La desazón de un pueblo frente al fuego

Gregorio Sánchez, durante la mañana del sábado. :: mario m.s.
Gregorio Sánchez, durante la mañana del sábado. :: mario m.s.

Los vecinos de Calamonte no dudaron en acercarse a la zona afectada para saber qué sucedía y ofrecer su ayuda al operativo terrestre

MARTA PÉREZ GUILLÉN MÉRIDA.

A medianoche, los coches se iban apilando en los caminos secundarios que comunican la localidad de Calamonte con la zona de chalés ubicados junto a la Sierra Chica, en su mayoría viviendas secundarias de los calamonteños. Entre los curiosos y conocidos también se encontraban los desalojados, afectados y sus familiares, como Sebastián González, de 57 años, y su hermano Fernando, de 53, ubicados en el camino de Las Macillas. De profesión pastores de ganado ovino, en la zona junto a sus 650 ovejas, no daban crédito a lo que estaban viendo. La desazón e impotencia se reflejaba en sus rostros. «Yo estaba con las ovejas en la parte baja, cuando me percaté del humo», indica el menor de los hermanos. Enseguida se pusieron manos a la obra para trasladar el ganado y soltar otros tantos animales que tenían en su finca, ubicada en lo alto del monte, en dirección Sevilla, finca que a esas alturas de la noche, pasadas las 00.30 horas, daban por perdida. «Soltamos a varias becerras, pero el terreno está ya devastado», destacó Sebastián. Fernando añadió que en otoño e invierno, esa finca se convierte todos los años en su residencia habitual. «Solo bajamos al pueblo en verano», destacaban.

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Ambos, conmocionados, explicaban cómo habían crecido entre esas tierras. «Si el incendio se acerca a esta zona no tendremos más remedio que meter el ganado en un barbecho», explicaban mientras apuntaban hacia el pueblo, que esa noche estaba más despierto que nunca. Allí aguantarían hasta que se calmara el fuego. «Aunque tengamos que pasar toda la noche postrados aquí».

Junto al Pozito

Al sentimiento de tristeza se sumaba en algunos rostros el susto por todo lo vivido. Sobre todo para los que se encontraban en los chalés y, alertados por los avisos de la Policía Local del pueblo a las diez de la noche del viernes, tuvieron que salir con lo puesto de sus casas. Algunos incluso se negaban a abandonar las viviendas que con tanto sudor y trabajo habían construido. Pero todo el que desistía se iba uniendo a los grupos de vecinos que se amontonaban en los caminos rurales para ver el fulgor de las llamas en contraste con la oscuridad de la noche.

Unos 60 vecinos se asentaron a menos de un kilómetro del fuego en el camino que va a dar al Pozito, muy próximo a la sierra, una de las zonas más conocidas por los calamonteños. La inquietud se palpaba en el ambiente, y los ojos de incredulidad iban aumentando. A unos 200 metros del improvisado asentamiento vecinal se ubica la casa de Julia Rodríguez, de 65 años. En su terreno había construido una casa en el año 2000. Se encontraba en su vivienda cuando su marido la alertó de la presencia de fuego. Los avisos de los cuerpos del seguridad les obligaron a abandonar el lugar. «Y ahora estamos aquí, yo no puedo irme a dormir a casa sin saber que esto se ha calmado», decía afectada por la situación, aunque tranquila. «Sé que por ahora mi casa está a salvo», apuntó.

Junto a ella, también estaba María Pía Sánchez, conocida en el pueblo por regentar el cortijo La Rinconada y por ser exdiputada popular por Badajoz en el Congreso. Ese fin de semana unos amigos se encontraban en la finca cuando el incendio llamó prácticamente a su puerta. En estado de shock, no pudo reprimir las lágrimas al recordar que se trata de unas tierras de su padre. «Llevo toda mi vida luchando por sacarlas adelante, y no puedo creer lo que está pasando. Esto es horrible», relataba la afectada, aunque reconocía no saber con exactitud el estado en el que se encontraba el complejo. «Está muy desprotegido porque está en lo alto del monte, y desde allí se veía todo», describía desconsolada. Su marido había acompañado a los bomberos para ayudar en lo que fuera posible.

Julio Álvarez Suárez, de 26 años, no quería ni pestañear. «Conozco esas encinas de siempre y no puedo dejar de mirar cómo prenden», decía con desconsuelo. Al igual que él, muchos en el pueblo han disfrutado la zona como su particular zona de juegos. Primero haciendo expediciones con bicicletas o sin ellas. Y más tarde, practicando senderismo. «Todos nos conocemos esto al dedillo», destacó.

Entre los que permanecían inmóviles, respetando las indicaciones de los agentes de la Policía Local, también había algunos que por su cuenta se aventuraban para acercarse a los terrenos próximos. Así lo hizo José Galán Macías, que consiguió calmar los ánimos de los que se ubicaban junto al Pozito. «Por ahora no está nada ardiendo», sentenciaba haciendo alusión a las cuatro casas que se encontraban más próximas. Allí permanecieron los más de 60 vecinos hasta altas horas de la madrugada, con la angustia metida en el cuerpo.

Al día siguiente

La noche del viernes y la madrugada de ayer sábado fueron duras, aunque mucho más el amanecer y con él los primeros rayos del día dejando al descubierto una imagen dantesca y, sobre todo, gris. Donde antes reinaba la frondosa dehesa extremeña solo quedaba ceniza.

El corresponsal de Calamonte de HOY, Mario Moreno fue uno de los primeros en acercarse a la zona. Según informó, la localidad amaneció todavía con algunos focos activos y otros humeantes. Aun así, en las primeras horas del día varios vecinos pudieron entrar en sus fincas para comprobar los posibles daños.

Es el caso de Gregorio Sánchez, que a primera hora pudo ver con sus propios ojos «el milagro de que ningún chalé se haya quemado. Estoy enormemente agradecido por los retenes porque han salvado todos los chalés incluido el mío». Aun así, el fuego calcinó un carro y la hormigonera que tenía Gregorio a unos metros de su casa.

De milagro también calificó la situación María Pía, la exdiputada del PP. Finalmente la vivienda y el terreno no sufrieron daño alguno, aunque sí que es cierto que las llamas se detuvieron a escasos kilómetros.

El pueblo vivió una de las peores noches que recuerda. Aun así demostraron que como en Fuenteovejuna, la unión hace la fuerza. No faltaron hombros para ayudar a los bomberos, como tampoco para tranquilizar a afectados directos. Todo un ejemplo de entereza ante una imagen terrible, la de un paraje natural único sirviendo de alimento a las llamas.

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