Guadalupe Fernández, la educación al servicio de la igualdad

Guadalupe junto a la ermita de la Antigua de Mérida. :: brígido/
Guadalupe junto a la ermita de la Antigua de Mérida. :: brígido
EXTREMADURA EN FEMENINO

Orientadora educativa en la Fundación Secretariado Gitano

José M. Martín
JOSÉ M. MARTÍN

La implicación y pasión que le pone a su trabajo se nota, sobre todo cuando le cambia el semblante y baja el tono de voz al recordar a algún alumno que ha abandonado los estudios. Guadalupe Fernández (Mérida, 1976) lleva cerca de dos décadas trabajando con el colectivo gitano. Casi siempre en el ámbito educativo. En este tiempo ha visto avances sustanciales en la incorporación social activa de las personas de etnia gitana, pero también es consciente de que queda mucho por hacer para lograr una igualdad real de oportunidades en la sociedad.

Si algo le ha demostrado este tiempo es que «una de las asignaturas pendientes del pueblo gitano es la educación, que cada vez haya más personas formadas», detalla. Ese modo de pensar conlleva que también tenga claro que los avances que se producen son generacionales, por lo que es difícil ver cambios sociales a corto plazo.

Biográficos
Casada desde 2004 es madre de dos hijos, una niña de trece años y un niño de ocho.
Académicos
Diplomada en Magisterio en Educación Infantil en el Centro Universitario Cultural Santa Ana de Almendralejo y título de experto universitario en Intervención Social con Población Gitana por la Universidad de Navarra.
Profesionales
Se integró en el movimiento asociativo en 2000; posteriormente fue asesora de minorías étnicas en la Junta de Extremadura. En 2005 retomó su labor en los barrios. Desde finales de 2008 trabaja en la Fundación Secretariado Gitano, donde ejerce de orientadora educativa.

Fernández se implicó muy joven en el movimiento asociativo. A los pocos meses de finalizar la diplomatura en Magisterio, que cursó en el Centro Universitario Santa Ana, de Almendralejo, comenzó a trabajar en Fecogex (Federación Conciencia Gitana de Extremadura). Su primera tarea fue coordinar un programa educativo en Badajoz, donde residió durante tres años, que estaba destinado a trabajar con menores, con sus familias y con los centros educativos. «La Junta también aprobó el programa en Cáceres y me trasladé allí», explica.

«Hay gente que me ha dicho, con la intención de hacerme un cumplido, que no parezco gitana»

Estos fueron años de mucha actividad y de importantes logros. A nivel profesional le sirvió para recibir una llamada de la Consejería de Bienestar Social de la Junta de Extremadura, que tenía al frente a Leonor Flores, para ofrecerle un empleo como asesora de minorías étnicas. Sin embargo, la experiencia fue más enriquecedora desde el punto de vista personal, porque a raíz de la labor realizada tuvo claro que quería dedicar su trayectoria profesional a una causa: «Mejorar la calidad de vida de las personas gitanas», expone.

Con esa intención aceptó el cargo en la Junta de Extremadura, pero su recuerdo de los poco más de dos años que desempeñó esta función no es muy positivo. Tanto es así que decidió renunciar y volver al trabajo en la calle. «Era muy ilusionante y requería mucho esfuerzo y dedicación, pero yo pasé de estar en contacto con la gente y de palpar la realidad a estar desubicada», indica Fernández, que reconoce la importancia de los proyectos que se desarrollaron en esos años, como el plan para la Promoción y la Participación Social de la Población Gitana o la dinamización del Consejo Regional Gitano. Aún así, su sensación es que «el tema gitano desde la política no se toma en serio, se sigue viendo a los gitanos como un problema y esto no puede ser así; no hay una decisión clara de llevar hacia delante la intervención social con población gitana».

Pese a esta opinión, años después fue en las listas del PSOE al Consistorio de Mérida. «Lo hice porque creo necesario que las personas de etnia gitana se impliquen en política y estén presentes en todos los ámbitos de la sociedad», comenta Fernández, que, tras varias renuncias, fue concejal en la oposición un año y medio.

Mercado laboral

Tras la Junta, la búsqueda de empleo no fue larga y la Agencia Extremeña de la Vivienda requirió de sus servicios para dirigir el programa Renacimiento en Los Colorines, una iniciativa que buscaba la recuperación de los barrios degradados de Extremadura. «Yo ya estaba viviendo en Mérida y, pese a que me encanta Badajoz, en cuanto hubo una vacante pedí el traslado», detalla.

La relación profesional con la Fundación Secretariado Gitano (FSG) comenzó a finales de 2008 y sus primeras tareas fueron diseñar una formación para los Centros de Profesores y Recursos (CPR) y elaborar un libro de gitanos que hubiesen estudiado y pudiesen ser referentes para los jóvenes. «Fuimos pueblo por pueblo para que nos contaran su experiencia», rememora.

Casualmente, la situación actual de Fernández la sitúa como un ejemplo para los alumnos del programa Promociona, que desarrolla la FSG y en el que ella es orientadora educativa. El objetivo prioritario que se persigue en este plan es que los estudiantes finalicen la Educación Secundaria y motivarles para continuar con su formación. Para ello, su labor es estar muy cerca de las familias y de los jóvenes, pero también sensibilizar al profesorado. «Estas acciones son muy necesarias para hacer ver a las familias la importancia de la educación y para animar a los alumnos, que en ocasiones se sienten solos», admite.

El trabajo se hace de forma individualizada, porque cada caso es diferente. Lo mismo sucede con los centros educativos, apartado en el que influye mucho el grado de implicación de cada docente.

En este sentido, Guadalupe se siente muy cómoda con su labor. «Me resulta fácil relacionarme con los familiares y empatizamos, también noto que los alumnos me aprecian, pese a que soy estricta con ellos», dice satisfecha.

Que el número de personas gitanas con estudios superiores vaya creciendo es un acicate a la hora de seguir trabajando en la misma línea, como también lo es, en el lado opuesto, el alto índice de fracaso escolar y de abandono de los estudios. «Los centros y las aulas segregadas, que siguen existiendo y en las que puede haber un 90% de alumnado gitano, complican nuestra tarea», lamenta. Y es que, en su opinión, la discriminación es una realidad y una pieza clave que dificulta el avance. «Son procesos mentales automáticos que se dan en todos los ámbitos de la vida; a mí me han dicho, con la intención de hacerme un cumplido, que no parezco gitana», afirma.

Es contra estos estereotipos con los que se trata de luchar a través de la educación y de las labores de sensibilización. «Los avances del pueblo gitano tienen que venir con el apoyo del resto de la sociedad, como todos los cambios sociales; cada uno desde su ámbito tiene que aportar su granito de arena y se necesita una apuesta política firme y clara para que se materialicen estos avances», concluye Fernández.

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