi abuelo dependía de la casa grande de los señores. Alguna vez llegaba el hijo del señorito, antiguo alférez provisional, encaramado en un caballo tordo de nombre Jaimito. Entonces aprendí lo que era un amo. El abuelo se esforzaba con el halago, el servilismo entraba en el favor que le hacían dejándolo vivir allí. ¡Miserables años de postguerra! Entonces la gallardía estaba castrada por el estómago y la palabra hambre era cosa distinta del apetito. Las espuelas del alférez tintineaban al caminar haciéndolo parecer más alto, un mozo liberaba a Jaimito del castigo en los ijares.

Yo vivía tales secuencias como espeleólogo que se adentra entre las costuras de la tierra. Y ahí nació con fuerza mi imparable curiosidad por la vida. Por tal afán aprendí a aprender. Acompañaba a Agustín Ramajo en un carro tirado por mulos y, al esforzarse los animales, sus músculos dibujaban lustrosos bajorrelieves. Una tarde desenterraron una piedra, restos de antigua sepultura. Engancharon cadenas a los borniles de las bestias y Agustín jaleaba a los bichos. Rudos gañanes con azadas aliviaban aquel bloque embutido secularmente en la arcilla. Por fin salió un dado inmenso, labrado con letras, preguntándonos cómo los antiguos sepultureros lo pudieron mover. Los machos lo arrastraron hasta el cortijo y fue usado como mesa de matanzas.

Una tarde se encendió el aire con relámpagos. La lluvia regalaba a los pastizales alivio y purificación. Había un leñero grande cerca del cortijo y ahí pude catar por primera vez el olor a leña mojada, a campo refrescado y sentí los vapores intensos de la hojarasca alborotada por la humedad. Aquellas experiencias del catálogo de olores perduran en mí con todos sus matices: los vapores del horno de pan donde mi abuelo amasaba, el regusto olfativo de cera y miel al castrar las colmenas...

En una vida, la mía, he visto desaparecer todo aquello. Aquel campo de canturreos, cacareos y esquilones está mudo. Las dehesas de nuestra Extremadura se quedaron huérfanas del gritar infantil y por las noches solo el cárabo acompaña a los encinares.

Al circular ahora por carreteras asfaltadas se ven tejados hundidos, barracones de latón y paneles solares. Nada queda del canto del segador, ni de la retahíla que animaba a las colleras de bestias al trillar.

Los veranos son hoy de sombrillas, viajes y protectores solares. Pero aquellos hijos de un Dios menor que conocí permanecen vivos en mi santuario de emociones.

El paso que hemos vividos muchos de mi generación, desde formas que eran propias del cuaternario hasta la inteligencia artificial, componen en el matraz de nuestra experiencia una riqueza impagable.

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